España ganó el domingo su segundo Mundial del modo que menos se presta a la interpretación: ocho partidos, siete victorias, un empate, ninguna derrota, catorce goles a favor y uno solo en contra. No hay casualidad afortunada ni tarde inspirada. Hay una organización española que compitió un mes contra las cuarenta y siete mejores del mundo y salió primera.
El resultado desmiente una premisa que la vida pública española repite hasta convertirla en sentido común: la de que este es un país que se apaña, que va tirando, que aspira a lo razonable. Lo que se ha vuelto mediocre no es España. Es el filtro por el que se la obliga a pasar.
«Al fútbol se juega como se vive»
La frase es de Hugo Gatti, el Loco, y no la dijo para elogiar a nadie, sino como diagnóstico de su propio país: en Argentina no se juega, sostuvo, porque al fútbol se juega como se vive y allí se vive mal. Viniendo de la mayor leyenda del arco argentino, la sentencia autoriza un contraste que de otro modo sonaría a tópico ajeno. Y hay una ironía que conviene no desaprovechar: quien acuñó la fórmula era el Loco, y lo que se impuso en East Rutherford fue justamente lo contrario de la locura.
La ficha de la final lo documenta sin adjetivos. España tuvo el 68% del balón y disparó once veces entre los tres palos; Argentina remató tres veces en todo el partido y ninguna a puerta. España terminó sin una sola tarjeta; Argentina acumuló cinco amarillas y la expulsión de Enzo Fernández por doble amonestación, el último capítulo de una serie de expulsiones que han decidido finales de Mundial desde Pedro Monzón en 1990.
No son dos temperamentos nacionales, sino dos escuelas cultivadas durante décadas. Una fía el resultado al golpe de inspiración, a la astucia, al margen que el reglamento deja sin vigilar; la otra, al método: saber de antemano lo que el rival va a hacer y estar colocado cuando lo haga. La locura gana partidos sueltos; el método gana torneos. El atajo tiene la ventaja de la rapidez y el inconveniente de que se cobra solo: la inferioridad numérica que abrió la prórroga a España la fabricó Argentina. Ferran Torres marcó en el 106 contra diez hombres que llevaban un mes ganando así.
Una jerarquía que nadie designa
La diferencia decisiva entre esta institución y casi todas las demás del país no está en el presupuesto ni en el talento disponible, sino en el criterio de acceso. En una selección juega quien rinde, y el juicio se emite cada noventa minutos ante millones de testigos que pueden verificarlo. No hay concurso de méritos ponderado, no hay cuota territorial, no hay lealtad previa que compense un mal partido. Luis de la Fuente empezó el torneo discutido por buena parte de la prensa española y lo terminó con la copa: lo que zanjó la discusión no fue un despacho, fue el marcador.
Es el reverso del mecanismo que gobierna la promoción en el resto de la vida institucional española, donde el ascenso depende de una designación que no rinde cuentas ante nadie verificable. El ciudadano confía sus decisiones más exigentes a funcionarios que no ha elegido y a los que no puede pedir cuentas, y llama a eso normalidad. Cuando ese mecanismo produce resultados pobres, el diagnóstico nunca apunta al mecanismo: apunta al carácter nacional. Se nos explica que somos así. El domingo quedó demostrado que no lo somos.
El trofeo lo entregó quien llamó a España «causa perdida»
La copa se la entregó a Rodri, en East Rutherford, Donald Trump. Semanas antes, en la cumbre atlántica de Ankara, había calificado a España de «causa perdida» y a los españoles de «mala gente», y había reclamado suspender todo el comercio bilateral por la negativa española a elevar el gasto en defensa hasta el 5% del PIB y a autorizar el uso de Rota y Morón contra Irán. Tras la final dio por superadas las tensiones.
Meses de deterioro gestionado a base de comunicados se desactivaron en veinticuatro horas ante un resultado incontestable. Un torneo absorbido por la política estadounidense antes de empezar devolvió a España lo que su diplomacia no había conseguido.
Dos millones a los que nadie convocó
El lunes la expedición pasó por Zarzuela y por Moncloa, donde Rodri afirmó que este era «sin ninguna duda» el título más especial de su carrera. Desde allí arrancó la rúa. La Delegación del Gobierno cifró entre un millón y medio y dos millones las personas que ocuparon las calles de Madrid bajo el calor de julio. Ninguna formación política española convoca esa cifra por sus propios méritos, ni la convocaría sin que media España considerase el acto una provocación. Ferran Torres desfiló con una gorra roja estampada con el lema «Make Spain Great Again»: un gesto que nadie había guionizado, algo cada vez más raro fuera de las escasas ceremonias donde el pueblo aún se reconoce sin intermediarios.
La conclusión no es que el fútbol redima a un país mal gobernado. Es más incómoda. Lo que ganó el domingo no fue la suerte ni el genio: fue el método, que es precisamente lo que aquí se considera prescindible. Si al fútbol se juega como se vive, España acaba de demostrar que sabe vivir mejor de lo que la dejan. La que se derrumba no es la que salió a jugar: es la que ha construido un sistema de selección diseñado para que llegue más lejos gente peor, y que después atribuye al país los resultados de ese diseño.


