El silencio impuesto durante años por la burocracia ha claudicado, finalmente, ante la evidencia del cielo. La Santa Sede ha dado el visto bueno definitivo: el Venerable Fulton J. Sheen, profeta de la gran pantalla, el hombre que convirtió el espectro radioeléctrico en un púlpito de verdades eternas, será elevado a los altares. Tras un proceso que pareció congelarse en el invierno de las cautelas administrativas, Roma ha confirmado que la causa de beatificación del arzobispo de la «voz de oro» retoma su curso triunfal.
Esta noticia, en fin, no es sólo un trámite; es más bien el reconocimiento de un hecho que sacude los cimientos del materialismo moderno. El milagro que sostiene esta beatificación es tan dramático como las propias alocuciones del prelado: la vuelta a la vida de James Fulton Engstrom, un recién nacido que en 2010 permaneció sesenta y un minutos sin pulso, clínicamente muerto. Mientras los médicos se rendían, sus padres invocaban el nombre de Sheen. Al minuto sesenta y uno, el corazón del pequeño comenzó a latir con la fuerza de quien ha sido rescatado del umbral por una mano invisible.
Este prodigio, sumado a la resolución de las disputas legales sobre sus restos —que hoy descansan en su amada Peoria tras años en la cripta de la Catedral de San Patricio en Nueva York—, despeja el camino para que el mundo católico celebre a quien fue, posiblemente, el mayor comunicador de la Cristiandad en el siglo XX.
El caballero de la palabra
Fulton Sheen no fue un hombre de grises. Nacido en Illinois en 1895, su vida fue una batalla constante contra la tibieza. En una época donde la televisión nacía como un juguete de entretenimiento vacuo, Sheen la reclamó para Dios. Su programa, Life is Worth Living, no era sólo un éxito de audiencia que competía con las estrellas de Hollywood; era una lección de metafísica impartida con la elegancia de un aristócrata del espíritu y la sencillez de un párroco de aldea.
Su figura, envuelta en la ferraiolo púrpura —esa capa suya tan característica—, con una mirada magnética que parecía escrutar el alma de los espectadores a través del cristal de la cámara, representaba la claridad doctrinal en un mundo que ya empezaba a coquetear con el relativismo. No temía señalar las garras del marxismo, ni las sutiles trampas del psicoanálisis desprovisto de trascendencia, ni la decadencia de Occidente. Pero su vehemencia no nacía del odio, sino de una caridad abrasadora.
La vigilia ante el sagrario
Lo que pocos sabían mientras lo veían brillar bajo los focos de la NBC era que ese hombre de éxito pasaba, cada día de su vida, una Hora Santa ante el Santísimo Sacramento. Esa era la fragua de su oratoria. Su vehemencia no era técnica retórica, sino el desbordamiento de una intimidad cultivada en el silencio del sagrario. Fue un obispo que supo ser moderno en los medios pero profundamente tradicional en los fines: la salvación de las almas.
Para España —y en especial para los lectores de LA IBERIA—, la figura de Sheen resuena con una familiaridad singular. Representa ese catolicismo valiente, intelectualmente robusto y estéticamente impecable que no pide perdón por existir. Su ascenso a los altares es una reivindicación de la belleza de la Verdad.
Fulton Sheen vuelve ahora no como un recuerdo de la televisión en blanco y negro, sino como un intercesor vibrante para un tiempo que, como el suyo, necesita recordar que la vida sólo merece ser vivida si se tiene la mirada puesta en la Eternidad. La vehemencia, cuando es santa, no destruye: ilumina. Y la luz de Sheen, por fin, brillará con el halo de los beatos. ¡Felices, pues!


