Ser bueno te eleva. Ser bueno eleva también a los demás. Ser bueno, en realidad, beneficia al mundo entero. Hay muchísimas razones para ser una buena persona: es gratificante, mejora la vida de otros, te mejora a ti. Pero desde pequeños nos enseñan que ser amable equivale a ser un imbécil. Y eso es una absoluta equivocación.
Crecemos con la idea de que la amabilidad equivale a la estupidez porque la asociamos a dejar que otros se aprovechen de nosotros. Quizá dejaste que otros copiaran tus deberes; quizá te metieron caña y no supiste defenderte. Hasta los profesores llaman a esa persona «el niño bueno» por ser callado o no dar problemas. Más adelante, en el trabajo, el «buen tipo» es el que arrima el hombro para algo que no le toca. Acaba dando demasiado, y los demás esperan que siga dando sin recibir gran cosa a cambio. Así es como empezamos a identificar la amabilidad con la estupidez. Pero, en realidad, ¿por qué hacemos esto?
Cuando tenía dieciséis años, estuve un año en Irlanda. A mitad de la aventura me robaron los cascos. Eran unos Beats que me había regalado mi padre. Una noche los dejé en mi taquilla y desaparecieron cuando fui al baño. Busqué por todas partes, pero no los encontraba. ¿Qué le iba a decir a mi padre? Estaba acojonado, no quería volver a España sin mis cascos. Así que pensé: «Que les den, los robaré yo también». Elegí a un chaval nuevo que había llegado hacía muy poco. Yo estaba a punto de irme a España. Era un chaval alemán, parecía buena persona, un poco callado. Lo estaba pasando mal, lo cual hacía la cosa mucho peor. Quizá lo escogí precisamente por eso. Pensé: «Aquí hay que ser “listo”, habrá que buscarse la vida». Y aunque una voz interior me advertía, igualmente planeé cogerlos. Fui a su taquilla cuando estaba abierta y él no estaba, y se los cogí. Hice exactamente lo mismo que me habían hecho a mí.
Cuando estábamos saliendo para España en Semana Santa, el responsable de las instalaciones quiso revisarnos a todos antes del viaje. Yo llevaba los cascos en los bolsillos delanteros de mi sudadera. Notó algo abultando en mi ropa y decidió tocar los bolsillos. Me pillaron. Ahora tenía que explicarme, disculparme, salvarme de una expulsión y contárselo a mis padres. Quizá acababa de cargarme una inversión que había hecho mi familia. Tenía razones para hacerlo: alguien me había robado a mí primero. Mi padre iba a cabrearse. Sin embargo, eso no era lo peor. Lo peor fue mentirme a mí mismo, ir contra mi brújula moral.
Montaigne puede ayudarnos a ver todo esto con lentes más profundas. Él conocía esa voz en mi cabeza: la llamaba la forme maîtresse. Sostenía que cada vez que ignoras esa voz, cada vez que eliges ser «el listo», no ganas: te conviertes en un extraño en tu propia piel. Parafraseándolo: «Quien se escucha a sí mismo encuentra un patrón propio, un patrón que pelea contra el mundo que intenta doblarlo». Eso es exactamente lo que pasó en Irlanda: mi propia forma se dobló ante el mundo. Dejé que mis sentimientos negativos tomaran el control. Ser bueno no consiste en seguir reglas de fuera —continúa Montaigne— sino en no traicionar ese patrón interior; en no dejar que las emociones dicten lo que se debe o no se debe hacer. Porque puedes reemplazar unos cascos, pero no puedes reemplazar la paz de no arrepentirte de tus actos.
Ese orden interno es lo único que no se rompe, esencialmente porque es imposible. La forma maestra es lo que dictamina cuál debería ser la conducta en primer lugar. La grieta siempre ocurre entre los pensamientos y el comportamiento. Pero hay un agujero en este razonamiento. ¿Y si tu forma maestra te dice que seas un mamón? Si cada uno tiene su propia brújula moral que, en teoría, funciona perfectamente —como insinúa Montaigne—, entonces, si todo el mundo la escuchara, todo iría de maravilla, ¿verdad? La cosa es que no sabemos cuál es la brújula moral de cada persona. Existen psicópatas, sociópatas y un rastro de distintas maldades… ¿ellos siguen las mismas reglas?
Por eso la idea de un bien universal funciona. El relativismo moral nos dirá que el código ético depende del contexto o de la cultura. Pero, en mi opinión, la idea se rompe al reflexionar en las monstruosidades que les hacen a las niñas en ciertos lugares de África, o al pensar en la época en que la esclavitud estaba permitida. En realidad, tenemos un código humano estudiado. El doctor Curry —en su estudio sobre la moral y sus variaciones en el mundo—, revisando más de sesenta sociedades, observó que había siete valores compartidos: ayuda a tu familia, ayuda a tu grupo, devuelve los favores, sé valiente, respeta a los superiores, reparte los recursos con justicia y respeta la propiedad ajena. Ir contra esos valores nucleares es lo que nos producirá dolores espirituales.
Y aquí está lo extraño: el doctor Curry necesitó sesenta sociedades y más de seiscientas mil palabras para demostrar lo que nuestra conciencia ya sabía. Esos siete valores medidos desde fuera son la misma cosa que la forma maestra siente desde dentro. La verdadera prueba, sin embargo —como dirían los estoicos—, está en nuestra conducta. Lo que parece —y quizá esto es un salto— es que nuestra forma maestra sabe cómo guiarnos sin leer ningún estudio.
Pero hay una pequeña fricción en el razonamiento: aunque seas bueno por razones egoístas, eso también permite beneficiar a varias partes o personas. Aquí es donde los mayores exponentes morales tienen un choque frontal. Kant diría que lo que importa es la intención; los consecuencialistas, que importa el impacto mayor; Aristóteles, que importa el carácter, el hábito virtuoso.
Lo que importa es que la bondad se expanda en nuestro comportamiento, que no sólo ocurra cuando a nosotros nos interese. Por eso defendería la posición aristotélica del carácter. Cualquiera puede meter la pata, o hacer el bien una vez; lo que es menos común es sostener un comportamiento virtuoso durante mucho tiempo. Y aquí las dos cosas se tocan: el de buen carácter mejora el mundo precisamente porque no lo persigue. Hace el bien por defecto, también cuando no mira nadie, también cuando no le compensa. El que es bueno por interés deja de serlo el día que ser bueno cuesta; el de buen carácter, no. Por eso el carácter produce más bien que el cálculo: no depende de que el resultado salga a cuenta. Defendería a quienes actúan de manera bondadosa por motivos egoístas; sin embargo, no parece una razón de peso ni sostenible en el tiempo. Quizá, cuando uno actúa virtuosamente de manera interesada, ya no sea un comportamiento virtuoso, aunque produzca buenos resultados.
La amabilidad verdadera es difícil de conseguir, porque nos mueven mucho nuestros propios deseos, nuestras necesidades egoístas, nuestros caprichos. Y eso también mueve el mundo. Pero, al mismo tiempo, es sorprendentemente gratificante cuando actuamos bien. Calma la mente y permite una sensación de recompensa, de logro, de plenitud. Montaigne añade: «Cualquiera puede representar el papel de hombre de bien en público. Pero dentro de tu propia casa, donde nadie mira, donde todo está permitido y nadie te ve… ahí es donde mantenerse en orden es lo difícil». Ser bueno requiere mucho esfuerzo, porque nos ponemos de mal humor, nos faltan al respeto o se nos agota la paciencia; quizá simplemente tenemos un mal día. Ser bueno será difícil, pero no es ser débil ni mucho menos imbécil. Ser bueno equivale a ser un arquitecto de la buena vida. Contribuyes a que el mundo sea mejor, un mundo donde la gente puede moverse, explorar e interactuar más libremente.


