Resurrección de Cristo. El Greco

A mí el cartel de Semana Santa de Sevilla nunca me gustó por un sesudo motivo: me parece feo. El artista sevillano escogió a un modelo feo (su hijo) para cincelar las pinceladas de un resucitado y el resultado es un Cristo feo. No vi, como algunos, blasfemia o mofa. No he podido apreciar, en estas semanas, ni un pequeño atisbo de burla. Por mucho que miro el cartel sólo veo un Cristo feo y pienso que de esos hay muchos, claro.

Esperanza Ruiz escribió en estas páginas que aquel Cristo de la polémica, feo de solemnidad, estaba Demasiado resucitado. Sevilla quiso promocionar la Semana Santa más bella del mundo con la imagen de «una divinidad que tiene pinta de pasarse con el serum y bailar el Holding Out for a Hero encima de la barra del Why not». Y estoy de acuerdo en que parte de la fealdad del Cristo pasa por ese exceso de cremas, ese cutis como de colegiala. Pero nunca, hasta ayer, logré ver en aquella imagen más error que el mal gusto.

Con esa expresión de graceja, que Esperanza recogió de una señora que por allí andaba, un buen número de gente ha denunciado que aquella imagen de Jesús se pasó de resurrección. Dando a entender que la feminidad de sus tonificados pectorales y que la rojez de sus pómulos oscilaban ya en el limbo de lo irrespetuoso. Decía que hasta ayer yo sólo apreciaba fealdad pero hoy comprendo el error garrafal de la pintura, que no es blasfema sino herética. Y es peor pecado la herejía porque no procede del odio sino del amor desordenado.

Hoy es Domingo de Pascua y en el espejo de Cristo resucitado veo la incoherencia teológica de la pintura, que en el fondo representa un Jesús muy poco resucitado. Lo cierto es que si, salido del sepulcro, hoy celebramos la belleza de la vida de Cristo, lo hacemos porque el Viernes Santo Pilatos presentó al mundo a un despojo humano, un gusano (sic), «ante quien el hombre aparta su mirada». Cristo ha resucitado sólo porque antes ha muerto, y la figura de aquel cartel no estaba demasiado resucitada porque en el fondo, ay, nunca estuvo demasiado muerta.

Un sacerdote me ha desvelado el misterio de la pintura, que viene a reflejar los deseos de un mundo ajeno al dolor. En aras del bienestar, el hombre tapa la Cruz, huye del Calvario, rechaza su mirada al dolor. Así lo hizo el pintor sevillano, de cuyo nombre no me quiero acordar. Pintó un Cristo indiferente al sufrimiento, un redentor ignorante del madero. Para rememorar la Semana Santa, que ante todo es muerte, el artista esquivó el Gólgota y sus sangrantes heridas de muerte y vino a presentarnos un Cristo que no había resucitado porque no había muerto.

Hoy, en medio del gozo pascual, no supone blasfemo decir que nuestro resucitado tiene el costado desgarrado, y las extremidades perforadas. ¡Y así hemos de quererlo! La Iglesia celebra la Resurrección de un nazareno triturado hasta la muerte en Getsemaní —que eso significa, «molino de aceite»—. Sólo la semilla que muere da fruto y sólo el Cristo que sufre hasta la extenuación puede resucitar. A algunos nos han hecho falta algunas semanas para comprenderlo. Claro que siempre podremos, como Tomás, meter nuestras manos en su costado. Y ver que sólo un Cristo llagado puede estar demasiado resucitado.

¡Feliz Pascua!