Donald Trump llega a las elecciones de medio mandato del 3 de noviembre con la peor aprobación registrada por un presidente americano en vísperas de unas midterms desde 1990. El Wall Street Journal lo sitúa en el 37%, por debajo del registro de George W. Bush antes del desastre republicano de 2006; Reuters/Ipsos lo rebaja al 32%, el peor dato de toda su carrera. Siete meses después, la operación militar más fulminante de su presidencia se ha convertido en su principal pasivo político.
El 28 de febrero, bajo el nombre de Operación Epic Fury, los Estados Unidos e Israel lanzaron sobre Irán una ofensiva aérea de escala inédita que alcanzó a veinticuatro de sus treinta y una provincias. En las primeras horas murió el líder supremo, Alí Jamenei, junto a varios familiares y cerca de cuarenta altos cargos del régimen; el Creciente Rojo iraní contabilizó más de doscientos muertos en la primera jornada. Teherán respondió contra bases norteamericanas en el Golfo, con víctimas entre los militares estadounidenses, y restringió el tráfico por Ormuz. El alto el fuego anunciado el 8 de abril nunca llegó a consolidarse: los ataques cruzados se reanudaron en verano y el estrecho no ha recuperado la normalidad.
El dato que organiza el fenómeno político, sin embargo, es otro. Cuando se pregunta a los norteamericanos qué asunto les parece más importante, Irán apenas asoma: lo citan unos pocos puntos porcentuales, muy lejos del coste de la vida, que encabeza todas las series con holgura. Los partidarios de la intervención han convertido ese hueco en coartada: si nadie vota pensando en Irán, la guerra no puede estar hundiendo a nadie. Pero la guerra no entra en la vida del votante americano por la política exterior. Entra por el precio.
La víspera de los ataques, el galón de gasolina regular promediaba 2,98 dólares. La semana del 22 de septiembre, según la Administración de Información Energética, estaba en 4,48. El diésel ha recorrido un trayecto más violento aún: desde los 3,70 dólares de hace un año hasta los 6,53, máximo absoluto de la serie histórica. Detrás de esas cifras hay una sola causa física: por Ormuz circula en torno al 20% del suministro mundial de crudo, y el mercado ha incorporado esa fricción como prima permanente.
El diésel es la correa de transmisión decisiva, y explica por qué el shock no se queda en el surtidor. Todo lo que se come, se viste y se compra recorre miles de kilómetros en camiones sin sustituto inmediato: un hogar puede conducir menos cuando la gasolina sube; una cadena de suministro no puede dejar de repostar. El resultado es que una inflación que venía acercándose al objetivo del 2% de la Reserva Federal volvió a superar el 3,5% en junio y se ha instalado ahí. La Fed, que se disponía a recortar tipos, no ha podido hacerlo. Trump llegó a la Casa Blanca prometiendo resolver el coste de la vida; la guerra se lo ha agravado por la vía más visible que existe.
Es ahí donde se desmorona la coartada. Que un votante no nombre Irán entre sus prioridades no significa que la guerra no opere sobre su voto: significa que opera disfrazada de factura. Y los americanos llevan medio siglo castigando a sus presidentes por el precio de la gasolina, incluso cuando la responsabilidad era discutible. Aquí no lo es.
Las series lo confirman en cuanto se desagregan. El apoyo a los ataques se ha quedado en el 34% y la aprobación de la gestión de Irán cae al 28%. La aprobación de Trump en política exterior ha pasado del 39% de enero al 29% de septiembre, y el saldo neto de apoyo a la guerra se desplomó de ocho puntos negativos en marzo a veintisiete negativos el 22 de septiembre.
Lo decisivo de cara a noviembre es que la erosión se produce dentro de casa. El respaldo republicano bajó del 82% al 73% en una sola semana, y ha caído desde el 89% de abril de 2025; entre quienes le votaron en 2024, la pérdida ronda los diez puntos. En intención de voto para las legislativas, los demócratas aventajan a los republicanos por 43% a 35%, la mayor distancia del año.
La guerra contradice el contrato fundacional de la coalición que llevó a Trump a la Casa Blanca por segunda vez. Ese electorado se construyó sobre la promesa de no volver a pagar guerras ajenas en Oriente Medio y sobre una relectura del Partido Republicano como partido de la clase trabajadora enfrentado a las élites transnacionales. Una presidencia que se presentó como liquidadora del ciclo de guerras infinitas abierto en 2001 lo ha prolongado en su capítulo más caro.
De ahí la guerra civil que recorre hoy la derecha americana. Los comentaristas que empujaron la intervención —y que garantizaron que Teherán jamás podría cerrar Ormuz— dedican ahora su energía a demostrar que el desplome del presidente nada tiene que ver con la guerra, sino con los aranceles. Enfrente, el conservadurismo antibelicista replica que la caída no arrancó con el Liberation Day, sino con el 28 de febrero. La discusión no es doctrinal: se dirime la propiedad de la coalición y, con ella, quién define el Partido Republicano después de Trump.
La paradoja que señaló aquí Javier Villamor —por qué Israel y los Estados Unidos han perdido una guerra que están ganando militarmente— tenga ya traducción aritmética. La victoria militar fue inmediata; la derrota política se ha cobrado en siete meses la base propia y, con toda probabilidad, el control del Congreso. Los candidatos republicanos que estas semanas toman distancia del conflicto llegan tarde: el castigo no se vota en la casilla de Irán, sino en la del coste de la vida, y ahí ya está contabilizado.
Ningún gobierno es tan castigado por la guerra que libra como por el coste que provoca. Y ese precio, a diferencia de las encuestas sobre política exterior, está escrito en letras de medio metro en cada gasolinera del país.


