Existe una dimensión que define la política de las naciones europeas, más allá de la disyuntiva entre globalismo y soberanismo, y quizá es más relevante a corto plazo. Los pueblos de Europa se sienten, como un grupo de amigos ante un triángulo amoroso, forzados a elegir entre las tres superpotencias: China, Rusia y los Estados Unidos. La armonía se ha resquebrajado, parece que sin retorno, así que el único futuro posible es definirse por oposición a uno de estos poderes para congraciarse con los otros dos. No es mal destino convertirse en el cemento que fortalece una amistad, pero el peligro es equivocarse y escoger al tercero caído en desgracia. Quien falle quedará, como mínimo, marginado. La debilidad europea hace inviable enfrentarse con dos lados a la vez, porque en el mundo multipolar cualquier privilegio que se reserve para el elegido siempre será demasiado magro si no cuenta con otra superpotencia que le ayude a maximizarlo.
Como salta a la vista, la posición hegemónica entre nuestros gobiernos e instituciones es rechazar a Rusia y aproximarse a los Estados Unidos y China. El máximo exponente de esta postura es la Unión Europea, que desde que se inició la guerra de Ucrania se ha mostrado, al menos de palabra, más firme con Moscú que la propia Washington. Los gobiernos de todos los países europeos relevantes se mantienen en esta línea, aunque existen ambivalencias, reverberaciones de las instrucciones provenientes de la Casa Blanca, no siempre fáciles de interpretar. La administración Trump ha intentado suavizar esta postura para adoptar cierta ambigüedad estratégica. Su finalidad es hacer verosímil un hipotético cambio de papeles entre China y Rusia, aunque de momento esta táctica no ha fructificado de forma tangible y cuenta con enemigos dentro de su propio país. Quedaría sin duda tocada si los demócratas se imponen en el próximo ciclo electoral.
Para aumentar su fuerza negociadora los Estados Unidos han respaldado a elementos europeos recelosos ante la dependencia económica con China, sin demasiado éxito. En estas coordenadas deben entenderse la evolución hacia posiciones económicas aceptables de Le Pen en Francia, las tentaciones de entendimiento con Rusia de Merz en Alemania y, sobre todo, el gobierno atlantista de Meloni en Italia, máximo socio de los Estados Unidos en el continente al estar dispuesto a seguir sus indicaciones sin titubear. Aunque los éxitos de estos partidos puedan tener en ocasiones implicaciones relevantes para la política interior europea en la dimensión globalismo-soberanismo, en el gran juego de las relaciones internacionales ni siquiera tendría importancia una victoria de Le Pen —o su testaferro—. Su papel se reduciría a catalizar un giro de la política exterior estadounidense o a quedar aislada si escogiera a la superpotencia perdedora.
La tercera opción, más amenazante para el orden establecido, la representa el partido Alternativa para Alemania. Visto desde fuera se trata de un movimiento excéntrico, cuya genealogía no puede asimilarse con facilidad a movimientos clásicos de corte conservador. Su principal propuesta es evitar la muerte de la industria alemana a través de un giro copernicano de sus relaciones exteriores: defienden dar la espalda a los Estados Unidos y fortalecer su relación con China y con Rusia a la vez. Quizá la idea es primitiva desde una perspectiva económica —es posible que ya nada pueda resucitar a la industria alemana—, pero dado que la política industrial de Bruselas se limita a invocar un rearme que nunca llega, tampoco parece que sus adversarios anden sobrados de sofisticación. Tras años de gran coalición es la primera fuerza en las encuestas alemanas, con una estimación de un treinta por ciento de los votos. Parece poco —menos que Le Pen en Francia—, pero el sistema alemán es parlamentario y bonifica con holgura a la fuerza más votada, de manera que un cuarenta por ciento de los votos puede ser suficiente para vencer. No es impensable que este futuro llegue antes de lo que se piensa, este triunfo inverosímil de la RDA cuarenta años después de muerta. Hay observadores que consideran al partido poco más que otro peón en la gran estrategia de Putin y por eso minimizan el riesgo de que consume este cambio incluso tras una victoria. Sea así o no, los escépticos deberían recordar lo delicado que puede ser no tomarse a los alemanes al pie de la letra.
Sería improbable que la Unión Europea sobreviviera a esa transformación, así que esta será una lucha a muerte. No es casualidad que los principales actores que defienden el statu quo en el continente sean, precisamente, alemanes. La diferencia entre ellos es que Merz cree que tiene margen para adaptarse a las peticiones de los Estados Unidos, mientras que von der Leyen, más temerosa —tal vez más realista—, ve la situación desesperada y responde con inmovilismo, porque cualquier alteración de la relación con Rusia o China podría ser el empujón que precipite la muerte del orden que representa. Son tiempos interesantes.


