La figura de Benedicto XVI, cuyo pensamiento ha sido objeto de numerosísimos reduccionismos ideológicos, emerge a la luz de esta serie de artículos como una de las más ricas, complejas y necesarias del pensamiento eclesial contemporáneo. Lejos de los estereotipos que lo han retratado como un conservador inmovilista, Joseph Ratzinger se nos revela a lo largo de su Magisterio como un teólogo profundamente enraizado en la tradición y, precisamente por ello, abierto a la renovación. Su vida nunca estuvo vertebrada por la resistencia al cambio, sino precisamente por el discernimiento del cambio desde la fidelidad a lo esencial del cristianismo: la verdad, la caridad y el encuentro personal con Cristo.
Esta serie, en fin, ha querido desmontar el mito del conservadurismo de Ratzinger mostrando cómo su pensamiento no puede ser clasificado desde las categorías políticas habituales. Frente a quienes lo encasillaron como un «Rottweiler de Dios» o un «Gran Inquisidor», en sus textos y en su biografía encontramos una decidida apertura al diálogo, una defensa lúcida de la razón y una profunda sensibilidad pastoral. Tres características que tradicionalmente se han adjudicado al pensamiento progresista.
Estas convicciones sinceras de Ratzinger se manifestaron, con gran elocuencia, en su defensa de la «razón abierta». El sencillo teólogo alemán reclamó durante toda su vida una razón capaz de abrirse a las preguntas últimas, a la belleza y a Dios. Esta propuesta, lejos de ser una vuelta a planteamientos preconciliares, constituye una auténtica revolución intelectual: el Papa Benedicto recuperó la plenitud de la razón para que el ser humano pueda encontrar el sentido de su vida. A este respecto, su discurso en Ratisbona fue un punto culminante de esta visión, y también una muestra de su valentía: no temía decir lo que pensaba, porque no temía pensar con libertad.
A la dura persecución que sufrió por parte de la prensa se sumaron las críticas de Habermas y Küng. En ambos casos, las diferencias con estos adversarios intelectuales no anularon el respeto mutuo ni tampoco el valor de los diálogos mantenidos. No en vano, fue precisamente en estos diálogos donde Ratzinger desplegó con incomparable maestría lo mejor de su pensamiento: suya era la voluntad de confrontar ideas sin renunciar a la verdad. Esta actitud de Ratzinger nos alumbra su manera de estar en el mundo: con la claridad del que cree y la humildad del que escucha.
Desde este saber escuchar, durante sus ocho años de pontificado abordó una reforma profunda y discreta de la Iglesia. Su progresismo no se expresó en cambios superficiales ni rupturistas, no en golpes de efecto, sino en una labor de purificación, de redescubrimiento de la vitalidad del Evangelio. Los debates de nuestro tiempo —como el papel de los laicos en la Iglesia, el diálogo ecuménico, la denuncia de los abusos o la vigencia de la doctrina social— le sirvieron a Ratzinger para trazar caminos de renovación: su impulso a una mayor participación del laicado, su sensibilidad por la unidad de los cristianos y su decisión para afrontar la vergüenza de los abusos sexuales dan muestra del progresismo de este pastor.
El pensamiento de Ratzinger, por último, ofrece aportaciones académicas de enorme trascendencia. Desde la filosofía, su reivindicación del logos como fundamento del mundo y del pensamiento humano constituye una defensa de la razón como vía hacia Dios: una razón al servicio de la fe fue su antídoto frente al nihilismo. En el plano político, comprendió el poder como servicio y criticó ferozmente tanto el autoritarismo como el relativismo. Y en el plano económico, no faltaron referencias a una economía al servicio del ser humano, como alternativa frente al consumismo.
Son muchos los ingredientes pero una es la receta: Benedicto XVI fue un hombre de nuestro tiempo. Un pontífice moderno, no porque adoptara las categorías de la modernidad, sino porque supo discernir sus luces y sombras desde la profundidad de la tradición cristiana. Su «progresismo ortodoxo» consiste precisamente en esto: en avanzar con firmeza sin romper con las raíces; en dialogar sin renunciar; en amar la verdad sin imponerla; en creer que solo una fe pensada puede dialogar con el mundo.
En una época marcada por el reduccionismo ideológico y la superficialidad, la figura de Benedicto XVI nos ofrece una invitación vivificante a pensar con profundidad, a creer con libertad y a vivir con autenticidad. Su legado, muchas veces malinterpretado, es en realidad una luz para el presente y una brújula para el futuro de la Iglesia y del mundo. Unas últimas coordenadas nos ayudan a entender su legado: «No pocas veces se contrapone de manera torpe tradición y progreso. En realidad, los dos conceptos se integran: la tradición es una realidad viva y por ello incluye en sí misma el principio del desarrollo, del progreso. Es como decir que el río de la tradición lleva en sí también su fuente y tiende hacia la desembocadura».
El río no deja de fluir y algunos se empeñan en surfear la superficie. Frente a eso, la vida y la obra de Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, nos dejan una tarea urgente: redescubrir que sin verdad, la libertad se desvanece; sin razón, la fe se vacía; y sin fe, el pensamiento se vuelve estéril. Ese es el desafío de nuestro tiempo.


