Tenemos un gobierno de emociones, de sentimientos. Hace unos meses nos pidieron h-odiar menos. Nos lo ponen difícil, como analicé en estas páginas. Ahora siguen en su senda de emotivismo artificial y el señor presidente del gobierno se ha ido a un programa tan serio como El Intermedio a pedir paciencia y empatía hacia los ceutíes. Nos pide que nos identifiquemos con los ceutíes, que compartamos su situación, aunque sea figuradamente. Y, aunque sólo sea por esta vez, estoy de acuerdo.
Voy a ello.
Mediados de septiembre. Ha pasado mes y medio desde que 80.000 personas entraron por la frontera con Marruecos. Nos han invadido. Estamos invadidos aún.
Aún es de noche, pero me asomo a la ventana porque oigo ruidos, más fuertes que los habituales de las últimas semanas. Veo pasar una turba de hombres jóvenes, corriendo, atropellándose unos a otros, llevados por la Policía Nacional. Deben ser de los que estaban en la playa del Trampolín. Los llevan al asentamiento del puerto. Pienso que ésa es la única salida que tiene Ceuta hacia la Península y, claro, me preocupo.
Me voy al cuarto de los niños. Tengo que despertarles para ir al colegio. Al comenzar el curso, no quería que fueran, pero después de un verano sin playa, sin parques, sin apenas paseos por la calle, encerrados en casa, me suplicaron ir a clase con sus amigos. Cedí, pero no los dejo ir solos, aunque ya tienen edad y lo hacían el curso pasado.
Hoy llegaremos tarde. La turba no ha terminado de pasar y sé que no es ni un pequeño porcentaje de los que están sueltos por la ciudad. Debo tener miedo «subjetivo» de ese del que habla el ministro. Pero el caso es que tengo miedo.
Cuando vuelve nuestra nueva normalidad, esa calma tensa a la que, por lo visto, nos tenemos que acostumbrar, salimos a la calle. Pasamos delante de una playa en la que sigue habiendo miles de invasores. Todo está sucio: el agua, la arena, la calle… y a las callejuelas ni me asomo.
Los acompaño hasta la puerta del colegio. Allí está el conserje, con una señora de una empresa de seguridad privada. El patio está destrozado, sucio y no se puede utilizar. Los invasores llevan semanas destrozándolo a su antojo. Duermen allí, algunos se drogan y compran y venden de todo, armas blancas incluidas. De todas maneras, la mayoría de padres hemos pedido que en los recreos los niños se queden dentro del recinto escolar. No nos fiamos de lo que pueda pasar.
Los dejo y me voy con el corazón encogido.
Voy a la Delegación del Gobierno, donde trabajo. Nos han pedido reforzar a los de extranjería, que están desbordados —ya lo estaban antes—. Resulta que a los invasores no podemos expulsarlos si no es tramitando un procedimiento administrativo: acuerdo de inicio, plazo de alegaciones, propuesta, resolución, plazo para recurrir en vía administrativa, plazo para recurrir en vía judicial… y todo eso reconociendo a cada invasor el derecho a un intérprete y a un abogado de oficio. Es absurdo. ¿Cómo aplicar unas garantías ordinarias a una situación extraordinaria? El Estado de Derecho será la tumba del Estado de Derecho.
Me llama mi marido. No puede abrir su negocio. Está delante del puerto y todo permanece tomado por la Policía para organizar el nuevo asentamiento. Otro día cerrado. No es el primero. Y lo empezamos a notar.
Hablo entonces con mi hermana. Trabaja en el juzgado y hoy está de guardia. Vuelven a entrar varias denuncias por agresiones sexuales. De éstas no hablará la ministra de Igualdad, porque los presuntos agresores son invasores, no ceutíes.
Llega la tarde.
Hoy hay manifestación. Otra vez. Iremos, por supuesto. Es nuestra tierra, somos españoles y nos han abandonado. Pero nos van a escuchar. Y no van a dejar de escucharnos. Aun así, me canso, me desespero.
Volvemos a casa. Una noche más, a través de las ventanas semiabiertas de mi cuarto, escucho gritos: hay reyertas, se pelean constantemente. Por no hablar de otros chillidos, esos de mujer, que hemos escuchado otras noches. Llamo, una vez más, al 112. Están desbordados, ellos también. ¡Pero si les tienen que llamar hasta los militares! No les dejan patrullar armados, ni son agentes de la autoridad, los invasores les tienden emboscadas… se ríen de todos nosotros. Saben que el gobierno ha rendido la ciudad.
Me vuelve esa sensación de estar vendida, de tener un gobierno que ha abandonado una parte esencial de España, que quiere que nos hartemos y nos marchemos de aquí.
Pero, ay, señor Presidente, soy una mujer ceutí. Guardo en mí virtudes que parecían olvidadas, aunque no lo estaban del todo. Me viene entonces la hermosa letra de nuestro himno.
Yo te canto, Ceuta amada.
Canto tu sol, tu alegría.
Canto tu gloriosa historia.
Canto, en ti, la Patria mía.
Y el grito de ¡Viva Ceuta!
suena en mi alma
cual eco fuerte
de un ¡Viva España!



