Tres libros para tres Reyes (I): ‘Liberales reaccionarios’

El marqués de Tamarón llevaba un tiempo enfrascado en la tarea de «cazar» pensadores, escritores que encajaran en su definición

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Debo reconocer que cuando Santiago de Mora-Figueroa me habló por primera vez del concepto que da título a su último libro, levanté una ceja. El marqués de Tamarón llevaba un tiempo enfrascado en la tarea de «cazar» pensadores, escritores —¡personajes históricos!— que encajaran en su definición. Tenía ya una lista solvente encabezada por José Ortega y Gasset, arquetipo de la cosa.

«¡Tú misma eres liberal reaccionaria!» —me espetó por teléfono. Y eso sí que no. Una no es muy amiga de las etiquetas pero comparto el análisis de Adriano Erriguel en Blasfemar en el Templo (Ediciones Monóculo) cuando explica que el liberalismo moderno (especialmente su versión neoliberal dominante) y el conservadurismo tradicional no encajan sin tensiones serias. Para el autor mexicano el liberal-conservadurismo no es más que una construcción histórica contingente, una alianza pragmática que nace cuando ambos bloques se alían durante la Guerra Fría contra el comunismo.

Sin embargo dicha asociación fue más táctica que ideológica: no surgió de una síntesis coherente entre ambas filosofías, sino de una fusión circunstancial. En su opinión, el liberal conservadurismo es un «ensamblaje forzado» que intenta casar dos lógicas distintas sin resolver sus contradicciones esenciales. A saber: la emancipación individual, el cambio constante, sin límites, basado en la expansión del mercado y la ruptura de tradiciones versus la preservación de lo permanente, lo cual requiere cotos  y contención frente al cambio.

Liberales reaccionarios

Por tanto, ¿pretende Tamarón provocar con semejante título? Pues, un poquito. Pero sobre todo, a don Santiago le gusta jugar. Y juega haciendo trampas, que es la única manera de divertirse jugando. Liberales reaccionarios comienza con una aclaración en la que el marqués ser sirve de los contornos de la definición del Diccionario de la Lengua Castellana de 1780 para arrimar el ascua liberal a su sardina. Lean, si no la definición de la discordia: «Generoso, bizarro y que sin fin particular ni tocar en el extremo de prodigalidad, graciosamente da y socorre, no sólo a los menesterosos, sino á los que no lo son tanto, haciéndoles todo bien».

Sobre los reaccionarios (término que a lo largo del libro irá alternando y asimilando con el de «conservador» a conveniencia) nos explica que, en su origen, «era uno que no tenía ganas de que los revolucionarios franceses le cortaran la cabeza». Estas líneas bastan para aclarar que no estamos ante un tratado de filosofía política. Son, en todo caso, una promesa de disfrute que se cumplirá con creces al finalizar la lectura.

Aún así, a Tamarón no le acaban de caer bien del todo los reaccionarios y, a regañadientes y haciendo uso de su liberalidad, trae a uno de sus más ilustres, Gómez Dávila, para darles algo de crédito. El escritor colombiano dice que el reaccionario no escribe para convencer. Sino que meramente transmite a sus futuros cómplices el legajo de un pleito sagrado. El lector advertirá pronto que las categorías no están para fijar límites, sino para desplazarlos; y que Tamarón no clasifica tanto como invita a acompañarle en el recorrido.

El marqués de Tamarón, en ocasiones, se reconoce como uno de los liberales-reaccionarios a los que pone bajo la lupa pero, cuando no le conviene la cosa, hace mutis por el foro o, lo que es lo mismo, abandona el plural mayestático. Y eso nos hace toda la gracia. Porque, el último libro publicado del otrora director del Instituto Cervantes es ecléctico —«soberanamente ecléctico» como califica él a Schopenhauer— pero la nota común a todos los artículos es el humor.  Cada texto del marqués está atravesado por una deliciosa y suave ironía. Ese eclecticismo, tan gozoso como deliberado, exige también un lector dispuesto a perder el hilo para ganar matices.

En esta obra ha reunido algunos capítulos de su blog —él prefiere el castellano «bitácora»—, artículos publicados en Ideas, el suplemento cultural de La Gaceta, entrevistas que le han realizado, o cuestionarios que él ha propuesto a algunos personajes. A modo de ejemplo, dedica una sección del libro a recopilar los libros más sobrevalorados y otros injustamente menospreciados según las opiniones de un buen puñado de amigos. A saber: Fernando Sánchez Dragó, Álvaro Delgado Gal, Amando de Miguel, Carmen Posadas, José María Beneyto, Inocencio Arias o nuestra añorada Julia Escobar.

No importa tanto que Santiago hable de san Jerónimo, Erasmo de Rotterdam, el rey Salomón o Wittgenstein, lo fundamental en Liberales Reaccionarios es la erudición con una inclinación maravillosa a la anécdota y a la sonrisa.

Santiago de Mora Figueroa escribe en el otoño de la varonil edad, como dice Baltasar Gracián, con plena lucidez, generosidad y con esa pasmosa ligereza de los hombres sabios que sabemos irrepetibles. Que reconocemos como representantes del fin de una época y por ello debemos prestarles máxima atención.

La obra ha sido autopublicada en Amazon por una razón de peso: don Santiago no quiere vérselas con editores que le sugieran adoptar moderneces de la RAE. No sólo ha conseguido así que su impecable gramática haya quedado a salvo de injerencias, sino que la maquetación del libro, en el que se reproducen fotografías y obras de arte que ilustran los textos, es inmejorable.

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