Resulta curioso que mi aparato digestivo y mi cabeza —esa cabeza de aspirante a analista geopolítico— estén, por primera vez, vibrando en la misma frecuencia de saturación y lucidez, simultáneamente y con una coordinación casi sospechosa. Parece que esos ácidos gástricos, que sólo se activan tras una combinación precisa de gambas, vino, cerveza, roscón, sobras de hace tres noches y una nueva colección de quesos que alguien ha traído —y que, por supuesto, había que probar todos—, vienen a recordarnos que quizá no sea buena idea desayunar todo eso con los primos.
Ya en la calma del día de Reyes, y con menos ganas que nunca de abrir la prensa internacional, miro fijamente ese cóctel explosivo e incoherente de ingestas aberrantes con una claridad inédita. Pienso sin temor a equivocarme que ni el gambón austral congelado a precio imbatible ni nosotros tenemos la culpa de lo que ocurre en el Caribe meridional ni en los fuegos de nuestras cocinas navideñas.
El símil de la saturación es evidente. Veo aquellas exigencias rusas de enero de 2022 para limitar la entrada de Ucrania en la OTAN y el posterior rechazo estadounidense como aquel primer trozo de… Veo que todo encaja cuando alguien recomienda leer Manifest Destiny para comprender mejor la doctrina de Trump respecto a Venezuela y Groenlandia, al mismo tiempo que un cuarto de roscón casi entero exige ser consumido antes de las ocho de la tarde.
Cuerpo y respuesta cognitiva gritan basta. Lo hacen tras ver a Maduro enfundado en un chándal de una célebre marca estadounidense. Pero es un hastío que, paradójicamente, activa una pulsión por la que se pide revisión. Una sensación de que todo ha cambiado cuando, en realidad, no ha cambiado nada, por mucho que las nuevas tendencias insistan en lo contrario. Los dramas son los mismos y los excesos también, sólo cambian las modas. Algunas tan inofensivas como «el encendido navideño de no sé dónde», otras menos meditadas y peor organizadas, como el derecho internacional en el marco de las Naciones Unidas.
Me enseñaron que lex iniusta non est lex. Tal vez sea más sensato sustituir a San Agustín por Tucídides, quien en el diálogo de los melios sentenció que «los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben».
No sé si Tucídides escribió eso tras una indisposición estomacal navideña, pero lo que sí está claro es que convendría alejarnos ya de teorías como la nueva doctrina Monroe-Trump, de debates sobre si el omeprazol en ayunas sirve o no de algo, o de especulaciones sobre si el gobierno danés ha incrementado el número de trineos con perros guardianes más allá del círculo polar. Y debemos hacerlo porque desde hace tiempo somos, literalmente, ardillas corriendo sin sentido alrededor de un árbol. También parece que nos encanta.
Mi única duda es si nos encanta porque, efectivamente, tenemos la capacidad de procesamiento de un roedor arborícola o porque han decorado el árbol con luces nuevas y llamativas. Parece que convertimos en virtud la incapacidad de escapar del exceso al seguir llamando novedad a la misma indigestión. Por suerte, la lucidez llega con el malestar, y es que el cuerpo avisa antes de colapsar, pero preferimos otra copa, otra cumbre, otra doctrina con nombre nuevo.


