El coraje de amar cuando prima lo desechable

Una enmienda a la totalidad de un mundo que ha dado la espalda al compromiso, escrita por David Cerdá sin lamentos y con esperanza

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«Ser valiente es amar a alguien incondicionalmente sin esperar nada a cambio. Simplemente, dar. Y eso implica que no queramos fracasar ni dejar heridas abiertas al dolor». Algo así venía a decir la cantante Madonna a propósito del amor incondicional y el acto de valentía que, en esa acción, se da por hecho para curarnos en salud y, ¡cómo no!, amor. Eran otros tiempos, no muy lejanos de los actuales. La vida, en los últimos años, ha dado muchas vueltas y el globo terráqueo ha girado demasiado deprisa en esta espiral de locura en la que nos hallamos.

Hoy, si cabe, pintan bastos. La situación es peor como consecuencia de panoramas televisivos, personales, familiares o editoriales, saturados de efímeras relaciones, insufribles manuales de autoayuda o discursos que se atreven a normalizar relaciones condenadas al fracaso en la terrible inmensidad de un mundo líquido.

Sin embargo, de la mano de experiencias vitales o múltiples referencias a la cinematografía, la literatura y la música —de ahí el principio con la cita de la reina del pop—, David Cerdá acaba de publicar Amar para siempre. La insolencia de vivir a contracorriente (Rialp) con una propuesta no sólo audaz, sino imperativa para los tiempos actuales, como lo fue la de la protagonista de Romeo y Julieta de William Shakespeare en la disposición de abandonar su apellido, su familia y su propia vida para sentir y estar junto a su amado. El amor, en definitiva, no entiende de límites ni barreras.

Amar para siempreEste ensayo no es un mero tratado romántico ni una poco ingeniosa opción de regalo para el Día de San Valentín; no, para nada. La última obra de Cerdá es un aviso a navegantes, una enmienda a la totalidad de una cultura y mundo —sumiso y estupefacto– cuyos cimientos se tambalean al dar la espalda y oponerse al compromiso duradero, algo que se diluye hasta convertirse en desaparecido u obsoleto por la triste inercia de tiempos de especulación, inseguridad e incertidumbre en todo lo que, oliendo a compromiso, se cuece a nuestro alrededor.

Así, la última entrega de Cerdá se postula como un faro de esperanza en tiempos de turbulencias de toda índole: sociales, afectivas, culturales, políticas, económicas, civilizatorias, interpersonales y, como no podía ser de otra manera, afectivas. El autor no se anda por los cerros de Úbeda, no es un tipo al que le atraigan los rodeos cuando, como en el caso que nos ocupa, ha de ir al grano. De esta manera, logra conectar de forma brillante muchas de las crisis actuales —la soledad crónica, la crisis demográfica, el vacío existencial, la inseguridad personal— con un origen común y, voilà, ahí halla los vínculos: el fracaso del amor y el miedo a comprometerse a largo plazo.

El autor nos recuerda que, aunque pueda parecer lo contrario, la decadencia y derrumbe del «para siempre» no es un triunfo —pírrico— de la libertad, sino una profunda herida que, en lo sucesivo, desprotege al individuo. Cuando renunciamos —cada vez con mayor frecuencia— a construir junto al otro, nos volvemos más frágiles y vulnerables a envites y embates de este acelerado mundo regido por las prisas e inmediatez a la hora de dar u obtener respuestas.

El amor eterno se presenta aquí no como una jaula o celda de prisión, sino como sustento, suelo firme, fiable e indispensable, sobre el que edificar una vida con sentido y plenitud, del estilo por el que, a modo de referencia, G. K. Chesterton habría apostado a propósito de fundar un hogar y dotarlo de diversas y sólidas garantías para todos los miembros que lo compusieran.

Por otro lado, uno de los mayores aciertos de la obra es su ambición intelectual, abordada desde una cercanía exquisita: esa a la que Cerdá nos ha acostumbrado en anteriores libros para entender el amor en todas sus dimensiones desde un retrato en el que conviven Filosofía y Antropología como herramientas de rescate de la esencia intemporal de lo que nos hace humanos; Psicología y Sociología en el análisis de las dinámicas actuales de pareja bajo el prisma de la igualdad real —no figurada ni manipulada— entre hombres y mujeres o, por último, Arte, con la inclusión de referencias personales en las que canciones, películas, poemas o extractos literarios ilustran pasiones, vivencias, errores o momentos álgidos del afecto humano.

Lejos de ser un árido y espeso tratado académico, todas estas disciplinas aparecen como un oasis en el desierto, como puente para que el lector conecte historias de su vida con la verdad como guía y nuevos horizontes que amplíen los frentes y perspectivas del reto que, desde un punto de vista afectivo, supone nuestro día a día para ser capaces de convertirnos en aquella Cornelia del Rey Lear shakesperiano con su plácida, verdadera y sin recompensa exposición afectiva tras el rechazo inicial de un padre egoísta empeñado en, de manera estúpida, medir y cuantificar el amor hacia su propia persona.

Cerdá no rehúye del presente, le planta cara y lo abraza con optimismo, confianza y madurez. El gran desafío del ser humano contemporáneo es que, por primera vez en la historia, hombres y mujeres se miran a los ojos en estricta igualdad, aunque haya voces ideológicamente interesadas en la distorsión y el desequilibrio, intentando justificar lo injustificable por mucho que la voz del amo ponga toda la carne en el asador de la discordia.

La obra evita síntomas de aquella rancia nostalgia. No propone volver al pasado y caer en la misma trampa, sino aprovechar el terreno ganado para reinventar y reforzar el compromiso. El reto actual consiste en aprender a recorrer la vida acompañados de alguien que realmente pueda sostenerla, haciendo que la pareja sea refugio de mutua admiración, comprensible vulnerabilidad y fortaleza compartida. Ahí radica el éxito de la propuesta, no en la “tinderización” actual, la sobredosis de infumables realities o la virtualización del deseo a través del crush, icono del sueño inalcanzable.

Amar para siempre es de obligada lectura porque se atreve a ser profundamente insolente, inconformista e ir a contracorriente —como reza el subtítulo— en una época empeñada en otorgar premios a lo desechable, lo inmediato y el egoísmo camuflado de autocuidado y bienestar personal mientras señala la fidelidad, el sacrificio y el amor incondicional hasta el punto de, en ocasiones, considerarlo rara avis dentro de la volatilidad del presente.

David Cerdá ha escrito un libro atrevido y valiente que, sin juzgar, conforta; que no se lamenta por las ruinas de nuestro enajenado mundo cuando aún quedan materiales nobles y esperanza para ponerse manos a la obra y volver a construir.

Es una invitación de luz y esperanza para redescubrir y reafirmar que la mayor conquista humana no es la independencia absoluta, sino la capacidad de entregarse a otro y fundar un hogar contra incendios y tormentas que, hoy, no permiten treguas, sino que nos asolan sin solución de continuidad. Una obra imprescindible para cualquiera que, con los tiempos que corren, aún crea en el amor sin condiciones ni condicionantes.