Reconozco que los padres somos a veces muy cansinos hablando de nuestro cansancio. Acéptalo, ser padre es aprender a vivir cansado. También tenemos el defecto de proclamar a los cuatro vientos nuestros desveles nocturnos, el poco tiempo del que disponemos y el dinero que gastamos en carritos, leche de fórmula y pañales. Reconozco que somos muy pesados hablando de nosotros mismos, especialmente cuando el gremio se junta y el universo infantil monopoliza la conversación. «Qué tal ese carrito», «los pañales salen más baratos en Amazon», «mi hijo se levanta dos veces por la noche, ¿el tuyo?».
Los hijos eclipsan nuestra vida, pero la gran mayoría de las veces nos quejamos de vicio. Buscamos llamar la atención; queremos de alguna manera que los demás nos reconozcan la labor que hacemos. Y en parte tenemos razón, porque tener hijos no es sólo un asunto privado, pero no deberíamos colmar nuestro ego con el reconocimiento de los demás. Esperar la palmadita en el hombro es convertir la gratuidad en interés. Con esta actitud, podemos caer en la tentación de legitimar socialmente nuestra decisión demostrando a los demás que nuestros hijos también les serán útiles: «Mi hijo te pagará la pensión». El argumento puede ser cierto, pero se queda corto, porque terminamos convirtiendo a los hijos en contribuyentes. Hay que ser capaces de defender su valor social más allá de lo que algún día puedan devolvernos económicamente.
Los padres también somos muy cenizos tratando de convencer a los demás de que tengan hijos. Somos muy cuñados: «Es agotador, pero es lo mejor que me ha pasado, eh», «los hijos te cambian la vida, pero para bien». Detrás de estos comentarios tratamos de justificar nuestra decisión, convirtiéndola en un hito moral, y caemos otra vez en la trampa de la modernidad, porque los hijos no son una decisión ni deberían reducirse a un debate moral —que por supuesto también lo son—. Los hijos son fundamentalmente el fruto de un amor compartido. No tenemos hijos porque queramos tenerlos, sino porque nos queremos y, porque nos queremos, los tenemos. Es la consecuencia de un amor que se dice para siempre y que trasciende a la muerte con una nueva vida. El hombre quiere participar de esa promesa inmortal a través de la fecundidad, como una fuente que brota de la tierra y desparrama sus aguas ladera abajo.
Por eso, tener un hijo es esperanzador, es confiar que ellos también pueden ser felices como nosotros hemos sido en medio de la adversidad. Los padres saben que el mundo no será lo suficientemente bueno para sus hijos, como tampoco lo es para ellos, pero un amor que se dice para siempre no le teme al futuro; conoce el dolor y, aún así, reafirma la vida. Tener hijos es rebelarse contra las injusticias, negarse a conceder al mal la última palabra. Un padre sabe que su hijo sufrirá y padecerá la muerte, y, aún naciendo en un mundo herido, sabe también que sigue siendo bueno que haya alguien para vivirlo y tratar de mejorarlo. Cada hijo representa la esperanza de un nuevo comienzo que nosotros no hemos sabido comenzar. El hombre no es un ser para la muerte, sino un ser para la vida. Nacer ya es en sí mismo un acto de rebeldía contra la nada.
Es difícil que alguien que no es padre entienda nuestra situación, porque cuesta entender que detrás de los gritos, rabietas, mocos, caprichos y noches en vela se esconda esa felicidad de la que tanto alardeamos. Nos miran desde la distancia, perplejos, sin tener claro si somos felices o estamos profundamente arrepentidos. El problema es que hoy entendemos lo que es el placer, pero no el gozo. El placer es autorreferencial; el gozo trasciende al sujeto. Un helado me da placer, pero ver a mi hija tomarse ese mismo helado y disfrutarlo es otra cosa. En el primer caso, el bien me sucede a mí; en el gozo, el bien sucede a mi hija y, precisamente porque la amo, ese bien se hace mío, incluso de un modo más intenso. El bien del otro, sin dejar de ser suyo, se convierte también en causa de mi alegría.
Con los hijos se experimenta muchas veces gozo en ausencia del placer o en medio del dolor. Es una alegría profunda del ánimo que es difícil de explicar, especialmente en el imperio del placer. De ahí nuestras cuñadeces aparentemente contradictorias para las personas que no tienen hijos, pero que en el fondo expresan la posibilidad de un gozo sin placer. Aún así, los padres tienen la responsabilidad de hablar menos de los placeres que se privan y hablar más de los gozos que reciben. Ya sabemos que duermes poco, que tus hijos te contagian los virus de la guardería y que no puedes salir con tus amigos a tomar unas copas, pero el gozo que se experimenta con el beso de un hijo o con un te quiero antes de dormir es insuperable: desmonta cualquier teoría adults only y ablanda como un flan los corazones endurecidos.
Tener un hijo es despojarse lentamente del yo, de un yo que se aferra a sus deseos como una lapa a una roca. Y en esa lucha interna entiende qué significa olvidarse de uno mismo, aunque sea a la fuerza. Da igual cómo te encuentres; tu hijo necesita ser bañado y alimentado. Es un imperativo categórico inamovible. Poco a poco, uno se olvida de hasta su propio cansancio, deja siquiera de resignarse, porque lo que le pasa al yo deja de tener importancia. Y entonces uno sólo tiene ojos para esa hija que se está bañando con el agua templada y llena de espuma, jugando con Pato Hércules y Pato Darth Vader. Y comprende que haber sido forzado al olvido es en realidad una bendición: los hijos te lo quitan todo, pero precisamente por eso se gana todo. Cuando uno deja de preguntarse qué recibe a cambio descubre que los hijos no están para hacernos felices, sino para regalarnos el gozo de su existencia.


