Valerio Tuveri, «el chico que limpia Roma»

Ha borrado dos veces en quince días la misma pintada de Villa Sciarra y ocho kilómetros de muros del Tíber antes del Jubileo

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El 27 de julio, un joven de veintiocho años se plantó frente al muro perimetral de Villa Sciarra con un mono blanco, cascos de protección auditiva y mascarilla de trabajo, y dirigió un chorro de arena a presión contra la piedra. El muro acababa de ser restaurado. Sobre él, en letras de gran tamaño, alguien había pintado las siglas de una consigna anti-policial inglesa. Valerio Tuveri había limpiado exactamente el mismo tramo quince días antes.

La escena excede el interés vecinal. El trabajo hecho dos veces en quince días sobre el muro de ese jardín público, entre Monteverde y el Trastevere turístico, no lo pagó el Ayuntamiento de Roma: lo hizo gratis un particular, en acuerdo con el municipio y con material de la empresa privada que lo emplea. Roma tiene servicio de limpieza. Lo que no tiene es capacidad para llegar, y ha encontrado quien llegue por ella.

El chico que limpia Roma

Tuveri trabaja para una compañía especializada en la limpieza y restauración de monumentos, estatuas y fuentes. Desde el verano de 2024 documenta sus intervenciones voluntarias en Instagram y TikTok bajo el nombre de mr.tuvs, conocido como «el chico que limpia Roma», con unos ochenta mil seguidores en la primera plataforma y setenta mil en la segunda.

Su obra mayor la cifra él mismo en ocho kilómetros: los muros de contención del Tíber, limpiados antes del Jubileo de 2025. Es la distancia que un solo hombre cubrió por su cuenta mientras la administración competente atendía otras urgencias. El método se ha imitado en Brescia, en Brasil y en España, y ahí sitúa su mayor satisfacción. Describe además un cambio entre los vecinos, tan acostumbrados a las pintadas que las trataban como paisaje hasta ver lo que había debajo.

Cuatrocientos kilómetros de distancia

La pintada no es un accidente estético. Tuveri la atribuye a activistas antifascistas del barrio, movilizados por la muerte de Abderrahim Fakir, un marroquí de cuarenta y dos años residente en Italia desde los siete, fallecido el 19 de julio mientras la policía lo inmovilizaba en Bolonia. El caso es hoy el punto de fricción del debate italiano sobre policía e inmigración; la fiscalía ha inscrito seis nombres en su registro preliminar —dos agentes y cuatro sanitarios— por homicidio involuntario, sin imputación formal.

Lo relevante para Roma es geográfico. Bolonia está a casi cuatrocientos kilómetros, y el muro pertenece a un distrito sin relación con el caso más allá de la propia consigna. Lo que viajó no fue la indignación de un barrio por lo ocurrido en su calle, sino unas siglas disponibles para cualquier superficie.

Lo que el municipio reconoce

Stefano Marin, concejal de policía local y relaciones con los ciudadanos en el Municipio I de Roma, elogió el trabajo de Tuveri y fijó a continuación su límite con una precisión poco frecuente en un cargo público: «El voluntariado no puede ni debe sustituir de forma permanente las responsabilidades de las instituciones». Roma, explicó, afronta a diario miles de trabajos de mantenimiento con recursos limitados frente a la extensión de su territorio y la frecuencia del vandalismo. Propone cámaras en las zonas más castigadas y un crédito fiscal nacional que compense a quienes restauren el espacio urbano.

La propuesta define la aritmética con exactitud. La ciudad admite que no alcanza, agradece que otros alcancen por ella y estudia devolverles parte de lo gastado. Es el movimiento que se observa cuando las instituciones europeas diagnostican una escasez de vivienda que su propia maquinaria alimenta: conserva la competencia, pierde la capacidad y traslada el coste. Que quien diseña esa arquitectura no responda de sus resultados es la dificultad de fondo de toda gestión burocrática.

De fondo, un país que discute el alcance del orden público. El Gobierno de Giorgia Meloni aprobó en febrero un paquete de seguridad tras la marcha de Turín del 31 de enero, que dejó ciento ocho agentes heridos según ANSA. La policía municipal romana denunció a más de cincuenta personas entre enero y principios de julio por daños en edificios.

Una ciudad que ya es arte

Emilia Del Monte, guía turística de veintiséis años del barrio, niega a las pintadas cualquier valor artístico y sostiene que muchos se amparan en un mensaje político donde no lo hay: «No tiene sentido artístico». Lamenta que el grafiti defina hoy al Trastevere.

Tuveri observa que la práctica ha empeorado y ya no distingue entre monumentos, viviendas, vehículos, trenes y persianas. Reclama concienciación, penas severas, multas cuantiosas y cámaras. Pero su veredicto sobre el fondo es más breve que cualquier programa de gobierno. La justificación clásica del grafiti sostiene que lleva arte a un lugar que carecía de él: «Pero si Roma ya es arte, no tiene sentido».

El diagnóstico es completo, y lo formula quien empuña la manguera. La pintada no añade nada porque a la ciudad no había que añadirle nada: se le exigía sólo que fuera conservada. Y la conservación, primera de las obligaciones públicas de cualquier civilización que se reconozca a sí misma, depende hoy en Roma de que un particular de veintiocho años tenga la tarde libre.