Fernando García de Cortázar narraba en Paisajes de la historia de España cómo las ciudades andaluzas, extremeñas y castellanas son testimonio de las gestas de la conquista y de la fortuna ganada por quienes fueron a América no sólo tras el oro, sino también persiguiendo la gloria y el valor renacentista de la fama. Cortázar señalaba que, de esas ciudades, «ninguna como Trujillo, lugar hechizado en el que parece haberse detenido el tiempo, y en el que por todas partes encontramos la sombra de los conquistadores».
Esta tierra, la del otro extremo del Duero, frontera entre la parte más próspera de la Hispania romana y la de los pueblos más belicosos, entre Al Ándalus y Castilla, está inevitablemente ligada a los conquistadores que sometieron a los grandes imperios de América. Rafael García Serrano plasmó en Cuando los dioses nacían en Extremadura el semblante histórico de una España en la que Extremadura gozó de especial relevancia. Pizarro y Cortés fueron fruto de la herencia, la tradición y la continuidad histórica. Para García Serrano, fueron dioses forjados en la fragua grecorromana de Iberia, templados en la Reconquista y lanzados hacia el cataclismo civilizador del Nuevo Mundo.
El testimonio histórico de la tradición e identidad de Extremadura está en su patrimonio, donde el pasado se encuentra con el futuro. La tradición es todo aquello que nos han transmitido nuestros antepasados; y el patrimonio es la expresión material del vínculo entre los extremeños que estuvieron, los que están y los que vendrán. Por lo tanto, es depositario de esa tradición. Este patrimonio es también, junto con la lengua, instituciones como la familia, la comunidad o la fe, uno de los pilares de la identidad cultural de Extremadura y de toda España.
Extremadura no sólo ha sido testigo del amanecer del hombre en la Península Ibérica, como muestran las pinturas rupestres de las Cuevas del Maltravieso, sino también de Tartessos, el primer Estado organizado de Iberia y uno de los primeros de Europa, que se desarrolló entre los siglos XII y V a. C. Los más importantes yacimientos tartésicos se encuentran aquí, como Cancho Roano, en Zalamea de la Serena, donde están los restos del palacio mejor conservado de dicha civilización. También Casas del Turuñuelo, en Guareña, donde se están haciendo importantes labores de excavación en otro gran edificio monumental.

También fue tierra de vetones, célticos, turdetanos y lusitanos. Parte de este último pueblo era el caudillo lusitano Viriato, considerado «el terror de Roma» y que el historiador Theodor Mommsem llegó a comparar con los personajes de las grandes epopeyas helénicas: «Parecía como si, en aquel tiempo totalmente prosaico, hubiera reaparecido uno de los héroes homéricos». ¿Por qué Viriato en un artículo sobre patrimonio?, porque a unos kilómetros de la «Muy Noble, Muy Leal, Insigne y Muy Heroica» ciudad de Trujillo, en Santa Cruz de la Sierra, se encuentra una inscripción que reza «Viriato, hijo de Tacino. Aquí yace. Que la tierra te sea leve». Aunque es cierto que no se sabe con certeza donde nació y creció Viriato, y es prácticamente seguro que esa inscripción no pertenezca a su tumba, la figura del caudillo lusitano, no exenta de poca mitología, ha quedado inserta en la identidad de los pueblos ibéricos y, por lo tanto, aquí en Extremadura.
No se puede hablar de Antigüedad en Extremadura sin mencionar la que fue, según el poeta Ausonio, la «novena o décima ciudad más próspera del Imperio». Ésta era el nexo entre la parte más próspera de la Hispania romana, Andalucía, y la que Augusto aún estaba sojuzgando. De ahí viene su nombre: Augusta por el prínceps de Roma y Emérita para dar tierras a los legionarios veteranos de la V y la X Legión que estaban combatiendo contra astures y cántabros. ¿Qué decir de Emérita Augusta? Posiblemente la ciudad por la que soy historiador. Su belleza es inconmensurable y ha sido alabada por Unamuno, Gerardo Diego, Dionisio Ridruejo o Margarita Xirgú, de quien se dice que, tras interpretar a Medea en 1933 y pisar descalza las centenarias losas de su escenario, susurró: «Ahora ya me puedo morir». Pero la herencia romana no sólo vive en Mérida, hay restos de gran importancia como los de Caparra, Medellín o Alcántara.
La caída del Reino Visigodo y la llegada del islam también dejó su huella en Extremadura, como el propio castillo de Trujillo. Sin embargo, en el siglo XIII, el rey de León, Alfonso IX, reconquistó parte de la Taifa de Badajoz y fundó en Alcántara la sede de la Orden Militar de San Julián, conocida después como la Orden de Alcántara, historia viva de España y que, junto a Montesa, Calatrava y Santiago constituyen las cuatro órdenes de caballería de nuestro país.
Otro hito fue la fundación por parte de Alfonso XI del Real Monasterio, tras encomendarse a la Virgen de Guadalupe en la batalla del Salado. La patrona de Extremadura y de la Hispanidad es un símbolo también de la identidad extremeña e hispana, llevada al Nuevo Mundo por Hernán Cortés, una de las que más devoción causa en la Nueva España.
Además de Guadalupe, el testimonio religioso en Extremadura se puede ver en sus catedrales, como las de Plasencia, Coria o Badajoz. Y en obras de suma belleza como la ermita de Nuestra Señora del Ara, en Fuente del Arco, con unas pinturas sobre el Génesis que hacen que se le conozca como «la Capilla Sixtina Extremeña».
Extremadura es tumba de reyes y de emperadores. En 1516, en Madrigalejo falleció Fernando el Católico cuando se dirigía a Sevilla para organizar y liderar personalmente una cruzada contra los turcos en el Mediterráneo. Y Yuste sería el lugar elegido para pasar sus últimos días Carlos I, en compañía de monjes jerónimos, rodeado de tapices flamencos y cuadros de Tiziano, y con las Confesiones de San Agustín, los Comentarios de Julio César y la Consolación de filosofía de Boecio.
El legado extremeño en América es evidente, por aquellos Pizarros, Cortés, Orellana, Núñez de Balboa o Valdivia. Y que, además, universalizaron la cultura e identidad española y extremeña. Pero Extremadura es mucho más que la huella de aquellos grandes hombres.
El final de la Edad Moderna y la Edad Contemporánea causaron estragos notorios en el patrimonio extremeño. Pero, en la actualidad, la riqueza de éste tiene pocas comparaciones, como justifican sus más de 290 monumentos declarados Bien de Interés Cultural.
Extremadura también es el Instituto Nacional de Colonización y el Plan Badajoz, gracias al que se mejoró el regadío, las tierras cultivables, las infraestructuras hidráulicas y energéticas. Su herencia hoy es palpable en todos esos pueblos que se construyeron para alojar a más de 6000 familias: Guadiana, Alonso de Ojeda, Vegas Altas, El Torviscal…
Todo este patrimonio e historia son parte de nuestra tradición e identidad. Su defensa y transmisión son necesarias, sobre todo en estos tiempos de iconoclastia. Por ello, es oportuna una cita que la Asamblea Nacional Francesa de 1784 —irónico ejemplo— recordó ante los estragos revolucionarios: «Vosotros no sois más que los depositarios del bien donado a la gran familia, la que tiene derecho a pediros cuenta. Los bárbaros y los esclavos detestan las ciencias y destruyen los monumentos artísticos. Los hombres libres los aman y los conservan».



