El mantra se repite tras cada cita autonómica: «Las derechas deben unirse para echar a Pedro Sánchez». Se dice en Aragón, se dijo en Extremadura, se dirá en Castilla y León y en Andalucía. Con la etiqueta «derecha» conviven dos proyectos que no sólo discrepan, sino que se oponen frontalmente en inmigración, modelo energético, políticas agrarias, aborto, ideología de género o concepción de la nación.
El PP está más cerca de la izquierda en muchas políticas reales que de Vox. Y, sin embargo, ambos coinciden en algo decisivo: la voluntad de que España siga existiendo como Estado-nación frente a una izquierda que ya no oculta su pulsión disgregadora. Ese es el único suelo común, pero no es menor.
Si «unir a las derechas» ha de tener sentido, siempre más de manera táctica que compartiendo gobiernos, no puede reducirse a un simple relevo de siglas. Exige hablar de interés nacional, revisar dogmas asumidos y aceptar que el marco del 78 ha mostrado sus límites. No se trata sólo de echar a Sánchez, sino de decidir para qué. Eso implica un verdadero reinicio nacional y democrático.


