Una fe que no pertenece a un museo del pasado

Más de 1,2 millones de personas abarrotaron el centro de Madrid en la primera misa de un Papa en España en quince años

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Más de 1,2 millones de personas, según los organizadores abarrotaron el centro de Madrid para participar en la misa de Corpus Christi presidida por León XIV. La cifra, por sí sola: la primera visita de un Papa en quince años movilizó a una multitud viva, joven, mayoritaria. Lo vivido el pasado domingo en la capital de España no fue el destello de una reliquia, sino el brillo de una fe viva.

La organización se vio obligada a cerrar los accesos a la Castellana por el este y el oeste una vez alcanzado el aforo máximo, mientras seguían llegando fieles que ya no pudieron entrar al recinto principal y acabaron siguiendo la ceremonia a través de pantallas gigantes o ser derivados a las parroquias habilitadas para comulgar. El operativo contó con diez puntos de agua, más de 2.300 aseos, un Samur desplegado en cinco puestos avanzados.

El despliegue principa, el litúrgico, estuvo a la altura: más de 150 obispos y cardenales, en torno a 1.600 sacerdotes revestidos con ornamentos inspirados en la Almudena, y una formación de cerca de 400 músicos y voces que integraba a la orquesta y el coro de la Jornada Mundial de la Juventud de 2011. Tras la comunión, la procesión eucarística recorrió la calle de Alcalá sobre una alfombra de más de 30.000 claveles hasta la iglesia de San José.

«No un museo del pasado»

La homilía del Pontífice, dedicada a la Eucaristía, giró alrededor de una la idea de que la tradición eucarística española no es «un museo del pasado». Reclamó que siga siendo escuela de fe viva, antes de reivindicar la huella cristiana en la identidad de Europa con una pregunta que negaba su propia hipótesis: si el continente, despojado de esa huella, seguiría siendo siquiera reconocible. Su mensaje fue la afirmación de que esa tradición es presente, no recuerdo.

En Cibeles, la del Papa fue, exactamente, la voz nítida que se reclamaba para el noveno viaje de un Papa a España: la que recuerda y reivindica las bases fundacionales de un pueblo entroncadas con la cristiandad. León XIV —agustino, prior general de su orden entre 2001 y 2013 antes de su elección— no se limitó a administrar el protocolo de una visita pastoral: nombró el problema. El catolicismo en España no está amenazado por su debilidad numérica, que el domingo quedó desmentida, sino por el afán de sus enemigos de relegarlo a pieza de anticuario y la tentación de algunos católicos de sucumbir a esa voluntad.

Una mayoría

En las vísperas, el análisis de la cobertura mediática del viaje dibujaba una España «menos católica y menos española», un país cuyos medios trataron la visita con la distancia de quien narra una curiosidad antropológica. Madrid desbordada alrededor de un Papa hablando de Dios vivo es una realidad devastadora para el relato oficial. La descristianización española es real en buena parte de su clase dirigente y de su relato público —el Gobierno, sin ir más lejos, se hizo representar por una ministra—, pero no es un hecho consumado en el cuerpo de la nación.

Quince años después de la última misa papal en España, en la estela de aquella Jornada Mundial de la Juventud de 2011, más de un millón de personas, con un perfil notablemente joven, respondieron a una pregunta que el relato dominante daba por contestada. No fue una liturgia para minorías resistentes, sino la mayor concentración religiosa en Madrid en más de una década, en una ciudad sometida a una intensa transformación demográfica y cultural. El catolicismo, que algunos anhelan dar por amortizado sigue ahí, encarnado en un pueblo vivo.