Pijos e inmigrantes

Son los únicos que, agónicamente, luchan por su supervivencia y se resisten a la extinción resignada y sin gloria de nuestra sociedad. El futuro es suyo

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Llevaba tiempo sin visitar Madrid. Observa las calles desde el automóvil que lo lleva al centro. El taxista es amable, un hombre de casi cincuenta años. Viajan un rato con el silencio de la radio de fondo. Le pregunta qué ha venido a hacer. Trabajo, responde, y al alargarse comenta que encuentra la ciudad cada vez más chillona y estridente. Después de esquivar a un Uber que hace una maniobra temeraria, el taxista le cuenta que se ha ido a vivir a Soto del Real y que, aunque es de Vallecas de toda la vida, ya no soporta quedarse allí. Se hace un silencio más largo de lo usual y añade, lapidario, «en Madrid sólo hay pijos e inmigrantes». No sabe qué decir. La frase, violenta pero no tan distante de la realidad, lo deja pensativo.

El Madrid despegado de sí mismo ya aparece a lo largo del siglo XX en las crónicas de observadores de tendencias diversas, que señalaron con reiteración el desprecio a la tradición de sus habitantes, en ocasiones violento. Aunque el americanismo que ahora desborda su cultura lo haga notorio, no es una novedad que la ciudad se vanaglorie de estar borrando su pasado día a día. Tampoco la sensación de desarraigo. Tal vez estas opiniones, teñidas de pesimismo, estén condicionadas por circunstancias difíciles que trascienden el localismo, pero la coincidencia hace pensar que tal vez aquí se esconde un deseo profundo: quizá Madrid quiere convertirse en un lugar sin historia, casi australiano o estadounidense. Por eso da la bienvenida a sus nuevos habitantes, nómadas que no necesitan echar raíces, mientras lamina a sus clases medias, que se retiran en sus coches a los arrabales y ciudades dormitorio. Quien pasea por sus calles empieza a entender la realidad del taxista.

Los barrios de la ciudad están inmersos en una metamorfosis, cuando no la han culminado ya, que consiste en convertirse en barrios de pijos o de inmigrantes. Ni todos los pijos son españoles ni todos los inmigrantes son extranjeros, por supuesto. Al pijo lo define desde la cuna la costumbre de que siempre haya otro que trabaje por él, mientras que el inmigrante no es más que la nueva iteración del lumpemproletariado, la clase en los márgenes de la sociedad que vive de las sobras. El pijo a la antigua usanza se enfrenta a un proceso de sustitución, a veces por otros pijos llegados de fuera y en otros casos por pijos en ciernes. Aunque trate de vivir la situación con naturalidad de hidalgo, contempla perplejo cómo los pocos que todavía hacen vida de clase media, lo predominante hasta hace poco, caminan sin advertirlo hacia la extinción. La vocación de supervivencia se divide con claridad entre dos horizontes vitales, por supuesto anglosajones: Cambridge y el Bronx.

El pijo en ciernes sufre cierto síndrome del impostor. No tiene los mismos recursos que el pijo de toda la vida y su estatus depende de que haya una clase de trabajadores, los inmigrantes, dispuestos a servirle con estándares de calidad discutibles y ciertos derechos laborales difuminados. Se da la ironía de que para mantener este tren de vida el nuevo pijo se relaciona en la intimidad con quien evita en público como la peste. Quien atiende a sus hijos es la madre que no quiere cruzarse en la puerta del colegio, quien cuida a sus padres es con quien no quiere coincidir en el centro de salud. Comparten su tiempo privado con los mismos a los que miran con sospecha cuando tiran la basura por no saber si están haciendo lo mismo o revolviendo. Pero es que el aspirante a pijo también vive de las sobras, de hurgar en busca de quien esté dispuesto a hacer sus sueños posibles en las peores condiciones imaginables. Es el sucio pero barato precio del estatus.

Llegan a su destino. No funciona el datáfono y el taxista tampoco tiene cambio exacto. Se resigna y acepta esa propina impuesta por la mala suerte. Baja del coche. Tiene unos minutos antes de que lo reciban. Ve un local que dice Café de especialidad, entra y pide un expreso doble. Son tres euros con cincuenta. Mira a su alrededor sin tener del todo claro si la gente que lo rodea camina ciega hacia su destino o está en la lucha por la supervivencia, revolviendo entre las sobras. Y mientras se toma su café envuelto por un blanco cegador, esterilizado, se pregunta si esta ciudad sin amor está condenada a convertirse en un lugar maligno.