El avalista del Cielo

Mientras muchos buscaban a Dios en acontecimientos extraordinarios, san Josemaría enseñó a encontrarlo en la oficina, en la fábrica, en la cocina, en la universidad, en la enfermedad y en el cansancio cotidiano

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«Hijos míos, os garantizo el Cielo». Pocas frases me han impresionado tanto como esta. No por su belleza literaria ni por su fuerza retórica, sino por la audacia que encierra. Cada vez que la leo vuelvo a preguntarme lo mismo: ¿quién puede atreverse a decir algo así? ¿Quién es capaz de ofrecer semejante garantía sin incurrir en la presunción o en temeridad?

La respuesta se encuentra en la vida de quien pronunció esas palabras. Porque san Josemaría no era un hombre dado a las exageraciones sentimentales. Quienes le trataron describen a una persona profundamente sobrenatural, pero también extraordinariamente realista. Alguien acostumbrado a luchar contra las dificultades concretas, contra las contradicciones, las incomprensiones y las limitaciones humanas. Precisamente por eso, cuando afirmaba algo, sus palabras adquirían un peso especial.

Recuerdo una afirmación de san Pablo VI sobre él que siempre me ha llamado la atención. Decía el Papa que san Josemaría había sido uno de los hombres que más carismas había recibido en la historia de la Iglesia y que había respondido a ellos con una generosidad igualmente excepcional. Es una valoración enorme, de esas que sólo pueden entenderse contemplando una vida entera. Porque los dones de Dios, por abundantes que sean, nunca garantizan por sí solos la santidad. Lo decisivo es la respuesta. Y en la vida de san Josemaría impresiona precisamente eso: la radicalidad de su correspondencia.

Dios le pidió mucho y él no pareció reservarse nada. Entregó la inteligencia que había recibido, su capacidad de trabajo, sus talentos humanos, sus energías y hasta su salud. Lo hizo durante décadas, sin pausas, sin protagonismos y sin la tentación de instalarse cómodamente en los frutos de lo ya conseguido. Su historia no es la de un hombre brillante que puso sus capacidades al servicio de una causa noble. Es la de un alma que se dejó gastar por completo.

Quizá por eso aquella promesa del Cielo no nace de una confianza en sí mismo, sino de una confianza absoluta en Dios. Porque, en el fondo, san Josemaría no estaba diciendo: «Yo os llevaré al Cielo». Estaba diciendo algo mucho más profundo: «He comprobado durante toda mi vida que Dios es fiel». Después de tantos años caminando apoyado únicamente en la providencia divina, conocía demasiado bien al Señor como para dudar de sus promesas.

La grandeza de los santos consiste precisamente en eso. Mientras la mayoría vivimos pendientes de nuestras fuerzas, ellos viven pendientes de la fidelidad de Dios. Nosotros calculamos posibilidades; ellos cuentan con la gracia. Nosotros solemos fijarnos en nuestras limitaciones; ellos terminan descubriendo la inmensidad de la misericordia divina.

Por eso los santos resultan tan necesarios en cada época. No porque hagan cosas extravagantes ni porque se conviertan en personajes inalcanzables, sino porque recuerdan a los demás la dimensión eterna de la vida. En medio de un mundo preocupado por lo urgente, ellos vuelven a hablar de lo importante. En medio de una cultura obsesionada con el éxito inmediato, ellos señalan una meta mucho más alta.

San Josemaría hizo exactamente eso. Mientras muchos buscaban a Dios en acontecimientos extraordinarios, él enseñó a encontrarlo en la oficina, en la fábrica, en la cocina, en la universidad, en la enfermedad y en el cansancio cotidiano. Mientras otros pensaban que la santidad era asunto de unos pocos privilegiados, él insistió en que todos los hombres estaban llamados a ella. Y mientras tantos reducían la fe a una serie de obligaciones, él la presentó como una aventura apasionante cuyo destino final era el Cielo. El santo de lo ordinario lo llamaron, el santo de lo pequeñito, lo llamo.

Tal vez por eso aquellas palabras siguen resonando con tanta fuerza. Porque no proceden de un optimismo ingenuo, sino de una vida entera entregada a Dios. Son las palabras de alguien que recibió mucho, respondió con generosidad y terminó convencido de que la misericordia divina es infinitamente más grande que nuestras pobrezas.

Cada 26 de junio, al recordar a san Josemaría, vuelvo a esa frase que tanto me impresionó la primera vez que la escuché. Ya no la interpreto como una osadía, sino como una confesión de fe. La fe de un hombre que conocía profundamente el corazón de Dios y que, por eso mismo, podía hablar del Cielo con la serenidad de quien habla de una patria cierta.

Quizá no exista mejor definición de un santo. Alguien tan convencido de las promesas de Dios que termina convirtiéndose para los demás en testigo de su cumplimiento. Alguien cuya vida entera funciona como una firma al pie de la esperanza. Alguien que, después de haber entregado todo lo que recibió, puede permitirse el lujo de actuar, para quienes vienen detrás, como un humilde avalista del Cielo.