¿Vivimos tiempos decadentes?

Las culturas rectifican a veces y producen generaciones más exigentes después de otras complacientes

|

Todas las generaciones sospechan en algún momento que les ha tocado asistir al fin del mundo y casi todas se equivocan. Los romanos lamentaban la corrupción de las costumbres, los moralistas medievales daban por perdida a la juventud, nuestros abuelos estaban convencidos de que determinadas canciones acabarían con la civilización y nosotros disponemos además de Twitter para certificar el apocalipsis varias veces antes de la hora del vermú. Conviene por eso aproximarse con cierta cautela a una palabra tan aparatosa como «decadencia». Que algo nos disguste no significa que esté decayendo y que las costumbres cambien tampoco demuestra que empeoren. No obstante, que la precaución intelectual no nos haga menos rigurosos. Una sociedad decae cuando conserva durante algún tiempo los frutos de unas virtudes que progresivamente deja de practicar. Todavía disfruta de libertad, seguridad, prosperidad, confianza y convivencia, mientras pierde los hábitos humanos que hicieron posibles esas cosas.

Gómez Dávila escribió uno de sus escolios más certeros cuando afirmó que «la civilización se derrumba cuando su éxito insinúa que sobran las virtudes que la afianzan». Ahí está el quid de nuestro asunto. Hemos nacido en sociedades que recibieron una formidable herencia material y moral y tendemos a considerar sus beneficios parte del paisaje. Olvidamos que detrás de lo que disfrutamos y amamos hasta sin darnos cuenta hay millones de actos de autodominio, honestidad, responsabilidad, cortesía y cumplimiento de la palabra que, si desaparecen en cierta proporción, nos dejarán sin nada. Cuando este tejido se debilita, el Estado intenta sustituirlo multiplicando normas y protocolos; es el inicio del fin. Gómez Dávila observó también que «las sociedades moribundas acumulan leyes como los moribundos remedios».

Uno de los signos más visibles de ese desgaste es la expansión del yo. Alexis de Tocqueville advirtió hace casi dos siglos que el individualismo podía encerrar al hombre «en la soledad de su propio corazón». Cuando el individuo va retirándose de los vínculos y obligaciones comunes hasta construir un pequeño universo en el que sus sentimientos y preferencias adquieren una importancia desmesurada, la comunidad empieza a desmoronarse. Nuestra época ha perfeccionado aquel mecanismo.

La autonomía es una conquista civilizatoria; su perversión comienza cuando ya no la entendemos como la capacidad de gobernarnos y empezamos a concebirla como el derecho a que nada ni nadie nos contraríe. La libertad deja entonces de servir para hacernos responsables de nuestra vida y se convierte en una coartada para desentendernos de la de los demás. La pregunta fundamental ya no parece ser qué debo hacer con mi vida, qué debo a los otros o qué merece ser preservado, sino quién soy, qué siento, qué me representa y si el mundo valida adecuadamente todas esas cosas. Hasta el consumo ha dejado de vender principalmente objetos para ofrecernos identidades. Un café, unas zapatillas, un destino turístico, una dieta o el teléfono que llevamos sirven ahora para explicar quiénes somos. Es prodigioso el esfuerzo que dedicamos a singularizarnos para terminar todos fotografiándonos delante del mismo restaurante.

De ahí procede también esta infantilización: queremos ser soberanos y estar protegidos de las consecuencias de ejercer la soberanía. Ortega reconoció en el niño mimado uno de los modelos del hombre-masa: alguien acostumbrado a recibirlo todo y a no deber nada. La civilización produce así la criatura que puede acabar destruyéndola, un beneficiario convencido de que sus privilegios son derechos naturales y sus obligaciones, intolerables abusos. La vida adulta, sin embargo, siempre ha consistido en descubrir que el mundo contiene límites, pérdidas, obligaciones y personas que tienen la grosera costumbre de no compartir nuestras preferencias. Madurar requiere aprender a soportar una porción razonable de frustración sin convertirla inmediatamente en una injusticia; es hacerse cargo de un pedazo del mundo. Hoy proliferan discursos que transforman cualquier malestar en agravio y todo deseo insatisfecho en un derecho pendiente de reconocimiento. Se exige libertad absoluta para decidir y, cinco minutos después, se reclama que alguien nos preserve de los resultados de la decisión, como el niño que se fuga de casa y pregunta antes de irse qué hay para cenar.

A esta infantilización se añade el emotivismo, una de las grandes confusiones morales contemporáneas. Para muchos, sentir intensamente equivale a tener razón y estar «en el lado correcto de la historia». Las emociones son fundamentales para una vida humana digna; una persona incapaz de compasión sería moralmente monstruosa. Pero sentir compasión no determina qué política es justa, del mismo modo que indignarse no demuestra que uno tenga razón. Hemos confundido con frecuencia la temperatura de nuestras convicciones con su calidad. De ahí la extraordinaria importancia que ha adquirido parecer una buena persona frente a la vieja y ardua tarea de intentar serlo. Las redes ofrecen además la tecnología perfecta para esta sustitución maliciosa. Uno puede comunicar instantáneamente indignación, solidaridad, empatía y compromiso ante una audiencia potencialmente gigantesca. El coste moral es ínfimo y la recompensa social puede ser inmediata. Sydney Lumet vio algo parecido en Network hace medio siglo. Howard Beale pide a millones de espectadores que griten desde sus ventanas que están «más que hartos». La escena parece una rebelión colectiva hasta que la propia televisión convierte la rebelión en otro producto de audiencia. Hasta la indignación puede industrializarse: esa es la genialidad de la película y probablemente nuestra desgracia.

El fenómeno afecta también a nuestra manera de discrepar. Una sociedad adulta necesita ciudadanos capaces de convivir con personas cuyas ideas consideran equivocadas, incluso desagradables. Nosotros parecemos encaminarnos hacia el polo opuesto: cada diferencia política o moral adquiere una dimensión identitaria, porque si mis ideas forman parte esencial de quien soy, cuestionarlas equivale a cuestionarme. De ahí que conceder un argumento al adversario empiece a parecer una traición y escuchar sea para tantos nada menos que «blanquear» —ese estomagante verbo—. El resultado es una conversación pública llena de personas convencidas de que su principal obligación intelectual consiste en demostrar la estupidez o maldad del otro. La consecuencia tiene poco misterio. Nos informamos cada vez más a través de comunidades que confirman lo que ya pensamos y nos sirven regularmente una versión particularmente imbécil de la posición contraria. La tecnología ha conseguido además que podamos hacerlo acompañados por miles de personas que piensan exactamente como nosotros; esta es la manera específicamente posmoderna de estar solo.

Hay otro indicio que afecta a quienes deberían ofrecer resistencia a estas tendencias. Las élites culturales, políticas, académicas y mediáticas han ido renunciando progresivamente a su función elevadora. Toda sociedad necesita personas e instituciones capaces de distinguir entre lo excelente y lo mediocre, entre lo verdadero y lo popular, entre aquello que halaga y aquello que nos hace mejores. Esa tarea siempre ha resultado antipática, pues quien establece exigencias acaba siendo acusado de elitista. El problema llega cuando las élites aceptan el chantaje y deciden competir por la atención rebajando el nivel.

No es que antes faltaran los mediocres en las alturas, sino que ahora hemos perfeccionado los mecanismos para encumbrarlos. La atención se ha convertido en el principal criterio de selección y recompensa: importa menos tener algo valioso que decir que conseguir que muchos lo escuchen, aunque sea una estupidez. Y cuando la notoriedad sustituye al mérito, hasta los mejores descubren que les conviene comportarse como los peores. El político habla como un tertuliano, el tertuliano como un hincha, el profesor teme exigir, etcétera: esa es la pendiente resbaladiza de la decadencia. La excelencia, que debería provocar admiración y deseo de emulación, despierta entonces sospecha. Y, arrasada la admiración, no quedan espejos en los que mirarnos para ser mejores. Nuestra era es la de los influencers y la de la ausencia de referentes.

Todavía queda un síntoma más profundo, del que en buena medida proceden los anteriores. Hemos perdido confianza en la existencia de bienes que merezcan una adhesión que vaya más allá del gusto. Si todo valor se reduce en último término a preferencias subjetivas, resulta difícil explicar por qué alguien debería renunciar a un deseo, sacrificarse por una persona, mantener una promesa inconveniente o entregar algo importante a quienes todavía no han nacido. Quedan, naturalmente, los afectos, el entretenimiento, el bienestar y el consumo, perfectamente legítimos salvo cuando pretendemos encontrar en ellos el sentido de nuestras vidas. Ahí aparece el nihilismo contemporáneo, menos parecido a un señor ruso de novela que niega a Dios entre tragos de vodka y más a alguien que tiene Netflix, Glovo, gimnasio, vacaciones en Bali y una vaga sospecha el domingo por la tarde —acallada con benzodiazepinas— de que alberga un agujero negro. Alasdair MacIntyre terminó Tras la virtud preguntándose cómo podrían preservarse comunidades capaces de sostener la vida moral durante unos nuevos tiempos oscuros. Su famosa conclusión esperaba «otro san Benito», y aclaraba que los bárbaros llevaban ya algún tiempo gobernándonos.

No hace falta imaginar a los bárbaros llamando a las puertas de Roma: basta contemplar los episodios de violencia urbana en ciudades francesas como Limoges, Nantes o París, donde el vandalismo, las agresiones y el desprecio por las normas de convivencia muestran hasta qué punto puede deteriorarse el tejido civilizatorio. La barbarie irrumpe cuando suficientes personas dejan de reconocer que merecen ser obedecidas. Hoy tenemos a actores, activistas y miembros destacados de la izquierda jaleando esta «revolución» como un nuevo amanecer, nada menos.

¿Significa todo esto que Occidente está condenado, que nuestros hijos vivirán entre las ruinas y que conviene aprender a criar gallinas antes del jueves? No se trata de eso. La historia rara vez ofrece panoramas tan netos. En nuestra sociedad permanecen enormes reservas de decencia, sacrificio, inteligencia, creación, afecto y coraje; basta acercarse a una familia que cuida a un enfermo o a cualquiera de los miles de lugares donde personas anónimas sostienen cada día cosas importantes sin convertirlas en contenido. La decadencia tampoco es una ley física. Las culturas rectifican a veces y producen generaciones más exigentes después de otras complacientes. Lo que nos exige el diagnóstico de decadencia es que aumentemos nuestro grado de responsabilidad. Cuando sirve para justificar el cinismo o la nostalgia, deja de ser una advertencia y pasa a formar parte del problema.

De modo que sí, creo que existen buenas razones para hablar de decadencia. Pero una época decadente sigue estando formada por personas y, por tanto, permanece abierta a la posibilidad de reforma. Esta es quizá la diferencia entre el pesimista y el conservador en el sentido más noble de la palabra. El primero mira el deterioro y concluye que nada puede hacerse. El segundo comprende que algunas cosas merecen ser conservadas, aunque la moda, las estadísticas y el algoritmo apunten a otro sitio. Dante terminó su descenso a los infiernos con uno de los versos más hermosos de la literatura: «E quindi uscimmo a riveder le stelle». Las estrellas están siempre en su sitio y siempre hay corazones valientes que las contemplan y actúan en consecuencia.