De la belleza corriente

Son los hábitos los que moldean el alma; nuestras epopeyas de diario

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Hay frases que uno lanza casi al pasar, como quien deja una taza en cualquier parte, y que luego otro recoge, las limpia un poco y las devuelve con un brillo inesperado. Me ocurrió hace un tiempo con una persona a la que aprecio —de esas que no sabes si es más inteligente o más buena—; celebraba un artículo que escribí sobre la convivencia y se detenía, con humor y cierta gravedad doméstica, en una línea concreta: «Una casa en la que la gente se acuesta dejando la cocina sin recoger me parece un nido de yonquis». Añadía que pensaba decírselo a sus hijos esa misma noche. Le dije que había ahí un asunto sobre el autorrespeto y la belleza que merecía desarrollarse; me tomó la palabra, y ahora pago con gusto mi deuda.

La cuestión no es, naturalmente, la cocina. O no sólo. La cuestión es esa palabra (belleza) que hemos relegado en buena medida a los museos, a las puestas de sol filtradas en Instagram o a las personas agraciadas, como si no tuviera nada que decir en el territorio humilde de los platos, las encimeras y los gestos repetidos. Como si la belleza fuera un lujo, un ornamento, y no una necesidad perentoria. De ahí nuestra mirada negligente a lo corriente que no se expone: ¿para qué esmerarse en lo que no será aplaudido, compartido o siquiera advertido? Me juego un brazo a que, más allá de la esquina instagrameable, muchos influencers tienen la casa hecha unos zorros. La verdad está, en cambio, en lo que dice Raquel Cascales (Habitar el mundo. Una invitación a la estética de lo cotidiano, EUNSA, 2026): «La estética se encuentra en todo y todos configuramos el mundo a través de nuestras decisiones y acciones estéticas».

Pero no es en el selfie ni en el vídeo donde nos jugamos los cuartos: es en la cocina recogida cuando todos duermen, en la camisa doblada sin que nadie vaya a elogiárnosla, en las flores en el jarrón cuando no hay a la vista santo ni cumpleaños. Son los gestos que no construyen reputación los que nos caracterizan. Hoy se habla mucho de cuidados, pero casi siempre en tono asistencial, como exigencia al Estado. No oigo a casi nadie decir, por ejemplo, cómo esa desagradecida disciplina contribuye a construir el carácter, ni lo que significa, para el amor, un hogar en el que nadie puede decir, al levantarse, que huele a comida, es decir, a dejadez y pereza.

Porque ésta es la ironía: muchos de quienes no recogen la cocina al terminar acabarán no entendiendo que lo que transmitieron con palabras a sus hijos —la importancia de esforzarse, mirar por los demás y todo eso— no termine de calarles. Hay gente que estas cosas las plantea, me parece, erróneamente, como un deber fundamentalmente hacia los demás. Lo cierto es que rodearse de cierto orden y limpieza es una forma elemental de decirse a uno mismo —y, por extensión, al mundo— que la realidad merece ser tratada cuidadosamente, incluso cuando no hay testigos.

Podría parecer que exageramos y que moralizamos el Mistol y el estropajo. Nada más lejos de la realidad. Más que los objetos, está en juego la relación que establecemos el mundo y por lo tanto con las personas. El descuido sistemático —ese «algún otro lo recogerá»— va sedimentando una forma de existir no concernida que termina por afectar a todo: a las promesas que hacemos, a las personas que decimos querer y a los servicios que prestamos. No se trata de caer en la pulcritud maniática, ni en el perfeccionismo paroxístico: se trata de respetarse y de respetar a otros. Hay mínimos que, sencillamente, nos merecemos, pero no para exigírselos a los demás, sino a nosotros mismos. No hay por qué llegar hasta el feng shui ni a prepararse para recibir al Elle Decor: es universal el bien que produce la armonía cotidiana.

Un propósito de belleza empieza en no conformarse con la inercia. No es casualidad que muchas tradiciones hayan vinculado la limpieza y el cuidado del entorno con la vida interior. De fondo, la profunda intuición de que lo que nos rodea nos penetra. «La belleza es una forma de genio», decía Oscar Wilde; «es más alta, en realidad, que el genio, porque no requiere explicación»; tampoco necesita más espectadores que quienes conviven con nosotros. Frente a la exhibida, la belleza ejercida tiene algo de secreta plegaria, de fidelidad entrañable y sin concesiones; de una disposición totalizante. Es aquella, como dice Cascales, una propiedad de la realidad.

«Si uno sólo es capaz de encontrar belleza en lo grandioso y extraordinario» —escribe Cascales— «es porque todavía no ha desarrollado una mirada atenta que sabe ver la belleza en lo que le rodea, por muy pequeño que sea». ¿Quiere uno luchar contra el chillón juego de espejos deformantes de las redes sociales? Empiece uno por la cocina. Hay una dignidad especial en hacer bien lo pequeño; hay una trascendencia accesible en honrar lo repetido. Lo hay en terminar lo que se empieza y en no trasladar a los demás el desorden que uno ha producido. Es el objetivo que nos propone esta autora: «Hogarizar el mundo». Dicen en los Navy Seals que se empieza el camino de la excelencia cuando uno se hace la cama; después de eso, y no antes, puede uno poner a buen recaudo a Maduro (ese señor del que ya nadie se acuerda).

Dice Michel de Certeau en La invención de lo cotidiano que «son los pequeños gestos de todos los días, casi imperceptibles, los que transforman el espacio y lo personalizan». Son los hábitos los que moldean el alma; nuestras epopeyas de diario. Cada plato que lavamos y cada superficie que ordenamos dice cien veces más que nuestras expresiones sobre lo que queremos llegar a ser. Más que nuestras grandes decisiones, son las pequeñas las que nos configuran. El amor tiene estas hechuras diminutas; exige menos rodillas hincadas que cenas hechas y recogidas. Es hermoso facilitar la vida del otro. Dejar un rastro de orden es una carta de presentación portentosa. Un chorro de luz emana de nuestros gestos corrientes.