Si las relaciones cotizaran, España habría cambiado de modelo económico. Nunca habíamos tenido tantos contactos, tantas formas de comunicarnos y tanta facilidad para conocer gente. Y, sin embargo, no está tan claro que todo eso nos haya hecho más ricos.
En sociología existe un término para esa riqueza que no aparece en ninguna cuenta bancaria: capital social. Habla del valor de nuestras relaciones, de la confianza que construimos y de las redes a las que podemos recurrir cuando necesitamos algo.
Yo prefiero imaginarlo de una forma menos académica: como una pequeña cuenta corriente que abrimos con cada persona que entra en nuestra vida. Una especie de hucha compartida que vamos llenando casi sin darnos cuenta. Depositamos tiempo, atención, favores, contactos, escucha o preocupación. A veces basta con acordarse de preguntar cómo salió aquello que nos contaron hace una semana. Y también hacemos retiradas: un consejo, una llamada, una recomendación, compañía o ese «¿conoces a alguien que…?» que probablemente sea una de las operaciones financieras más antiguas de España.
Lo curioso es que esas huchas rara vez se llenan y se vacían con la misma moneda. Nuestros abuelos quizá tenían menos liquidez, pero acumulaban bastante patrimonio de este tipo. El vecino guardaba unas llaves. La señora de enfrente recogía al niño. El primo conocía a alguien. En el bar sabían qué ibas a pedir antes de sentarte. Y aquel «dile que vas de mi parte» funcionaba como una línea de crédito basada exclusivamente en la confianza. Se ingresaba poco a poco y se retiraba cuando hacía falta. La confianza hacía de aval. Por supuesto, aquel sistema también tenía comisiones. La misma vecina que te dejaba azúcar sabía a qué hora habías vuelto a casa. Había menos intimidad, menos independencia y demasiadas auditorías que nadie había solicitado.
Así que modernizamos el modelo. Nos fuimos de los pueblos y de los barrios, cambiamos de ciudad, aprendimos a vivir solos y dejamos de llamar a la puerta sin avisar. Ganamos autonomía, privacidad y la posibilidad de elegir mucho más quién entra y quién sale de nuestra vida. Y, curiosamente, empezamos a hablar de las relaciones en términos cada vez más económicos. Invertir tiempo. Rodearnos de gente que sume. Alejarnos de quien resta. No gastar energía. Dejar atrás a quien «no nos aporta».
Nos hemos vuelto mejores calculando la rentabilidad de los demás. Quizá no tanto preguntándonos qué estamos depositando nosotros. Porque el capital social también necesita inversión. Acordarse de preguntar cómo salió aquella entrevista. Perder una tarde ayudando a alguien. Presentar a dos personas que podrían necesitarse. Escuchar una historia que ya conoces. Aparecer cuando no existe ningún beneficio inmediato. Y no siempre recibiremos en la misma moneda.
Puede que yo te abra una puerta profesional y tú jamás puedas abrirme una a mí. Pero quizá seas la persona a la que llamo cuando mi vida sentimental se incendia. Uno aporta contactos; otro, criterio; otro, tiempo. Y hay personas que no solucionan absolutamente nada, pero saben quedarse mientras se soluciona. Eso también es rentabilidad.
Quizá la España de antes entendía algo que nosotros estamos empezando a olvidar: necesitar a los demás no siempre es una deuda. A veces era precisamente lo que mantenía el capital en circulación. No creo que antes viviéramos mejor. Probablemente vivimos más libres. Pero la libertad también puede tener costes de mantenimiento.
Basta comparar las fotografías. En las antiguas, entre hermanos, primos y abuelos, a veces aparecía una vecina que nadie necesitaba aclarar por qué estaba allí. En verano, las sillas salían a la puerta y las conversaciones también. Los hijos de los vecinos crecían casi como primos y había casas ajenas en las que se entraba con la naturalidad de quien entra en la propia.
Hoy conocemos menos a quien vive al otro lado de la pared, pero en redes sociales sabemos dónde está de vacaciones, qué está cenando o qué canción escucha alguien a quien no vemos desde hace diez años. Nunca tuvimos tanta información sobre los demás ni tan poca vida en común. La red se hizo más grande. La distancia, curiosamente, también.
Tenemos cientos de contactos almacenados en el teléfono, sabemos poner límites y hemos aprendido a no necesitar a nadie como demostración de autonomía. Hemos reducido dependencias, obligaciones y vínculos que no «compensan». Hemos saneado las cuentas, recortado gastos y eliminado todo lo que parecía poco rentable.
Una gestión impecable. Sobre el papel, las cuentas cuadran. Lástima que hayamos olvidado que el patrimonio siempre fueron las personas.


