El HODIO de Sánchez

Lo que necesita España es una reconstrucción desde los cimientos, si queremos que lo que reciban nuestros hijos sea algo más que un país irreconocible

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El presidente del Gobierno ha anunciado, con pompa y público complaciente, una herramienta para medir los discursos de odio en redes sociales. Queda por definir en qué unidad de medida se expresarán esas unidades de odio en redes (¿número de palabras?, ¿tiempo empleado?, ¿kilos?, ¿metros?). La nota de prensa del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones aclara que «HODIO combinará análisis cuantitativo, inteligencia artificial y revisión experta para garantizar la precisión del análisis y el respeto a los derechos fundamentales».

Una es, para bien o para mal, funcionaria pública, y sabe que estas cosas son lentas, difíciles de implementar y que los empleados a los que les caiga en suerte la gestión de la herramienta en cuestión estarán sobrepasados por su trascendental misión. Así que me permito lanzar una sugerencia a los promotores de(l) HODIO: una declaración responsable. Para los legos en la materia, una declaración responsable es, como su nombre indica, un papelito donde el declarante asegura, palabrita suya, que lo que afirma es cierto. Es, por ejemplo, el papelito que van a pedir a los extranjeros en situación irregular que quieran acogerse a la regularización extraordinaria promovida por el Gobierno para acreditar, palabrita suya, que no tienen antecedentes penales en sus países de origen.

La declaración responsable incluiría una serie de casillas con los casos típicos de (h)odio y polarización, según han sido definidos por expertos en la materia, reunidos en el —toma teatrillo— Foro contra el Odio, que ha sido glosado en numerosas crónicas de todo signo y condición. Pero como buen formulario que se precie, la declaración responsable incluiría un «otros», donde cada cual podría desplegar su (h)odio libremente. Y esa casilla sería realmente la interesante, porque ahí se podría apreciar qué nos genera antipatía o aversión hasta el punto de desearle mal (según la definición que da la RAE de «odio»), fuera de las manidas categorías en que otros se empeñan.

Habrá quien incluya su (h)odio al café frío, a los castellanos marrones (cruzada trumpista, al parecer) o a las camisas de manga corta. También habrá quienes aprovechen el frío formulario para desatar sus (h)odios más viscerales: al cuñado, a la suegra, al vecino ruidoso… ¿Pero qué hacemos, señora Ministra, si de pronto los (h)odios se les vuelven en contra? Véase:

  • (H)odio a quienes han sacrificado la unidad nacional, desde hace décadas, vendiéndose y dejándose chantajear por quienes quieren destruir España.
  • (H)odio a los promotores de la Ley del «sólo sí es sí», que provocó rebajas de penas a más de 1.200 agresores sexuales.
  • (H)odio a quienes han prostituido —aún más— la elección de magistrados del Tribunal Constitucional y de vocales del Consejo General del Poder Judicial, empañando más si cabe su imprescindible apariencia de imparcialidad.
  • (H)odio a quienes han dejado de aplicar la Ley de extranjería, provocando en la práctica que queden en papel mojado el control de fronteras y la expulsión de quienes han entrado ilegalmente en nuestro país.
  • (H)odio a quienes han colonizado el sector público, manchando gran parte de las instituciones públicas, olvidando que la Administración tiene por misión esencial servir con objetividad el interés general, del común de los ciudadanos, no el particular de tal o cual partido o de tal o cual político —o sus familiares, sobrinas incluidas—.
  • (H)odio a quienes han abandonado el mantenimiento de las infraestructuras esenciales, provocando un deterioro evidente, que ya nadie que circule en tren o por carretera puede ignorar.
  • (H)odio a quienes no asumen nunca la responsabilidad que por su cargo ostentan, dejando pasar escándalo tras escándalo, tragedia tras tragedia, porque saben que, efectivamente, son irresponsables (como magistralmente expuso Alfonso Paredes).
  • (H)odio a quienes, ley tras ley, han ido destruyendo implacablemente la educación, condenando a los niños y adolescentes a una falta de cultura que algunos querrán sin duda aprovechar.

Por eso la casilla realmente interesante para quienes tan preocupados están por el odio y la polarización sería esa de «otros». Pongan ahí a trabajar su herramienta, que ahí está el meollo de la cuestión y podrán sacarle jugo. Ni el Gran Hermano de 1984 tuvo esta inagotable fuente de información.

Dicho esto y para no dejarnos llevar por sentimiento tan funesto, hagamos caso a San Juan de la Cruz, que merece desde luego más crédito que los promotores de HODIO. Dijo el Santo, poeta místico: «Al atardecer de la vida, nos examinarán en el amor». Y si, como dice el refrán popular, «obras son amores y no buenas razones», propongámonos, sin abandonar el disenso, no olvidar que lo que necesita España es una reconstrucción desde los cimientos, si queremos que lo que reciban nuestros hijos sea algo más que un país irreconocible, sin transmisión cultural posible, destruido moral y económicamente. Cumplamos cada uno con nuestros deberes —trascendentales, no simplemente laborales—, recuperando el sentido del honor y el amor a España. Dejemos el odio para aquellos que quieren destruirla.