El creciente empobrecimiento del Reino Unido

Impuestos altos, bajo crecimiento y desánimo inversor aceleran la salida de capital y talento

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El Reino Unido atraviesa un proceso creciente de pérdida de capital y talento que amenaza con erosionar su base económica y fiscal. No se trata de una percepción aislada: el percentil con mayores ingresos aporta cerca de un 29% de toda la recaudación del impuesto sobre la renta, lo que hace de cualquier salida de grandes contribuyentes un problema estructural. Sin embargo, el país mantiene un impuesto de sucesiones de un 40%, uno de los más elevados del mundo desarrollado, y una presión fiscal general que continúa al alza.

Durante siglos, el Reino Unido, y Londres en particular, fue un imán para el talento y el capital internacionales. Capital del Imperio británico primero y, más tarde, gran centro financiero capaz de rivalizar con Nueva York, Londres se consolidó como una ciudad verdaderamente global: altos ingresos, vitalidad cultural y conexiones privilegiadas con los principales polos económicos del planeta.

Ese atractivo se ha debilitado de forma evidente. Empresarios e inversores describen uno de los periodos de mayor desánimo que se recuerdan. El gasto público se aproxima a un 45% del PIB, el nivel más alto fuera de tiempos de guerra; la presión fiscal ronda un 39%, un máximo histórico; la regulación se ha vuelto más pesada; y los costes energéticos para las empresas figuran entre los más altos del mundo desarrollado.

El país parece atrapado en un círculo vicioso de deuda elevada, aumento de los costes de financiación e inflación persistente. El desempleo crece, la inversión se retrae y se extiende una sensación de inseguridad vinculada tanto a la delincuencia como al deterioro del orden público. A ello se suma un malestar social creciente ante niveles récord de inmigración, en buena medida poco cualificada, procedente de países como Pakistán, Nigeria, la India o Bangladés.

Este contexto ha impulsado una salida sostenida de británicos hacia países de la Anglosfera (Australia, Nueva Zelanda, los Estados Unidos y Canadá) y también hacia diversos destinos europeos en busca de mejores oportunidades. En el año cerrado en junio de 2024, las salidas de larga duración alcanzaron las 693.000 personas, una cifra especialmente elevada.

Los jóvenes titulados afrontan un panorama poco alentador: vivienda inaccesible, mercado laboral débil y un clima general de pesimismo. El dinamismo emprendedor de otras décadas se ha diluido, con la creación de empresas en mínimos de diez años. Otros países europeos también atraviesan dificultades (España, Francia y Alemania coquetean con la recesión). El Reino Unido, con su moneda propia, no ha logrado traducir su salida de la Unión Europea en beneficios económicos claros desde 2020.

Paradójicamente, la cuna de la revolución industrial y del capitalismo moderno opera hoy como un Estado semisocialista. El actual Gobierno laborista, impopular tras apenas año y medio en el poder, no se someterá previsiblemente a las urnas hasta 2029. Sólo una minoría de sus diputados ha trabajado en el sector privado, lo que se refleja en una agenda centrada más en derechos laborales, sector público, redistribución y políticas identitarias que en el crecimiento económico.

Quienes aspiran a prosperar sienten que el sistema les da la espalda. Emigrar nunca ha sido tan sencillo y numerosos países compiten por atraer talento móvil, desde Brasil o Portugal hasta España o Tailandia. Se marchan por el clima, por un menor coste de vida y por expectativas vitales más amplias.

El resultado es una retirada progresiva de capital y talento. Cada vez más inversores prefieren otros destinos con impuestos más bajos, menor carga regulatoria y mayores perspectivas de crecimiento. Como ocurre con todas las naciones, el Reino Unido atraviesa ciclos, y el actual es claramente descendente. Influyen decisiones como los confinamientos durante la pandemia, la dependencia del gasto público, los déficits crónicos, la hipertrofia regulatoria y el envejecimiento demográfico.

Sin reformas ambiciosas y sacrificios asumidos colectivamente, el país corre el riesgo de prolongar esta sangría silenciosa. Una dinámica que empobrece al Reino Unido y, al mismo tiempo, beneficia a aquellos países que saben acoger el capital y el talento que hoy decide marcharse.

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