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La espalda bajo el Balenciaga

A veces uno no recuerda una película entera, ni siquiera una escena completa. Se queda con una imagen

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En Con la muerte en los talones, Eva Marie Saint lleva un vestido de Balenciaga y se da la vuelta delante de Cary Grant. La cámara se queda con ella un instante. La espalda descubierta, el vestido negro, aquella manera de estar en una habitación como si no hubiera que hacer ningún esfuerzo para resultar preciosa. Cary Grant la mira. Nosotros también. Quizá sea una manera extraña de despedir a una actriz. Recordarla por la espalda.

Pero el cine tiene esas cosas. A veces uno no recuerda una película entera, ni siquiera una escena completa. Se queda con una imagen. Una forma de mirar. Una voz. Una mano. Un traje. En el caso de Eva Marie Saint, yo me quedo con aquella espalda.

Ha muerto a los 102 años. Y cuesta un poco colocar la noticia dentro de la cabeza porque Eva Marie Saint pertenece a ese grupo de personas que, para nosotros, no tienen edad. La hemos visto tantas veces joven que resulta casi una impertinencia imaginarla vieja. En la pantalla sigue teniendo aquella cara, aquel cuerpo, aquel vestido. Sigue estando al lado de Cary Grant, que tampoco envejece cuando uno vuelve a poner la película. Puede que por eso estas muertes duelen de una manera particular.

No porque conozcamos a quienes se van. La mayoría de las veces no hemos cruzado una palabra con ellos. Pero han estado en nuestra vida durante muchos años. Aparecen en las tardes de televisión, en una película que alguien nos enseñó, en una conversación sobre cine, en una noche cualquiera en la que uno vuelve a una película que conoce de memoria. Y un día mueren.

Primero fue uno. Luego otro. Después otro. Se van Cary Grant, Gregory Peck, James Stewart, Lauren Bacall, Kirk Douglas, Sean Connery. Se va Hitchcock. Se van los nombres que parecían formar parte de un mundo que no podía acabarse porque, mientras pudiéramos volver a sus películas, seguían allí. Ahora se ha ido Eva Marie Saint.

Javier Marías escribió sobre esa sensación cuando murió Jack Lemmon. Sobre esos actores que no desaparecen exactamente porque seguimos encontrándolos cada vez que volvemos a una película. Me gusta esa idea. Quizá sea una de las pocas ventajas que tenemos frente a la muerte: conservar a algunas personas en el momento exacto en que las quisimos. Eva Marie Saint tendrá para siempre la edad de Con la muerte en los talones.

Seguirá bajándose del tren. Seguirá mirando a Cary Grant. Seguirá llevando aquel Balenciaga. Y nosotros seguiremos sabiendo que, cuando se dé la vuelta, vamos a volver a mirar. El tiempo no ha podido tocar esa espalda. A nosotros sí.

Quizá por eso uno sale un poco distinto después de enterarse de estas noticias. Porque no sólo muere Eva Marie Saint. También se va alejando aquel mundo en el que ella estaba. Un mundo de vestidos de Balenciaga, trenes nocturnos, hoteles con nombres elegantes y hombres que se ponían una chaqueta para cenar. Un mundo que quizá nunca existió exactamente como lo recordamos. Pero qué importa. El cine nos lo dejó.

Y mientras quede una copia de Con la muerte en los talones, Eva Marie Saint seguirá dándose la vuelta delante de Cary Grant. La espalda bajo el Balenciaga. Como si todavía no hubiese pasado el tiempo.