Llenar el tiempo

A los gimnastas de la cotidianidad, que convierten todo lo que hacen en pesos que levantan

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Cierto debate público se centra en la disputa entre los jóvenes y sus padres, disputa falsa, que se sustenta en un supuesto privilegio de los mayores frente a sus hijos. Aunque el deterioro económico resultante de la concentración de la riqueza es una realidad, por sí sola no explica los cambios en el tiempo de las decisiones de las personas. La educación en sí misma tampoco explica nada y probablemente desvíe la atención de otro elemento mucho más relevante: la pobreza de espíritu, que se manifiesta en un temor casi cómico al paso del tiempo. Este terror se ha hecho predominante en todas las generaciones más o menos al mismo tiempo y, por tanto, el análisis debería centrarse en las semejanzas entre los jóvenes y los viejos, no en el hecho poco discutible de que el mundo era más justo en la juventud de éstos.

Todos, viejos y jóvenes, mitigan su angustia al organizar sus vidas en torno a agendas programadas que dedican a actividades útiles. Fichan a diario, no sólo al ir al trabajo, sino al dedicarse a cualquier otra cosa, incluso dormir. Necesitan obtener resultados tangibles de toda actividad. Los peores son los que ponen especial celo en tasar sus entretenimientos. Miden al peso los libros que leen, el número de viajes que hacen al año y las veces que hacen el amor a la semana con sus parejas. Son gimnastas de la cotidianidad que convierten todo lo que hacen en pesos que levantan. Se llega al extremo particularmente delirante de que hay personas que dedican unos minutos exactos cada mañana, cinco, diez o quince, a la meditación. Y así viven, pendientes de la próxima alarma, sin ni siquiera vislumbrar el precipicio de estar solos consigo mismos. Se mantienen en tensión permanente al estar condenados, como Atlas redivivos, a sostener sobre sus hombros tanta ocupación. Con este enorme peso, que existe solamente por estar midiéndolo obsesivamente, evitan como autómatas el peligro de pensar.

Nada nuevo dice por sí mismo este fenómeno de la industrialización del tiempo. Existe desde que se inventaron los relojes y el trabajo por cuenta ajena. Recientemente se ha extendido a profesiones liberales que hasta hace no tanto estaban libres de estos mecanismos de control. Lo cualitativamente nuevo es la extensión de esta cuantificación a toda actividad vital. Quizá ésta sea la victoria definitiva del tiempo objetivo, medible, frente al tiempo subjetivo, psicológico. Se trata el tiempo como un producto más en una cadena de montaje, en la que entra bruto, sin domesticar, y sale convertido en una manufactura, definido y compartimentalizado.

Se considera tiempo perdido cada momento no claramente medido y ocupado. Se evita con angustia cualquier vacío temporal. Hay un miedo a la muerte generalizado, nadie puede aceptar que ya no hará algo en su vida y eso lleva a hacerlo a destiempo. Todos tienen las cómicas prisas que antes se encontraban normalmente sólo entre sexagenarios casi jubilados. Quien no era deportista con veinte años tiene que serlo con treinta, quien no tuvo un coche caro a los treinta lo tiene con cuarenta. Lo que antes se excusaba por ser producto de una crisis de edad o con la disculpa de ser un deseo arrastrado durante décadas se convierte en el hábito predominante a todas las edades. Nadie quiere quedarse sin conocer París, Japón, Kenia. Además de una lamentable carrera armamentística en el ocio, la obsesión por no perderse nada genera como previsible efecto secundario que, sepultada por su actividad, la gente llegue tarde a todas partes: tarde a la niñez, tarde a la madurez que se presuponía a un joven, tarde al mercado laboral, tarde a la paternidad, tarde a aceptar que el cuerpo ya no funciona como antes, tarde a entender que sus ideas ya no son las que marcan el compás de este mundo, tarde al discreto silencio y la generosidad que debería traer la ancianidad. Tarde también a la muerte que llega, inevitablemente, a destiempo, cada vez antes aunque los encuentre con más años y, tristemente, en la inopia. Vivimos una transformación mundial, una marea que no distingue y en la que probablemente nos estamos haciendo mucho más desagradables.

La alternativa a esta histeria no es el desorden que nos traen los caóticos, los que desde que el mundo es mundo han dedicado su vida a sus compulsiones, infinitas charlas de café y menudencias varias. Hay que escapar del caos de las malas hierbas y también del orden opresivo de un laberinto de setos porque, aunque parezcan distintos, ambos nos conducen a la misma desorientación. Hay que reivindicar el tiempo vacío, sin duraciones predeterminadas y sin programaciones, enemigo de vacaciones y de compromisos sociales. Ese tiempo, todo tiempo, de no responder ante nadie para poder dar con lo inesperado, para no ser previsible como un engranaje. Se esté ocupado o no. Se tenga tiempo o no. Es ese grado de ineficiencia virtuosa, dejar un espacio implícito a la nada, que se debe incrustar en todo quehacer.

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