Ciertas películas, de aspecto ligero, esconden valiosas cargas de profundidad. Frente a otras más rotundas e incluso pretenciosas en sus aspiraciones filosóficas, hay películas especiales que, sin ser geniales, delinean grandes proyectos humanos. Es el caso de Atrapado en el tiempo, que Bill Murray convirtió en película de culto. Bajo la apariencia de una comedia fantástica sobre un meteorólogo condenado a revivir indefinidamente el mismo día, Murray interpreta uno de los retratos más precisos que se han rodado sobre el proceso de madurar, que está en el centro del desarrollo moral de todo individuo.
Phil Connors llega a Punxsutawney convencido de que el problema siempre son los demás. El pueblo le parece vulgar, sus habitantes, ridículos, y el reportaje que debe cubrir —la predicción meteorológica que, como cada año, propicia una marmota— una pérdida de tiempo impropia de alguien con su talento. Es un profesional competente, pero no ama su profesión; la utiliza como un vehículo para su narcisismo irredento. Tampoco es que le interesen realmente las personas, que sólo existen en la medida en que le sean de ayuda para la consecución de sus particulares objetivos. Phil Connors es, hablando en plata, un auténtico capullo. Pese a los treinta y tres años transcurridos desde su estreno, el personaje más que meramente reconocible, nos resulta inquietantemente cercano: nuestra época produce muchos como él, individuos competentes, informados, brillantes incluso, pero encerrados en el zulo de su propio yo, para desgracia de quienes han de tratarlos.
Phil pasa el dos de febrero significándose como lo que es —un cretino con ínfulas— y procede a acostarse. A la mañana siguiente, descubre que sigue siendo dos de febrero. Suena I Got You Babe —el temazo de Sonny & Cher— en el radiodespertador, el locutor pronuncia exactamente las mismas palabras que había oído el día que para él fue ayer, el camarero le sirve el mismo café y el pesado examigo con el que se topa vuelve a dirigirse a él con idéntica alegría. «¡Curioso!», se dice, sólo para descubrir, al despertar al día siguiente, que no importa lo que haga, porque siempre despierta en el mismo sitio y en el mismo momento, esas fatídicas seis de la mañana del segundo día del segundo mes del mismo año.
Nuestro protagonista reacciona como reacciona cualquier adolescente al que le entregaran las llaves del universo. Primero intenta huir; se niega a someterse a su designio. Fracasada esta vía, se zambulle en el hedonismo. Su carpe diem es el sueño húmedo de un niñato; cuando comprende que nada tiene consecuencias, roba el dinero de un furgón blindado, conduce borracho mientras la policía lo persigue, devora cantidades obscenas de comida porque sabe que al día siguiente recuperará el peso añadido y convierte a Rita, su compañera de trabajo, en una empresa de conquista. Aprende en sus días repetidos qué bebida le gusta, qué carrera estudió, qué música escucha y qué clase de hombres prefiere y utiliza toda esa información para fabricar una versión de sí mismo capaz de seducirla. No quiere conocerla, sino doblegarla, aunque el resultado es siempre el mismo: ser cazado en su aviesa intención y recibir una bofetada. Como Rita sí ha madurado y es seguro —tratándose de alguien con el aspecto de Andie McDowell— que es capaz de detectar la inmadurez de tipos como Phil, la manipulación fracasa. Para sorpresa de nadie, a Rita no le hace gracia que la traten como a un objeto de consumo. Para los inmaduros, las relaciones se miden por lo que producen; el narcisismo y el maquiavelismo se llevan de maravilla.
Cuando todo este entretenimiento deja de llenar el vacío, llega la desesperación. Phil se electrocuta con una tostadora, salta desde un campanario, conduce un coche por un precipicio con la marmota en el asiento del copiloto. Ningún suicidio sirve de nada; a la mañana siguiente vuelve a abrir los ojos en la misma cama. Hay vidas enteras dedicadas a escapar de sí mismas mediante mudanzas, divorcios, ascensos, compras o viajes. Cambia el paisaje, pero el protagonista sigue siendo el mismo. El resultado suele parecerse bastante al de Phil: una sucesión de tediosas repeticiones.
Entonces la película cambia de dirección. No porque aparezca un sabio que le revele el sentido de la existencia ni porque una iluminación repentina transforme su carácter; sencillamente, deja de golpear el muro de la realidad. Acepta que el día será el mismo y empieza a preguntarse qué puede hacer con él. Phil aprende a tocar el piano hasta hacerlo con verdadera maestría. Estudia francés. Aprende a esculpir el hielo. Podría limitarse a matar el tiempo, pero decide aprovecharlo para convertirse en alguien más capaz para los demás y en definitiva mejor. Consecuentemente, cambia su relación con los otros. Ya no atraviesa el pueblo sin verlo; lo reconoce como su polis. Sabe cuándo un niño va a caer de un árbol y está allí para recogerlo. Espera el momento exacto en que un camarero perderá el equilibrio y evita que toda la vajilla acabe hecha trizas. Practica la maniobra de Heimlich a un hombre que se atraganta durante una cena. Ayuda a unas ancianas con una rueda pinchada. Ninguna de esas acciones es extraordinaria, pero precisamente por eso resultan importantes. La sociedad se sostiene gracias a millones de gestos que jamás abrirán los telediarios. Ser ciudadano tiene mucho menos que ver con exhibir opiniones que con mejorar nuestra comunidad con nuestros actos.
Hay una escena especialmente reveladora que añade otra etapa a este proceso. Un anciano sin hogar muere cada noche. Phil intenta impedirlo de todas las maneras posibles: le compra comida caliente, lo lleva al hospital, busca médicos: siempre fracasa. El viejo fallece una y otra vez. Es una lección incómoda para una época acostumbrada a pensar que cualquier límite constituye una injusticia. Madurar implica aceptar que no todo depende de nosotros, que existen derrotas inevitables, pérdidas irreparables y sufrimientos que sólo admiten un sagrado acompañamiento. El adulto deja de exigir a la realidad que obedezca a sus deseos; ahí no hay derrotismo, sino sabiduría. «Hay que luchar hasta el final», asegura Gustave Thibon —En defensa de lo evidente—, «y los dos grandes pecados contra el espíritu son la presunción, que nos lleva a creer en la posibilidad de la victoria definitiva en este mundo, y la desesperación, que nos lleva a deponer cobardemente las armas antes de que suene la hora de nuestro eterno descanso». De esto trata también esta cinta de intrascendente aspecto.
Sólo cuando ha aprendido todo eso está Phil preparado para el amor. Ha dejado de intentar conquistar a Rita: vive, trabaja, ayuda y aprende. Es Rita quien descubre, escuchando hablar de él a los vecinos del pueblo, la clase de persona en que se ha convertido Phil. Uno recuerda que lo ayudó; otro cuenta que le salvó la vida; otro menciona un gesto de generosidad incalculable. Ella lo conoce a él por el bien que deja a su paso. Y concluye que es alguien a quien podría, con todo su corazón, amar.
Justo ahí llega el tres de febrero. El hechizo nunca fue temporal, sino moral; Phil no estaba atrapado en un día, sino en su yerma adolescencia. La película resulta hoy más actual que cuando se estrenó. Llevamos décadas en el estúpido proyecto de hacer de la vida una juventud infinita. Con esos mimbres no puede fundarse una sociedad sana. Una sociedad madura necesita personas que amen su oficio, levanten hogares, participen en la vida común, desconfíen del poder en todo momento y cultiven una vida interior suficiente para no convertirse en juguetes del mercado ni de la propaganda. Nada de eso surge espontáneamente; exige disciplina y compromiso. Sólo así llega uno al tres de febrero.
No es difícil detectar los poderosos intereses que se despliegan para que no maduremos. El consumidor ideal nunca termina de crecer. Vive pendiente de la próxima compra, de la siguiente experiencia. Al poder sin escrúpulos nada le gusta más que pastorear personas inmaduras. Resulta mucho más manejable quien espera soluciones mágicas y biensonantes que quien ha aprendido a resolver problemas y está dispuesto a fiscalizar a sus mandatarios; quien exige continuamente derechos que quien también se sabe deudor de obligaciones; quien necesita que le indiquen qué pensar que quien ha construido una interioridad capaz de resistir a consignas y modas. Justo por eso madurar es un acto de resistencia política.
Decía David Bowie que envejecer es un proceso extraordinario mediante el cual te conviertes en la persona que siempre debiste haber sido. Lo cierto es que envejecer es sólo cumplir años —un proceso que, por lo demás, termina mal—; ese proceso al que Bowie alude se llama madurar. Si los confunde es porque él sí construyó un fuerte carácter, es decir, sí maduró. Pero hay mucha gente que no lo consigue. Hay incluso gente que experimenta regresiones. El mensaje de Atrapado en el tiempo es que la libertad comprende bastante más que hacer lo que a uno le apetece. Un adulto acepta que la vida le reclama una serie de tareas y les da respuesta. Sólo cuando uno se encarga de un pedazo del mundo, lo cuida, lo protege y acrecienta esa hacienda, puede dejar de repetir el calendario. Todos cumplimos años, pero no atesoramos la misma experiencia: hay gente que no tiene más que un año repetido. El camino a la riqueza sustancial no pasa por la variedad, cumplir sueños o particulares objetivos; pasa por contribuir con el pecho hinchado a un proyecto de sentido —bien, verdad, amor y belleza— que, aunque protagonicemos, es mucho más grande que nosotros.



