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Beber «en bonito»

Una época que ha confundido la originalidad con el capricho y la estética con la extravagancia

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Existen objetos que parecen empeñados en convencernos de que la belleza es un lujo. Que da igual. Que lo importante es que el contenido sea bueno. Y uno acepta esa tesis hasta que una tarde pide un zumo de tomate preparado —sal, pimienta y unas gotas de Tabasco, como Dios manda— y el camarero lo deposita solemnemente en una copa de balón.

La copa de balón. Ese recipiente desmesurado que ha colonizado media hostelería española como si no existiera otra forma de servir una bebida. Sirve para el gin-tonic, para el tinto de verano, para el agua con gas y, por lo visto, también para el zumo de tomate. Una especie de democracia del cristal donde todo acaba pareciéndose.

Y, sin embargo, hay bebidas que reclaman su sitio natural. Un vermú merece un vaso de esos gruesos, con relieve, que pesan un poco en la mano y parecen haber conocido mejores conversaciones. Un güisqui pide un vaso corto, sólido, con esquinas. Y un zumo de tomate preparado exige exactamente eso mismo: un vaso con carácter, que acompañe la densidad de la bebida y la liturgia de remover el hielo antes del primer sorbo. No es una cuestión de nostalgia. Es una cuestión de armonía.

Vivimos en una época que ha confundido la originalidad con el capricho y la estética con la extravagancia. Como si sorprender fuera siempre preferible a acertar. Y así terminamos bebiendo cualquier cosa en cualquier recipiente, vistiendo cualquier edificio con cualquier material y decorando cualquier estancia con objetos que no guardan conversación entre sí.

Chesterton decía que la tradición es la democracia de los muertos. Explicaba que da voto a nuestros antepasados y rechaza la oligarquía de los vivos. También podría decirse que el buen gusto es la conversación entre las cosas. Hay formas que parecen haber nacido para encontrarse. Separarlas es posible, claro. Como también lo es servir una fabada en una copa de champán. Pero uno sospecha que, si lo hacemos, no hemos ganado creatividad; simplemente hemos perdido el sentido de la medida.

La belleza rara vez grita. Más bien susurra que cada cosa tiene su lugar. Que una mesa bien puesta no alimenta más, pero alimenta mejor. Que una carta escrita a mano no comunica más información que un mensaje apresurado, aunque sí transmite algo infinitamente más valioso. Que una puerta de madera envejecida suele decir más que una plancha de aluminio impecable.

Quizá por eso necesitamos educar otra vez la mirada. Aprender a distinguir entre lo llamativo y lo bello. Entre lo moderno y lo adecuado. Entre lo que simplemente funciona y lo que, además, posee una cierta elegancia moral. Porque la belleza no es un adorno que se añade al final de las cosas. Es una forma de respetarlas. Y eso vale también para un humilde zumo de tomate.

La próxima vez, por favor, sírvanmelo en un vaso de los de toda la vida. De esos con relieve. No cambiará el sabor. Pero me reconciliará un poco con la idea de que todavía hay quien entiende que hasta las cosas más pequeñas —sobre todo las más pequeñas— merecen hacerse «en bonito».