El Concilio Vaticano II introdujo en la Iglesia Católica grandes reformas y nuevas perspectivas. Tras un cruento periodo de guerras y tensiones políticas, la institución más presente en el orbe debía al fin dar respuestas a ese mundo que habita desde hace dos mil años. Ésta fue, precisamente, una de las grandes líneas programáticas que el Papa Pablo VI, continuador del Concilio, expresó con vehemencia en 1965: «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia».
Con estas palabras —«Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en el corazón de los discípulos de Cristo»— Pablo VI no hacía más que reivindicar la vigencia del mensaje católico al tiempo que encomendaba una tarea hercúlea a sus sucesores en el pontificado: la de ser sensibles a la realidad del mundo, y dejar empapar su corazón por los problemas humanos. Si algo, pues, parecía entonces necesario para dirigir la barca de Pedro, eso era la presencia enraizada del Papa en su tiempo. Juan Pablo I fue un breve testigo de esta presencia, sacudiendo a la humanidad con su muerte apenas 33 días después de la fumata blanca que lo eligió. Pero la Iglesia, en su providencia, tenía guardado un as bajo la manga. Al pontífice italiano le sucedió primero Juan Pablo II y un papado de 27 años; más tarde Benedicto XVI, y su perspectiva teológica siempre en diálogo con su tiempo; y al Papa alemán lo relevó Francisco, acaso el Santo Padre más radicalmente presente en su tiempo.
Son estos tres últimos pontífices, precisamente, los que conforman un bellísimo tríptico de continuidad. Aunque Benedicto XVI queda cronológicamente en medio, atrapado entre dos periodos de gran actividad apostólica, el suyo también fue un papado de la modernidad. El reservado teólogo alemán, sombra durante años de Juan Pablo II, tuvo por delante un reto de gran trascendencia para la Iglesia de nuestros días: debía recoger la herencia de su antecesor y armonizarla para su sucesor: quizás no fuese a brillar en grandes viajes apostólicos ni tuviese encuentros multitudinarios —que sin duda los tuvo—; la labor silenciosa de Benedicto pasó por recoger los frutos del Papa polaco y sembrar en forma de líneas doctrinales las respuestas para un mundo confuso. Francisco, de hecho, no ha hecho más que cosechar semejante riqueza.
Por tanto, lejos de una ruptura o de una alternancia ideológica, este tríptico papal puede y debe comprenderse como una unidad orgánica que, desde la diversidad de estilos, contextos históricos y sensibilidades personales, comparte una visión común sobre el papel de la Iglesia en el mundo contemporáneo. Esta continuidad se manifiesta especialmente en su magisterio, en su antropología cristiana, en su diálogo con la modernidad y en su opción por una evangelización centrada en la dignidad humana y la verdad revelada. No parecen, desde luego, pocos puntos en común.
La «hermenéutica de la continuidad», tal y como solía referirse el propio Benedicto XVI, pasa por dar respuesta precisa a los desafíos del presente. Wojtyla, Ratzinger y Bergoglio conformaron un tríptico continuista que expresó esta respuesta con diferentes acentos y sensibilidades. Juan Pablo II, en primer lugar, explicó a la Iglesia que no hay justicia sin libertad. En medio de un mundo radicalizado en dos bandos, marcado por la sombría presencia de la Guerra Fría y la pervivencia de numerosos regímenes comunistas, reivindicó la fundamental necesidad de la libertad para la consecución de la justicia. El pontífice polaco vino a concluir que sin hombres libres no hay sociedades justas.
A esta certeza de Wojtyla —no hay justicia sin libertad—, Benedicto XVI añadió otra: no hay libertad sin verdad. Los ocho años de pontificado de Ratzinger vinieron a evidenciar, con sus escritos e intervenciones, que la libertad humana se fundamenta en la búsqueda de la verdad. En un mundo que abría sus puertas a un nuevo siglo, atravesado por desafíos de la modernidad como el diálogo interreligioso, la decadencia de las familias o la pérdida de los valores cristianos en los países occidentales, el Papa Benedicto XVI entendió que esta «hermenéutica» pasaba por un recordatorio insistente de la verdad, que nos hace libres.
Ratzinger se convirtió, quizás sin quererlo, en un hombre de su tiempo, en un pontífice de la Modernidad, sencillamente porque supo dar respuesta precisa a los desafíos del mundo que le rodeaba. El teólogo alemán tomó el pulso y las necesidades a una Iglesia esparcida por los confines del mundo pero, muchas veces, amnésica y olvidadiza respecto de sus raíces. El desafío moderno no pasaba por adoptar una actitud ideológica, como el resto de actores que le rodeaban, sino, precisamente, en marcar una distancia respecto de cualquier posicionamiento político y, por ello, fragmentario. Benedicto susurró al mundo un mensaje universal: no hay libertad sin verdad.
Desde el continente americano, en 2013 el Papa Francisco recogió el testigo de sus antecesores —no hay justicia sin libertad; y no hay libertad sin verdad— para concluir, con su acento característico, que no hay verdad sin caridad. El pontífice argentino exprimió sus doce años al frente de la Iglesia expresando de alguna forma que la verdad no se impone sino que se propone con amor: «Decir la verdad no es fácil. Pero si no puedes decirla con caridad, con amor, con el corazón, entonces es mejor callar. La verdad no es una piedra que se lanza contra el otro; es un don que se ofrece».
Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, por tanto, han sido testigos de este don que se ofrece. Con su vida y con sus palabras, con su magisterio creativo y la continuidad fiel de la sucesión apostólica, los tres pontífices han demostrado ser hombres de su tiempo, vivir en un mundo por el que profesaron un amor concreto y verdadero, y la importancia de dar respuesta adecuada a los desafíos de sus días. Libertad, verdad y caridad quedan hoy como el testamento espiritual de estos tres hombres que abrieron a la Iglesia Católica a la novedad de nuestro siglo y presentaron a nuestro siglo, a su vez, la actualidad de su mensaje milenario.


