En uno de los artículos que se recogen en ¿Dónde vamos a bailar esta noche?, de Javier Aznar, se cuenta la historia de un escritor al que le hacen la típica pregunta sobre lo que le inspira. El escritor, tras meditar si aprovechar esa cuestión para enumerar a una serie de autores e intelectuales y hacer alarde de una cultura que quizá no tuviese, respondió con honestidad: «Wally, el tipo del jersey a rayas y las gafas».
Más concretamente, los libros de Buscando a Wally. Y no era precisamente su protagonista el que le llamaba la atención. Él se fijaba en todas las demás personas, incontables, que estaban ahí simplemente para hacer bulto. Le fascinaba que cada uno de ellos era diferente a los demás. Vestía de una manera particular e incluso algunos estaban disfrazados. Contó que lo que realmente le inspiraba al escribir era imaginarse la vida de cada una de esas personas.
Mi padre me dijo una vez una frase que marcó profundamente mi vocación por el periodismo y por contar historias: toda vida, observada de cerca, adquiere una dimensión infinita. En el mundo somos más de ocho mil millones de personas y cada uno tiene su propia su propia historia. Yo estoy convencido de que todas son merecedoras de ser contadas. Como la de Cleo en Roma, de Alfonso Cuarón.
Hace años, en un conocido periódico apareció una esquela de un hombre llamado Emilio que rezaba lo siguiente: «Ha dejado este mundo sin haber aportado nada de interés». La esquela se hizo conocida porque, unos días antes, un periodista catalán había encontrado en una especie de mercadillo de antigüedades varios objetos que habían pertenecido a la misma persona: un tal Emilio. Estos objetos despertaron el interés del periodista, que en seguida se puso a buscar toda la información que pudo acerca de su misterioso dueño, pero lo único que encontró fue su nombre impreso en esa particular esquela.
Como al periodista no le encajaba lo que ponía en ella con los objetos que había encontrado, se propuso buscar algo en la vida de este hombre que pudiese considerarse interesante. Encontró un manuscrito que resultó ser el diario personal de Emilio. En él, hablaba de temas como la política o la guerra, analizaba películas en más de cinco páginas y hablaba de algunos programas de radio. Y hablaba de una chica. Tras leer el diario, el periodista pudo comprobar que pasó junto a ella 15 días de un verano, cuando tenía algo menos de 20 años.
Casi con toda seguridad, el verano más feliz de su vida. Y aunque Emilio vivió una vida normal, con todo lo que ello implica, seguramente pensó en aquel verano en el lecho de su muerte. Cuentan sus familiares que fue él quien dejó escrita su esquela, pero es evidente que estaba equivocado. No parece que hubiese vivido una vida vulgar y aburrida. Es más, por como escribía en su diario, no parece que hubiese cambiado esos 15 días por nada del mundo.


