Hace unos días alguien —una persona a la que conozco poco, pero lo suficiente como para que no me disgustara impresionarla— me pidió que le recomendara un libro. Durante años he presumido de ser una recomendadora bastante competente; no por erudición enciclopédica, más bien porque suelo tener cierto ojo clínico que me permite sugerir lecturas con la seguridad de quien prescribe algo que ya ha probado antes. Esta vez, sin embargo, me descubrí dudando más de lo habitual, no porque me faltaran títulos en la cabeza, de esos siempre hay demasiados, sino porque últimamente no doy una con mis propias lecturas.
Desde que empezó el año he ido encadenando libros que, sobre el papel, son indiscutiblemente buenos. Novelas clásicas, ambiciosas, premiadas, con esa sustancia literaria que suele acabar citada en los suplementos culturales y en las listas de lecturas recomendadas. Y aun así, ninguno me ha entusiasmado demasiado. El que más me ha divertido, sin ápice de ironía y a años luz del segundo, ha sido Manolito Gafotas.
Después han venido libros más respetables para el canon y bastante más pesados para mí. Nuestra Señora de París, por ejemplo, tiene un final magnífico y pasajes deslumbrantes, pero entre esos picos de genialidad se extiende una cordillera de más de seiscientas páginas que atravesé con la sensación de estar cumpliendo una obligación cultural. Algo parecido me ha ocurrido con Tango satánico, del último Nobel de apellido impronunciable: una novela interesante y sombría que avanza con una lentitud tan obstinada que la adaptación cinematográfica de Béla Tarr —siete horas de metraje— parece casi una consecuencia natural. Hay proyectos que uno sospecha concebidos para medir la resistencia del público.
También han caído dos autoficciones que empecé creyendo que eran novelas, lo cual probablemente sea la peor sorpresa que puede llevarse un lector. Una de ellas, Una mujer a quien amar, tiene reflexiones muy interesantes sobre la pertenencia, las relaciones y el lenguaje, aunque presenta un pequeño inconveniente y es que la mujer en cuestión aparece poco porque el autor está ocupado hablando, literalmente, de su libro. La otra gira en torno a la desgraciada vida familiar de Delphine de Vigan, con tal acumulación de tragedias que hacia la mitad empecé a sospechar que alguien estaba inventando muertos por pura necesidad narrativa.
El problema es que soy perfectamente consciente de que todos esos libros son buenos. Están bien construidos, tienen ideas interesantes y se nota en ellos una ambición literaria evidente y esa gravedad que suele acompañar a los libros que aspiran a durar. Pero ese reconocimiento intelectual no ha impedido que me costara cogerlos, ni que muchas veces los abriera directamente con pereza. Cuando estaba dentro del libro podía apreciar su calidad; la resistencia aparecía antes, en ese momento sencillo en el que uno decide si realmente le apetece volver a él.
Ahí surge una cuestión curiosa: cómo sabemos qué es un buen libro. O, más exactamente, por qué seguimos clasificando la literatura según categorías como alta o baja incluso cuando esa clasificación no coincide demasiado con nuestro propio entusiasmo. Durante décadas hemos aceptado esa distinción con una mezcla de convicción y esnobismo. Tiene cierto sentido, porque hay textos más complejos o más elaborados que otros; el problema aparece cuando esa jerarquía empieza a funcionar como una obligación moral. Entonces dejamos de decir algo tan sencillo como «me gusta» o «no me gusta» y recurrimos a fórmulas más respetables: el libro es importante, el libro tiene interés, el libro merece la pena.
Tal vez esa dificultad para reconocer el simple gusto tenga que ver con nuestra propia imagen intelectual. Nos cuesta admitir que un clásico nos aburre o que una obra consagrada nos parece pesada, como si el gusto literario fuera una especie de examen público. A veces me pregunto si perderé algo importante el día que diga en voz alta que Pedro Páramo me pareció un tostón.
El fenómeno tiene incluso nombre clínico: bloqueo lector. No es algo que haya descubierto ahora; basta escribir esas dos palabras en internet para encontrarse con una avalancha de artículos que explican qué es, cómo detectarlo y, por supuesto, cómo superarlo. Hay listas de consejos, hábitos recomendados y libros pensados específicamente para salir del bache. Se habla del asunto con la misma solemnidad con la que se habla de una ruptura sentimental o de una intolerancia alimentaria. La sensación general es que leer menos durante una temporada constituye una anomalía que conviene corregir cuanto antes.
En medio de toda esa literatura terapéutica recuerdo una frase de Michel Houellebecq que quizá lo explique todo de manera más brutal: «Quienes aman la vida no leen. Ni siquiera van al cine. El acceso al universo artístico es, más o menos, exclusivo de quienes están un poco hartos del mundo». Podría ser eso, aunque lo dudo. Yo sigo bastante harta del mundo y, aun así, sigo leyendo menos. Además, de los franceses sólo confío de verdad en Zinedine Zidane, cuya autoridad intelectual me resulta infinitamente más sólida que la de la mayoría de sus compatriotas.
La explicación probablemente sea menos dramática: no siempre tenemos ganas de enfrentarnos a libros exigentes. Y es ahí donde entra en escena esa despreciada —y a veces despreciable— categoría que solemos llamar baja literatura. No hablo de cualquier cosa, Dios me libre de escribir un artículo favorable a Juan Gómez-Jurado. Ya hemos visto hace poco que hay gente que lee muchos libros al año, comenta lecturas en redes sociales y consigue que alguna editorial les pague el desayuno del mes, y aun así Cumbres borrascosas les parece una especie de doctorado. Leer mucho no garantiza leer bien.
Lo que defiendo es algo bastante más modesto, que leer también pueda ser sólo entretenimiento. Hace poco escuchaba a Marta Jiménez Serrano decir que, de todas las artes, la literatura es probablemente la que menos se asocia al mero placer de entretenerse. Con el cine o con la música nadie siente la necesidad de justificar su consumo; leer, en cambio, parece exigir siempre algún tipo de beneficio intelectual, como si abrir un libro implicara necesariamente mejorar nuestra sensibilidad cultural o ampliar nuestro conocimiento del mundo.
A veces uno simplemente quiere pasar un buen rato. Aprender algo está muy bien, por supuesto, pero también lo está desconectar, reírse, llorar o dejar que la historia avance sin exigir demasiado esfuerzo. El problema es que la lectura parece haber quedado atrapada en una especie de moral cultural que exige que todo libro sea edificante. Nadie siente la necesidad de justificar una película entretenida o una canción ligera, pero con los libros seguimos comportándonos como si cada página tuviera que aportar criterio, profundidad o formación. Como si uno tuviera que ser intelectual sin interrupción. Lo siento, Baudelaire, no quiero ser sublime sin descanso, y desde luego tampoco lectora de alta literatura a jornada completa. Quizá esa expectativa permanente sea precisamente lo que termina volviendo la experiencia un poco pesada.
Tal vez la solución sea más sencilla de lo que parece. Cambiarlo todo un poquito para que todo siga igual. Alternar lecturas exigentes con otras más ligeras. Admitir que incluso una buena novela menor —digna, entretenida, bien hecha— puede devolvernos las ganas de coger libros mejores.
Al final, al muchacho le recomendé El camino, Delibes. No sé si me hará caso. Yo, voy a releerlo. No es un libro pensado para impresionar a nadie ni para exhibir cultura en una sobremesa, pero siempre consigue algo bastante más importante: cada vez que lo abro me apetece seguir leyendo. Y quizá eso, pensándolo bien, sea la forma más alta de literatura.


