Estimada Isabel:
Adoro leerla los domingos por la mañana, mientras desayuno tranquila; es uno de mis rituales favoritos de la semana. Me fascinan sus películas y esa sensibilidad tan única que tiene para capturar las luces y las sombras de la condición humana.
He leído con profunda atención su última columna en XL Semanal, A vueltas con la fe. En ella describe usted, con una honestidad desarmante, el asombro de ver a jóvenes de 20, 30 y 40 años regresando a los bancos de las iglesias. Su diagnóstico es impecable: la modernidad nos prometió un seguro a todo riesgo cuya letra pequeña es ilegible y cuyo servicio de atención al cliente jamás responde. Sin embargo, permítame matizar su intuición. Ese chico que entra al templo y no sabe qué hacer con las manos no busca un analgésico temporal ni un escondite frente al naufragio cultural; protagoniza, en realidad, una auténtica insurrección metafísica.
Las nuevas generaciones han sido las cobayas de un experimento feroz. Crecieron bajo el dogma del individualismo radical, las pantallas y el relativismo moral. El filósofo católico Augusto Del Noce advirtió que el ateísmo contemporáneo no nacería de un triunfo de la razón, sino de una violenta mercantilización de la existencia que despoja al hombre de su dimensión vertical. Al vaciar los cielos, el mercado prometió la salvación a través del consumo, el éxito laboral y la autogestión emocional. El resultado está a la vista de todos: una epidemia global de ansiedad, soledad existencial y un nihilismo tecnológico que asfixia el alma.
Ante este vacío, el capitalismo tardío reaccionó ofreciendo parches espirituales de usar y tirar: yoga, pilates y técnicas de mindfulness. Disciplinas diseñadas bajo el mandato moderno de «dejar la mente en blanco» y anestesiar el sistema nervioso para que el individuo siga siendo productivo en el engranaje. Sin embargo, este sincretismo oriental no es inocuo. Teólogos como el padre Javier Luzón o el célebre exorcista padre Gabriele Amorth han advertido con firmeza sobre los riesgos invisibles de estas corrientes, señalando que la apertura de la conciencia sin Dios puede dejar al ser humano expuesto a sutiles y peligrosas influencias de carácter ocultista. Frente a la receta de vaciar el espíritu para evadirse, la juventud católica ha decidido llenarlo de sentido absoluto.
Es aquí donde emerge, majestuoso y contracultural: el santo rosario. Mientras la meditación laica busca el aislamiento del yo, el rosario ofrece una misteriosa paradoja que la propia ciencia ha tenido que rendirse a estudiar. Investigaciones clínicas confirman que su rezo rítmico sincroniza la respiración a seis ciclos por minuto, reduciendo drásticamente el cortisol y estabilizando el ritmo cardíaco de forma equivalente a un ansiolítico médico. Pero el rosario no es un fármaco de farmacia de guardia. Su verdadera potencia radica en que, al terminar sus misterios, el alma no experimenta la fría distensión de un estiramiento físico, sino la alegría profunda, nítida y desbordante de la gracia divina. Por algo será.
Esta búsqueda de lo inmutable explica por qué los jóvenes rechazan hoy los sucedáneos buenistas y las liturgias aguadas. El cardenal Robert Sarah, en su obra La fuerza del silencio (2016), expone con precisión que «la auténtica búsqueda del silencio consiste en buscar a un Dios silencioso y en buscar la interioridad». El purpurado africano defiende que «diluir la enseñanza de la Iglesia no atraerá a los jóvenes», porque las nuevas generaciones no buscan una ONG con lenguaje inclusivo; buscan la Trascendencia. Ansían ponerse de rodillas ante el Misterio, sentir el peso de una tradición viva y la sacralidad de los ritos solemnes.
Para entender este regreso a la tradición, es ineludible acudir a Benedicto XVI. Como magistralmente dejó escrito en su encíclica Deus caritas est, «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida». Los jóvenes de hoy no vuelven a la Iglesia por cumplir un código de mandamientos pesados que ya conocen, sino porque están cansados de las abstracciones de la ingeniería social. Buscan un hecho histórico y vivo. El propio Joseph Ratzinger advirtió en sus escritos que cuando el cristianismo se reduce a mero moralismo o a una estructura pesada, deja de ser fuente de alegría; los jóvenes asisten hoy a los templos buscando recuperar ese núcleo del cristianismo que es un acontecimiento liberador. Como les dijo en Colonia: «Quien deja entrar a Cristo en la propia vida no pierde nada, absolutamente nada de lo que hace la vida libre, bella y grande».
Esta sed de autenticidad y trascendencia no es una teoría de sacristía; se ha palpado con una fuerza desbordante en las calles durante el reciente viaje apostólico del papa León XIV a España. Ha sido un acontecimiento que ha desbordado cualquier previsión sociológica, convirtiéndose en el reflejo exacto de esa juventud que ya no se conforma con sucedáneos. Ver la plaza de Cibeles y las avenidas de Madrid abarrotadas, no por una masa informe de consumo, sino por una marea viva de rostros limpios, alegres y comprometidos, ha sido un revulsivo para el alma de nuestra nación.
Lo verdaderamente hermoso de estos días ha sido la asombrosa sintonía intergeneracional. Allí se fundían el entusiasmo contagioso de chavales de veinte años con la emoción contenida de los mayores: abuelos que miraban con lágrimas en los ojos a sus nietos, reconociendo en ellos la misma antorcha de la fe que creían apagada en este siglo ventajista. En los testimonios a pie de calle no había consignas políticas ni el lenguaje artificial del marketing; se escuchaban palabras como «paz», «hogar» y «esperanza». Se respiraba la vivencia compartida de quien se descubre parte de una familia universal que camina en la misma dirección.
Las vigilias de oración en el viaje de León XIV han dejado imágenes que desarman cualquier cinismo contemporáneo: miles de personas en un silencio sepulcral, sobrecogedor, adorando al Santísimo bajo el cielo abierto. Esa es la respuesta real a la epidemia de soledad que nos asfixia. Los jóvenes y los no tan jóvenes no han ido a ver a una estrella del pop ni a un líder de opinión; han acudido al encuentro del sucesor de Pedro que les habla de la Verdad sin rebajas, confirmando que esa intuición que los lleva de vuelta a los bancos de las iglesias es el camino correcto.
Volver a la fe de nuestros abuelos no es un ejercicio de nostalgia estética ni un refugio de cobardes. Es redescubrir que la devoción de nuestros mayores no era ignorancia biempensante, sino una sabiduría milenaria capaz de sostener al ser humano en las madrugadas del duelo, la enfermedad y la incertidumbre económica. Esos jóvenes que usted observa, Isabel, no se arrodillan para esconderse del futuro. Se arrodillan ante el Sagrario porque han descubierto que sólo perdiendo la vida por Cristo se encuentra la verdadera libertad. Han vuelto a casa, y allí sí que responde el servicio de atención al cliente.
Le confieso, querida Isabel, que a veces me invade una profunda melancolía y cierta sensación de soledad. En medio de un entorno donde tantos amigos y conocidos se fabrican un dios cómodo o una religión a la carta —eligiendo solo los preceptos que no incomodan sus estilos de vida—, resulta difícil no sentirse un tanto incomprendida. Da pena ver cómo se diluye la Verdad en un mercado de creencias a la medida de cada ego.
Sin embargo, ver amanecer a esta nueva juventud que regresa a los templos con valentía me llena de una esperanza inquebrantable. Al final, la Verdad termina por disipar la niebla de las modas efímeras.
Con mi más sincero afecto y admiración.


