¿Y lo de la ‘reli’?

Para ciertas cosas verdaderamente importantes de la vida, seguir en proceso es una magnífica noticia

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Algunas preguntas no aparecen en ningún catecismo y, sin embargo, son capaces de examinar el alma entera. Mi amigo, sacerdote, confesor y consejero de tantas batallas cotidianas —al que llamaremos simplemente el Páter— tiene una de esas preguntas. No pregunta por los grandes proyectos apostólicos, ni por las lecturas espirituales, ni siquiera por las virtudes heroicas. Él simplifica todo con una expresión que parece salida del patio de un colegio: «Oye, ¿y qué tal va lo de la reli

Lo dice así, con una naturalidad desarmante. Con ese tono ligeramente infantil que convierte la religión en algo cercano, doméstico, familiar. No habla de la vida espiritual, ni de la unión con Dios, ni de la oración mental. Habla de la reli. Y todos entendemos perfectamente a qué se refiere.

Hoy mi hermana me ha enviado las notas de final de curso de mi sobrina. Tiene tres años; bueno, casi cuatro. A esa edad uno todavía no sabe leer, ni atarse los cordones, ni distinguir bien los días de la semana, pero ya es capaz de llenar una casa de alegría y de hacer preguntas que dejan sin respuesta a cualquier adulto.

Entre las notas aparecía la asignatura de Religión. Todo perfecto. Confieso que me ha hecho una ilusión desproporcionada. De esas satisfacciones domésticas que rara vez salen de casa, a los vecinos, pero aquí está uno, contándola. Pero lo que más me ha llamado la atención no ha sido el resultado, sino la forma de evaluarlo. No había sobresalientes ni notables. Sólo dos posibilidades: una C, de «Conseguido», y una EP, de «En Proceso».

Y al verlo he pensado inmediatamente en el Páter. Y en su pregunta. Porque si hoy me interrogara sobre cómo va lo de la reli, sospecho que tendría que responder con toda sinceridad que sigo en EP. No suspendido, gracias a Dios. Pero tampoco conseguido.

En proceso de aprender a rezar mejor. En proceso de confiar más cuando las cosas no salen como me gustaría. En proceso de querer menos mi comodidad y un poco más a los demás. En proceso de ser más paciente, más alegre y más agradecido. En proceso de dejar de discutir con Dios cuando los planes cambian y de aceptar que, siempre, Él sabe bastante más que yo sobre mi propia vida.

Quizá una de las tentaciones más frecuentes del cristiano sea pensar que la santidad consiste en llegar a alguna parte aquí. Como si existiera un momento en el que uno pudiera sentarse, mirar hacia atrás y decir: «Ya está. Objetivo cumplido». Sin embargo, la experiencia enseña justo lo contrario. Cuanto más avanza una persona en su trato con Dios, más consciente es de todo lo que le queda por recorrer.

La fe se parece mucho más a esos cuadernos de infantil llenos de trazos torcidos que a una obra terminada. Se parece a los primeros intentos de escribir una letra correctamente, a los dibujos que apenas se sostienen sobre el papel y que, sin embargo, los padres contemplan con orgullo. Dios, que es Padre, parece tener mucha más paciencia con nuestros procesos que nosotros mismos.

Nosotros solemos fijarnos en lo que falta. Él parece alegrarse por lo que ya está creciendo. Nosotros contamos los errores. Él celebra cada vez que volvemos a empezar. Nosotros querríamos obtener cuanto antes la calificación definitiva. Él sigue trabajando con delicadeza en una obra que sabe inacabada.

Por eso me ha gustado tanto la nota de mi sobrina. Porque me ha recordado que la vida cristiana no consiste en exhibir una impecable colección de logros espirituales. Consiste más bien en permanecer disponibles para que Dios siga educándonos. En no cansarnos de recomenzar. En aceptar humildemente que todavía estamos aprendiendo.

Tal vez la santidad no sea otra cosa que permanecer muchos años en esa categoría aparentemente modesta de «en proceso». Seguir avanzando, aunque sea despacio. Seguir levantándose después de cada caída. Seguir confiando en que Dios terminará la tarea que comenzó.

Y así, cuando el Páter vuelva a preguntarme con esa sonrisa suya: «Oye, ¿y qué tal va lo de la reli?», creo que le responderé con toda tranquilidad: «Pues mire, Páter. Gracias a Dios, sigo en proceso».

Y para ciertas cosas verdaderamente importantes de la vida, seguir en proceso es una magnífica noticia.