Los propósitos están de vuelta con el cambio de año y volvemos a buscar aquello que podemos hacer con tintes novedosos, sean mejoras o nuevas intenciones. «Propósito» significa algo así como «puesto o colocado delante», es decir, con vistas a futuro. Siendo la Navidad como es, llena de tiernas emociones, de villancicos y de deseos bondadosos —de los que algunos, tal vez, debieran sorprenderse—, de recuerdos de infancia y tiempos en familia… todo buen ánimo, siendo tan justo como sea, puede verse afectado por tales sentimientos que le impulsan al cambio. La peligrosidad de tal propósito radica en que aquello que pretendemos cambiar sea germen de dichas emociones y que, en un futuro no muy lejano, lo que parecía un firme propósito se desvanezca y no pase de ser un infructífero deseo y se disipe en las horas y los días del nuevo año que, poco a poco, comienza a asemejarse sospechosamente al anterior para terminar entrando en el ritmo inagotable del frenesí.
Para tratar de mitigar tal defecto que se repite con demasiada asiduidad, propongo un nuevo propósito; propósito que concilia una nueva mirada de ese ponerse delante, aprovechando el acontecimiento epifánico celebrado. No se trata de ninguna teoría extraña, ni siquiera de un pensamiento largamente reflexionado. Así como cuando acudimos ante un nacimiento todo cuanto podemos hacer es detenernos a observar a la criatura, acompañar a sus artífices y felicitar al padre —uno siempre anima al último corredor—, por qué no deberíamos hacer exactamente lo mismo ante el Nacimiento por excelencia, aquel que todo el mundo celebra aunque muchos no entiendan muy bien por qué. Si ese acontecimiento nos llama a la detención, a la lentitud, a la contemplación… lo mejor que podemos hacer es detenernos, enlentecer, contemplar. Sólo de este modo lograremos ignorar la impaciencia propia de nuestro tiempo y saltar de la locomotora cotidiana de lo frenético y de lo cáustico, que nos enreda en un impertinente sin fin y nos aleja de nuestro llamado.
Ante la escena del niño que nace, al hombre sólo le queda manifestar su presencia y acercarse, encorvarse reverencialmente frente a lo pequeño, que es más grande que las montañas y el firmamento. Frente a él, surge la necesidad de preguntarse quién es en verdad, quién es este de quien tantas cosas se han dicho después. Si pudiéramos tan solo olvidarnos temporalmente del «propósito» y redirigir nuestra mirada hacia el que nace, hacia aquél que se manifiesta como algo más que un evento meramente biológico y más, incluso, que un evento meramente cosmológico —se trata de un suceso más allá de todo esto—, si pudiéramos, decía, dar un solo paso en este sentido, estaremos dispuestos en cuerpo y alma, con inteligencia y fe, hacia este propósito colocado frente a nosotros: este misterio, este enigma que nos envuelva y nos supera, pero que nos enternece y nos posiciona, de nuevo, al lugar que nos corresponde.
Caminar hacia el establo de Belén tiene de escena doméstica —hogareña, cotidiana y familiar— tanto como de escatológica. «Ir hacia» es «volver a», «avanzar» es «regresar». Nuestro hogar primigenio es el Jardín y lo que es nuestro fin es también nuestro principio: que nuestros pasos se dirijan hacia el origen y se detengan a contemplar la escena común, la del niño que nace, pues es el único modo de vencer y de no ser alcanzados por el tiempo.


