Una mala noche la tiene cualquiera. O eso dicen. Habíamos alquilado un piso cerca de la Iglesia de la Macarena, en una calle peatonal en la que el tránsito de gente estaba de guardia y fluía las 24 horas del día. Como la boda era al día siguiente, nos tomamos algo en la terraza de un hotel y volvimos luego dando un paseo. Estaba siendo una noche perfecta. Según llegábamos al apartamento, reparé en las hordas de turistas y de locales pasaban sin cesar por nuestra calle. Empecé a temerme lo peor. Al tumbarme en la cama, mis peores sospechas se vieron confirmadas: podía escuchar cada palabra de cada conversación de cada una de las personas que pasaban por debajo de la ventana de mi cuarto.
Iluso de mí, pensé que cerrar la ventana sería la solución a todos mis problemas, pero bastaron cinco minutos de “silencio” —ahora ya no reconocía las conversaciones, eran sólo ruido— para darme cuenta de que ahora el problema era de otra índole: me estaba asando.
¿Qué hacer, entonces? ¿No dormir por el ruido o no dormir por el calor? Susto o muerte. Estaba entre la espada y la espada. Al final elegí pasar calor, aunque más tarde me arrepentí y decidí que, en realidad, no eran tan molestas las voces que subían desde la calle. Al menos podría aprender algunas palabras de francés y de italiano. Al día siguiente, la boda fue magnífica. Incluso cuando los camareros se reían de nosotros, pobres madrileños intentando, torpemente, acompañar a nuestras novias en las sevillanas.
Como decía, una mala noche la tiene cualquiera. Incluso un mal año, si me apuras. Sin ir más lejos, el propio Sevilla lleva una temporada, y ya van unas cuantas, para olvidar. Pero no pasa nada. Por poder, se puede incluso tener una mala vida. Siempre se puede volver a empezar.
Calogero, el protagonista de Una historia del Bronx, dice que lo que más le gusta de ser católico es la posibilidad de empezar de cero en todo momento gracias a la confesión. La posibilidad de hacer borrón y cuenta nueva lleva precisamente a poder permitirse una mala noche de vez en cuando. Una o varias. Y si las puede tener cualquiera es porque las malas noches no son definitivas. Por esto mismo también hay cierta belleza en la derrota. Porque lo normal es que pueda haber otra oportunidad más adelante.
En este contexto, como las malas noches no son definitivas, pasar por ellas también tiene algo de aprendizaje. Una noche en vela es un momento privilegiado para reflexionar. Reflexionar sobre la importancia de conocer la zona donde se encuentra el piso que se alquila. Sobre qué placentero resulta dormir una noche del tirón. Sobre el milagro que es que las noches terminen y que salga el sol al final.
Hay un poema de Pedro Bonifacio Palacios que habla sobre esto, sobre la importancia de volver a empezar y sobre aprender de las dificultades:
Si te postran diez veces, te levantas
otras diez, otras cien, otras quinientas:
no han de ser tus caídas tan violentas
ni tampoco, por ley, han de ser tantas.
Con el hambre genial con que las plantas
asimilan el humus avarientas,
deglutiendo el rencor de las afrentas
se formaron los santos y las santas.
(…)
¡Todos los incurables tienen cura
cinco segundos antes de su muerte!


