La estrella infinita

En la capella prevalece la conciencia de una marcha común hacia la salvación, con Cristo como centro y fin de toda sabiduría

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No hace falta servirse de horóscopos, quiromancias ni demás técnicas arúspices para saber que 2026 viene bien cargado de sorpresas: vista esta primera semana, podemos enfundar de vuelta nuestra lista de propósitos y, en fin, abandonarnos a la misericordia de tan ominosos y milenaristas signos. Pero si algo representa la Navidad, es la esperanza, y si algo nos demostró Orson Welles en The third man es que, a tiempos revueltos, el arte sigue iluminándonos: de ahí el Renacimiento italiano y su constante repicar de intrigas palaciegas frente a la apacible Suiza y su reloj de cuco. Por eso, hilando todos estos cabos —Navidad, incertidumbre, arte—, recordaba el pasado día de Reyes la bella lectura que un amigo me descubrió de la Capella dei Magi, en el palazzo Medici Ricardi de Florencia.

La representación, encargada por Piero de Medici y realizada entre 1459 y 1461, nace en un contexto histórico convulso y encierra múltiples simbolismos. Todavía resonaban la caída de Constantinopla en 1453 y los esfuerzos ecuménicos con la Iglesia Ortodoxa del Concilio de Florencia, celebrado entre 1431 y 1445. Aparte del desfile del poder mediceo —basta contrastar la representación idealista y juvenil de Lorenzo el Magnífico como Gaspar con sus demás retratos—, contamos asimismo con la aparición del emperador Juan VIII Paleólogo y José II, patriarca de Constantinopla, como Baltasar y Melchor. Por encima de todas las vicisitudes humanas, en la capella prevalece la conciencia de una marcha común hacia la salvación, con Cristo como centro y fin de toda sabiduría; en Belén, el poder y el entendimiento se arrodillan ante el Logos.

Dicha lectura más profunda de la travesía de los Magos como búsqueda de la verdad nace de una intuición arraigada en la tradición filosófica e histórica. Recordemos que estos mismos años se producía en Florencia un pretendido renacer del neoplatonismo bajo la batuta de Marsilio Ficino. Digo lo de pretendido renacer porque, cualquiera que se precie de curiosear, aunque sea por encima, el pensamiento filosófico medieval, sabrá que la cosmovisión neoplatónica de la Antigüedad tardía no es sino el cimiento de la gran cosmovisión de la Cristiandad medieval: es decir, la de un universo ordenado, aunque imperfecto, a partir de la concatenación del ser que emana de Dios. En este mapa de la realidad, lo espiritual y lo material se encuentran intrínsecamente unidos, y el hombre —en lo que Ficino denomina como copula mundi o vínculo del mundo— tiene como misión descifrar los signos de la naturaleza para ascender, como los Magos en la capilla siguiendo la estrella, hacia la Unidad de la Verdad. C. S. Lewis lo sintetizó en su luminoso aunque más desconocido ensayo, The discarded image: la imagen descartada de la arquitectura cósmica medieval en donde razón y fe confluyen hacia un mismo fin: Dios, sentido último de la existencia.

Bajo esta luz, los Magos se erigen también como el arquetipo de la «monarquía sapiencial» abordada por el profesor Alejandro Rodríguez de la Peña (El poder cultural de la monarquía medieval, Rialp): un modelo donde la razón política no se basta a sí misma, sino que se legitima en la búsqueda de la sabiduría encarnada en Dios.

Pero los Magos quintaesencian, sobre todo, la búsqueda de una verdad que trasciende cualquier entendimiento: la de un Dios niño, postrado en el pesebre, que nos llama por nuestro nombre, a ti y a mí, desde la eternidad. Como advierte Ratzinger: «Eran sabios; representaban el dinamismo inherente a las religiones de ir más allá de sí mismas; un dinamismo que es búsqueda de la verdad, del verdadero Dios, y por tanto filosofía en el sentido originario de la palabra. La sabiduría sanea y así también el mensaje de la ciencia: la racionalidad de este mensaje no se contentaba con el mero saber, sino que trataba de comprender la totalidad, llevando así a la razón hasta sus más elevadas posibilidades». A partir de los avances de la IA —recomiendo el documental The thinking game, sobre Google DeepMind y Demis Hassabis— parecen resquebrajarse, por primera vez, los límites de la naturaleza humana; parece que la ciencia se basta a sí misma, incluso sin el concurso del hombre, por primera vez en la historia. Sin embargo, la luz de Belén sigue brillando para nosotros: pues la auténtica sabiduría radica tanto en el cómo como en el por qué. Y solo importa lo primero en tanto nos conduzca a lo segundo. Porque en Belén Cristo todo lo unifica y, desde el amor eterno, todo lo revela. Porque en Belén encontramos esa luz para la Historia que nunca se apaga, la estrella infinita.

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