Esta semana se ha debatido, con la serenidad habitual de una sobremesa patria, si conviene impedir que los menores de 16 años hagan uso de las redes sociales. Hubo quien afinó la propuesta hasta convertirla en un sistema censitario por edad y cociente intelectual. Sira Rego, cuya condición ministerial suele confirmarse consultando Wikipedia, deslizó que quizá habría que limitar, incluso prohibir, Twitter en España, cumpliendo así con su cuota mensual de aparición pública. Pedro Sánchez, en un ejercicio de coherencia, diagnosticó desde TikTok que las redes sociales constituyen un Estado fallido.
El epicentro real del debate, por supuesto, es Twitter —X para los muy obedientes—, que sigue siendo la plaza pública donde todavía se puede disentir sin solicitar cita previa. Allí se discute de política y, sorprendentemente, de literatura. Incluso los madridistas, resignados ante la imposibilidad de hablar de fútbol sin agravar el diagnóstico, han optado por comentar novelas como mecanismo de evasión colectiva.
En sólo una semana hemos asistido a una batalla teológica en torno a Tolkien y a una Stalingrado del realismo. Una obra entendida —pensaba yo, ilusa— universalmente como católica, como es El Señor de los Anillos, no impidió que un amable usuario arguyera que Tolkien era comunista y que los orcos estaban sindicados. Por otro lado, el Eje se mantuvo firme en que Madame Bovary representa la cima indiscutible del realismo, frente a los Aliados, que sostienen que La Regenta no sólo resiste la comparación, sino que la supera sin despeinarse. Y el polemista semanal de guardia volvió a opinar de todo con esa intensidad profesional que no exige necesariamente escribir ni leer mucho, pero sí hablar sin descanso.
Mientras tanto, en Instagram no queda nadie sin leer una y otra vez La asistenta; María Pombo se lo ha leído hasta al revés, y en LinkedIn siguen utilizando a Rafa Nadal para disertar sobre cómo convertir los cinco minutos del piti en una experiencia de alto rendimiento susceptible de KPI. Cada red cultiva su liturgia.
De todos los debates literarios de la semana, el que más me interesó no tuvo que ver con prohibiciones, sino con prestigios. Alguien lamentaba que la literatura española del siglo XIX no goce de la misma circulación internacional que la rusa, la británica o la francesa. Que aquí todos hemos leído a Dostoevsky, o eso decimos, pero fuera pocos ubican a Clarín. Que el siglo XIX español fue una edad literaria espléndida y, al mismo tiempo, profundamente anclada en su contexto.
Las respuestas fueron previsibles: prosa densa, exceso de localismo, incapacidad para transmitir un supuesto «aliento de universalidad». Lo nuestro sería particular; lo francés, ruso o británico, universal. Como si Goethe, Jane Austen y las hermanas Brontë hubieran escrito desde la estratosfera y no desde Weimar, Hampshire o Yorkshire.
A mi juicio, la universalidad sólo se alcanza a través de lo local, porque la experiencia humana inmediata siempre ocurre en algún sitio concreto. Yonville, la aldea normanda donde transcurre Madame Bovary, no es ontológicamente más universal que Vetusta, la ciudad provinciana que sirve de escenario a La Regenta; simplemente contó con un mercado editorial más robusto y con un Estado con mayor capacidad de irradiación cultural. Los extensos pasajes de Tolstói sobre el campesinado ruso no son intrínsecamente más exportables que las disecciones sociales de Galdós en Fortunata y Jacinta. Que conozcamos mejor a Anna Karénina que a Ana Ozores habla menos de metafísica literaria que de jerarquía geopolítica.
El problema no fue literario; fue histórico. España, entre 1808 y 1898, no era el centro de nada. Era un país en tránsito, convulso, empobrecido, embarcado en guerras civiles y despedidas imperiales. Mientras el Reino Unido consolidaba su imperio industrial, el Imperio alemán se articulaba y el austrohúngaro proyectaba su influencia centroeuropea, y Francia y Rusia marcaban el compás cultural; España discutía constituciones y despedía territorios. Perdimos Cuba en el 98 y, con ella, buena parte del peso internacional y de la presencia cultural. El canon, conviene recordarlo, se escribe desde los centros neurálgicos del poder.
A ello se añade un sesgo crítico persistente. Las historias literarias internacionales han privilegiado el Romanticismo y el Realismo franceses, rusos o británicos, relegando el español a una nota a pie de página, con la excepción cada vez más reconocida de Galdós. Nada de eso resta un ápice a la altura de nuestra literatura decimonónica. Leopoldo Alas Clarín construyó en La Regenta una de las novelas psicológicas más finas del XIX europeo, y una autopsia moral de la Restauración. Emilia Pardo Bazán introdujo el naturalismo con Los pazos de Ulloa, donde la violencia rural gallega tiene poco que envidiar a cualquier drama ruso. Benito Pérez Galdós levantó, con sus Episodios Nacionales y sus novelas madrileñas, un fresco social que convierte a Madrid en un laboratorio narrativo tan complejo como el París de Balzac. Y Gustavo Adolfo Bécquer, con sus Rimas y Leyendas, demostró que el intimismo romántico también podía escribirse en castellano.
Que hoy se traduzca más a Dickens o a Victor Hugo no convierte sus obras en ontológicamente superiores; significa que otros mercados editoriales supieron —y pudieron— exportarse mejor. España, por el contrario, descuidó durante décadas la edición crítica y la difusión sistemática de su propio patrimonio. Hay, además, un factor menos elegante: nuestra propensión a mirar lo propio con recelo y lo ajeno con fervor casi exótico. La vieja Leyenda Negra acabó convertida en autoleyenda; repetimos que no importábamos hasta que terminó pareciéndonos verdad. Resulta complicado exportar lo que no se cuida en casa.
Quizá, entonces, la cuestión no sea clausurar la plaza pública digital, sino utilizarla con mayor ambición. En Twitter se discute si Clarín resiste a Flaubert o si el naturalismo español fue injustamente subestimado. La conversación, con todos sus desvaríos, mantiene vivos a autores que fuera apenas se leen. Cerrarla por miedo a la disidencia sería, además de inútil, contraproducente.
Tenemos una literatura decimonónica formidable y poco reconocida fuera de nuestras fronteras. Si queremos que cambie, el primer paso no es exigir que nos traduzcan, sino leernos con menos complejo y más ambición: poner en valor lo nuestro en casa, editarlo bien, enseñarlo sin convertirlo en castigo. Si esta semana otro Benito logró que medio mundo coreara en español en un espectáculo global, tal vez convenga preguntarse qué impide que el nuestro circule con igual convicción. La lengua, y todo lo que ella conlleva, no se protege por decreto; se proyecta.
Porque nadie exporta lo que no consume, y nadie hace respetar lo que desprecia por sistema. Si algo demuestran las discusiones digitales de estos días es que la literatura sigue viva donde hay conversación. Y esa conversación, con todos sus excesos y sus iluminados, ocurre en las redes que algunos querrían clausurar. A veces la mejor defensa de un siglo olvidado empieza por no apagar el lugar donde todavía se habla de él.


