En una casa hay una grieta en la pared, frente a la entrada. O una baldosa sin alicatar en cualquier esquina recóndita de la solería. En otra, un trozo de tabique sin pintar, un muro a medio enjalbegar o un azulejo roto. No se trata, sin embargo, de la exhibición provocadora del deterioro ni de que la imperfección visible esté de moda en las revistas de interiorismo. Según una antigua tradición rabínica, cualquier morada debe quedar parcialmente sin construir para recordar a sus ocupantes la incompletitud. Lo inacabado como huella de lo que ya no está. La imperfección enseña a habitar un entorno donde la ausencia ocupa un espacio. Al dejar rastro, esa ausencia permanece.
En una casa, allí donde lo que hubo sólo es memoria, o en el barrio de toda la vida que conserva vestigios de un mundo desaparecido, el dolor por la pérdida tiene nombre desde principios del milenio: solastalgia. Es un tipo de nostalgia muy concreta. Se siente cuando vemos cómo cambia, sin movernos físicamente de él, el lugar al que llamamos hogar. Cada alejamiento o vacío en la vida de una persona causa una herida que el lenguaje trata de contener y delimitar, trasladándola del corazón a la razón. Porque comprender —nombrar— es aliviar. Mientras el nostálgico siente el deseo de recuperar el ayer, la saudade arrastra la etimología latina de la solitate. La saudade está hecha, como una calle de Bogotá, de soledad antigua.
Pero es la morriña la que completa el catálogo de nuestras cicatrices; ésa que Rosalía de Castro lloró en Follas Novas al buscar en vano las antiguas risas, la loca alegría, las canciones dulces y las noches serenas. Y no siempre hay respuestas. «Fui un día en busca de ellos… los fui llamando uno a uno y ninguno me contestó». La morriña gallega extraña una tierra y, con ella, el mundo al que se pertenece y que nos moldea. Por eso, en cierto modo, desborda al nóstos griego, el regreso del héroe a su patria. Odiseo anhela dolorosamente la vuelta a Ítaca, de donde partió veinte años atrás: uno de los grandes poemas de la literatura universal empieza, al fin y al cabo, con un tipo que se va. Deja mujer —tejiendo y destejiendo—, hijo, padres, perro y reino. Sin embargo, él también habrá de enfrentarse a la ausencia inesperada. En un momento de su periplo, Odiseo desciende al Hades y encuentra a su madre, muerta mientras él estaba en otra parte.
Mi abuela murió y me dejó una yuca —que es como una baldosa sin alicatar en un rincón de la solería—, un abrigo de astracán, los benditos hoyuelos de mis mejillas, una madre estricta y el «corazón en los huesos». Nunca le dije que aún no sabía vivir para que pudiera descansar en paz. Se fue enjuta en un caluroso julio pero el universo no se derrumbó hasta meses después. Morirse en verano es morirse en voz baja. El óbito se comenta entre cervezas frías, los pésames se llenan de lágrimas que son sudor y, con suerte, traíamos una falda negra en la maleta. Aunque sea con algo de retraso, la desaparición de quienes amamos acaba provocando que el suelo se tambalee bajo nuestros pies.
Pero no sólo la parca es responsable de nuestras pérdidas. De un tiempo a esta parte, no sé si les pasa, hay gente que se va sin haberse muerto. Personas con las que hablabas constantemente y un día ya no. Amigos que desaparecen silenciosamente de los cafés, de las conversaciones, de los planes. Poco a poco, sin pelea, sin un malentendido ni una despedida, algunos nombres van abandonando esa zona VIP que son los «contactos frecuentes». No hay tragedia, ni explicaciones, ni más felicitaciones de cumpleaños. Tampoco hay cadáver.
De nuevo, quedamos a la intemperie sin poder nombrar esta desolación. Hablaba Rosalía de las viudas de los vivos (y de los muertos), pero nadie ha pensado cómo llamar a los que deja atrás la gente que se fue.
Una se malicia que esas pequeñas y grandes charlas que antes manteníamos han encontrado un nuevo interlocutor digital. La interacción humana —con su cansancio, su desacuerdo o su maravillosa falta de protocolo— era un lugar de asombro e imperfección. Nada de eso existe cuando se le pregunta a un algoritmo qué responder al WhatsApp del chico que te gusta o si comprar ese par de zapatos que cuesta medio sueldo. La inteligencia artificial ocupa sigilosamente una grieta que antes nos pertenecía.
El tiempo dirá si algunas relaciones han naufragado en la isla de Calipso. Si a cambio de la promesa de librarnos del juicio ajeno y del sufrimiento, preferimos compañía ilimitada y refugio estéril. Si vamos a renunciar al vínculo humano, dramático y real. A regresar a Ítaca.



