Leer a Dios y otras formas de leerse a uno mismo

Mientras Donald Walsch dialoga con Dios, nosotros acabamos revisando ese texto interno que llevamos años almacenando

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Justo cuando tengo que poner en papel mis mejores palabras, me quedo sin ellas. Es lo que tiene hablar de Dios, que resulta imposible encorsetarlo, catalogarlo, definirlo o conceptualizarlo de alguna manera. Ubicarlo en un punto cuando, en realidad, está presente en todos. Porque Dios, al menos para quienes creemos en él, lo abarca todo. Universalmente transversal. Incluso alcanza cotas donde ni siquiera imaginamos que puedan resonar las palabras.

Son los libros de Neale Donald Walsch, Conversaciones con Dios, aquellos en los que me he visto buceando durante los últimos tres meses. Cuatro, para ser exactos. Cuatro charlas que, sin saber muy bien cómo, han terminado convirtiéndose en diálogos internos conmigo misma. Un divagar por el cosmos en bucle.

Hablar del cielo y de la tierra nunca ha sido fácil. Desde las Sagradas Escrituras hasta este artículo, de pretensiones profundamente solemnes. Y menos cuando el ser humano se empeña en pintar un infierno en esta última. Como si por el mero hecho de nacer tuviéramos ya que cargar con la culpa, el miedo y el pecado. Que Dios y los lectores me perdonen, con todos los respetos, pero no lo entiendo.

¿Cómo condensar en unas cuantas líneas tantas reflexiones, sentimientos encontrados y creencias profundamente arraigadas que comienzan a desmoronarse? Eso es lo que me ha ocurrido con esta obra del escritor estadounidense. Cuatro libros que me han confrontado con algunas de mis convicciones más imperturbables, las pocas que todavía ocupaban ese espacio.

No llegué a ellos buscando respuestas definitivas. Y tampoco creo que vayas a encontrarlas. Es más, probablemente parte de su contenido te resulte desconcertante. Hace tiempo que desconfío de quienes pretenden explicarnos la existencia mediante certezas absolutas y rechaza a quien no sigue las suyas. Sin embargo, estas lecturas me han ofrecido una manera distinta de mirar aquello que siempre había dado por sentado. Y disculpad si en algunos momentos resulto genérica, pero esta verborrea no pretende condicionar vuestra interpretación de cuestiones tan personales como la religión, la reencarnación, la alimentación, la creación, la fe o, quizá la más importante de todas, el amor.

La premisa es tan sencilla como desconcertante. Un hombre comienza a formular preguntas a Dios y, según relata, recibe respuestas mediante la escritura automática, un proceso que interpreta como canalización de mensajes. Preguntas sobre la sexualidad humana y su energía, las relaciones, el sufrimiento, la muerte y el propósito de nuestra existencia. No es necesario aceptar literalmente todas esas conversaciones para encontrar valor en sus páginas. Mientras Walsch dialoga con Dios, nosotros acabamos revisando ese texto interno que llevamos años almacenando. Lectura lenta. Meditaciones severas. Y confieso que, al cerrar los libros, hasta caminaba de otra forma.

Curioso, pero este conjunto de libros me empujó a mirar a las personas desde otra concepción del amor, de la totalidad y de la unidad. Incluso a cuestionarme el alcance del mandamiento «no matarás». Defendemos la vida humana, pero ¿qué ocurre con los demás seres sintientes a los que dañamos o destruimos? Porque el buen trato al prójimo es el ejercicio más visible, pero ¿qué sucede con todo aquello que nos rodea y que también tiene capacidad de experimentar dolor o placer? Dadle una vuelta, si podéis.

Por otro lado, nos consideramos solidarios, pero seguimos sin garantizar que nuestros recursos lleguen a quienes más los necesitan. Y esto no consiste únicamente en que aporten los más ricos. Nos concierne a todos: aprender a utilizar los recursos, la tierra, el dinero y los vínculos humanos para coexistir y cohabitar pacíficamente, en equilibrio. Hablamos de progreso mientras descuidamos el planeta que habitamos y que heredarán las generaciones venideras.

Reclamamos respeto por nuestra manera de entender el amor, pero mostramos tolerancia cero hacia dos personas que se quieren, sin hacer daño a nadie, simplemente porque su relación choca con nuestros códigos morales. Y queda una batalla todavía más difícil: cambiar el mundo desde nuestro ejemplo y no desde la imposición.

Tratando de llevar esa máxima a la práctica, me pregunto: ¿amamos únicamente a quien nos ama? ¿Somos capaces de perdonar a quien nos odia? ¿Existen realmente la culpa, el pecado y el mal tal como los entendemos? ¿Sería necesario impartir justicia si supiéramos convivir? A lo largo de estos cuatro volúmenes he experimentado momentos de absoluta fascinación y otros de profunda discrepancia, pasando también por la duda y el rechazo frente a determinados conceptos. Confrontar nuestro propio pensamiento y aceptar que podemos estar equivocados es quizá la parte más difícil de esta lectura. Y te garantizo que acabarás encontrándote con ella, aunque he procurado sopesar lo leído sin desecharlo por el mero hecho de no creerlo. Porque, si algo tengo claro, es que nada, absolutamente nada, es lo que parece.

Agradezco haberme topado con estas charlas, sean ciertas o no. ¿Quién puede asegurar qué nos espera después de morir? Necesitamos hipótesis para seguir preguntándonos, pero no deberíamos hormigonar nuestras ideas. El tiempo terminará reconstruyéndolas o, quién sabe, deconstruyéndolas.

Hay una reflexión que me ha acompañado especialmente: nuestra manera de entender a Dios condiciona nuestra manera de entendernos y de vivir. Si imaginamos un Dios que juzga constantemente, quizá vivamos bajo el peso de la culpa. Si concebimos un Dios asociado al amor, tal vez aprendamos a relacionarnos con nosotros mismos desde un lugar menos exigente, más amable y menos fronterizo.

Y aquí la lectura se vuelve verdaderamente interesante. Porque, aunque el título promete conversaciones con Él, muchas de sus páginas parecen conversaciones con nuestros miedos, nuestra necesidad de aprobación y esa costumbre de buscar fuera una tranquilidad que rara vez encontramos dentro.

No comparto todas las afirmaciones de Walsch. Algunas me parecen sugerentes; otras, demasiado categóricas para asuntos que considero profundamente misteriosos. Pero tampoco creo que un libro tenga que convencernos de todo para merecer la pena. A veces basta con que nos obligue a detenernos ante una pregunta que llevábamos años evitando y a ejercitar nuestro pensamiento crítico a un nivel al que no estábamos acostumbrados. Cuidado, porque esos son los libros que calan y dejan un vacío cuando los cerramos y en una época en la que consumimos información a una velocidad absurda, dedicar tres meses a cuatro en relación con el alma, la conciencia o la eternidad tiene algo de resistencia. Estamos acostumbrados a exigir respuestas inmediatas. Sin embargo, algunas preguntas necesitan toda una vida.

Me ha interesado especialmente la concepción del tiempo que plantea la obra: la posibilidad de que todo suceda simultáneamente, de que nuestras decisiones formen parte de múltiples realidades. Algo que me recuerda, como metáfora, a la teoría del gato de Schrödinger. O a una partida de ajedrez, incluso a un videojuego, donde cada decisión abre caminos diferentes y morir pudiera significar volver a jugar para ensayar otra estrategia. Y todas las jugadas ya están registradas. Que conste en acta, no lo planteo como una certeza científica, sino como una de esas ideas que te obligan a reconsiderar los límites de lo posible.

Después de todo este proceso, no puedo decir que comprenda mejor a Dios. Sería demasiado pretencioso y, en cierto modo, volvería a intentar delimitarlo. Lo que sí he descubierto es que algunas preguntas merecen formularse de otra manera, con menos miedo a equivocarnos y menos urgencia por tener razón. Tomando cierta distancia para ampliar la perspectiva y abarcar aquello que, desde demasiado cerca, no alcanzamos a ver.

Carl Sagan dijo que «somos una forma de que el cosmos se conozca a sí mismo». Y no puedo evitar relacionarlo con una de las grandes preguntas que me dejan estas lecturas: ¿y si todos formáramos parte de un mismo todo infinito que se experimenta a sí mismo a través de innumerables existencias? ¿Y si necesitáramos conocer todas nuestras versiones, incluso las contradictorias, para comprender el amor absoluto? ¿Y si Dios no fuera alguien separado de nosotros, sino algo que nos comprendiera a todos? No tengo respuestas absolutas. Tampoco sé si necesito verdades universales.