¿Nos conocemos?

Conocer y ser conocido no es una meta que se alcanza, sino un puente que se construye cada día

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El filósofo existencialista Jean-Paul Sartre escribió en su obra A puerta cerrada (1944) una frase que se ha vuelto icónica: «El infierno son los otros». Sin embargo, más allá de la interpretación pesimista, esta sentencia encierra una verdad profunda sobre la alteridad: nuestra identidad está irremediablemente ligada a la mirada ajena. En la travesía de la vida, nos movemos entre dos aguas: la dificultad de conocer realmente a quienes nos rodean y el deseo ardiente, casi biológico, de ser vistos y comprendidos.

Conocer a alguien cercano es, en muchos sentidos, un ejercicio de humildad. A menudo creemos conocer a nuestros padres, amigos o parejas, pero lo que poseemos es una colección de interpretaciones. Las personas no son fotografías estáticas, sino procesos en constante flujo. Como bien señalaba Marcel Proust: «El único verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos». Conocer al otro no implica acumular datos sobre su pasado, sino ser capaz de observar sus silencios, sus contradicciones y sus miedos cambiantes. Sin esa mirada renovada, caemos en la ilusión del conocimiento. Muchos creen conocernos basándose en etiquetas, roles o versiones de nosotros que ya están caducas. Es una ironía frecuente: nos «leen» sin descifrar nuestro idioma interno. Esta desconexión se manifiesta en los detalles más cotidianos, como en el acto de regalar. A menudo recibimos objetos que otros eligen convencidos de que nos conocen, pero sólo revelan la imagen distorsionada que tienen de nosotros. O se recurre a dar dinero como regalo, que aunque práctico, a veces es una rendición: a pesar de la cercanía, no saben qué nos hace verdadera ilusión.

Es la paradoja de la soledad compartida: se puede estar lejos y estar justo al lado; que te separe un abismo de quien comparte tus días y que estés a mil kilómetros aunque aún no te hayas marchado. Esta desconexión nos lleva a compartir casa, pero no alma; y tiempo, pero no vida. Podemos habitar mundos diferentes y no encontrar la salida, aunque el espacio físico se reduzca a unos cuantos metros cuadrados.

Esta distancia emocional es, a menudo, una construcción propia. Creamos distancias a base de miedos, costumbre, malentendidos y silencios. Sentimientos confundidos que hacen que se diluya lo que creíamos tierra firme. Hay quienes, incluso durmiendo en la misma cama, encierran distancias infinitas en sus silencios, mirándose a los ojos sin reconocerse porque ya son otros. Es aquí donde el deseo de ser conocido se vuelve urgente: queremos que alguien atraviese esas barreras que se interponen entre el querer y el poder. San Josemaría insistía en que no podemos decir que conocemos a alguien si no somos capaces de comprenderlo. Para él, «más que en dar, la caridad consiste en comprender». Creía que los vínculos profundos se crean en el tú a tú: en el trato personal donde uno se abre y permite que el otro entre en su mundo.

No se trata sólo de ser «vistos» en un sentido superficial —algo que la era de las redes sociales ha exacerbado— sino de ser reconocidos en nuestra esencia. Queremos que alguien atraviese nuestras máscaras sociales y valide nuestra existencia. Este deseo de conexión es lo que nos impulsa a la intimidad, a pesar del riesgo a ser heridos.

Sin embargo, hay un límite insalvable. El filósofo y sociólogo Zygmunt Bauman, al hablar de la «modernidad líquida», advertía que los vínculos humanos se han vuelto frágiles porque conocer realmente a alguien requiere tiempo y compromiso, recursos escasos hoy en día. Bauman sugería que «la atención es el activo más escaso». Sin esa atención plena, el conocimiento del otro se queda en la superficie, y el deseo de ser conocido se convierte en una soledad acompañada.

La relación con los demás es una tensión eterna. Nunca terminaremos de conocer a nadie por completo, pues el ser humano es un misterio infinito incluso para sí mismo. Pero es precisamente en ese esfuerzo honesto por «asomarse» al mundo del otro, y en la valentía de abrir las puertas del propio, donde reside lo más noble de nuestra humanidad. Conocer y ser conocido no es una meta que se alcanza, sino un puente que se construye cada día, sabiendo que, aunque nunca lleguemos a la otra orilla de forma total, el intento es lo que da sentido al viaje.