Aprender a mirar sin invadir

La defensa del respeto en una época de exposición, prisa y disponibilidad absoluta

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Hay libros que no llegan para añadir una idea más al mercado de las ideas, sino para rectificar una costumbre de época. No irrumpen con el estruendo de una gran teoría ni con la promesa de un programa moral definitivo; trabajan, más bien, en una zona más humilde y más decisiva: la de la mirada. El respeto o la mirada atenta, de Josep Maria Esquirol, pertenece a esa rara estirpe de libros que no piden ser simplemente entendidos, sino habitados. No basta con seguir su argumento; hay que dejar que nos alcance allí donde empezamos a sospechar que quizá no veíamos bien. Y ver mal, conviene recordarlo, no es sólo un problema óptico, sino, muchas veces, un problema moral.

Esquirol no ofrece una ética vistosa ni una filosofía de consignas. Tampoco se limita a reivindicar el respeto como quien defiende una virtud cívica educada, un barniz para hacer más amable la convivencia. Hace algo más hondo: desplaza el comienzo mismo de la ética. Allí donde buena parte de la tradición moderna ha tendido a pensar la moral desde la voluntad, la norma, la autonomía, la decisión o el conflicto entre derechos, Esquirol retrocede un paso y pregunta por lo anterior a todo eso. Antes de decidir, antes de intervenir, antes incluso de juzgar, ¿qué significa mirar bien? ¿Qué ocurre cuando el otro, el mundo o la vida comparecen ante nosotros no como objetos disponibles, sino como realidades que exigen una determinada forma de atención?

La pregunta importa porque vivimos en una cultura que ha confundido mirar con acceder. Se diría que todo lo que puede mostrarse debe mostrarse; todo lo que puede decirse debe decirse; todo lo que puede transparentarse debe ponerse en circulación. Nos hemos habituado a una forma de relación con lo real en la que la cercanía se mide por el grado de exposición y la comprensión, por la rapidez de la respuesta. Vemos una escena y opinamos; conocemos un dolor y lo traducimos enseguida a posición pública; entramos en contacto con una vida y creemos haberla comprendido porque hemos accedido a sus signos más visibles. Pero no toda visibilidad ilumina; no toda proximidad comprende; no toda palabra acompaña. Hay veces en que la prisa por interpretar, explicar o intervenir no expresa sensibilidad, sino incapacidad de atención.

El respeto o la mirada atentaAhí es donde la filosofía de Esquirol adquiere un relieve que desborda el comentario de libro y se vuelve diagnóstico cultural. El respeto, tal como él lo articula, no es la mera abstención de la violencia ni un código de buenas maneras; es una estructura de la mirada. Respetar no significa únicamente no dañar, sino advertir que lo real no está enteramente a nuestra disposición. El otro no es una prolongación de nuestro deseo, ni un material para nuestra curiosidad, ni una superficie sobre la que proyectar sin coste nuestras categorías. Respetar es aproximarse guardando distancia; reconocer que hay una medida justa en la relación con las cosas, con los cuerpos, con las palabras y con las heridas. Ese punto de partida tiene consecuencias de largo alcance, porque si la ética empieza en la mirada, entonces el problema moral no se reduce a elegir bien entre opciones ya dadas, sino a aprender a comparecer ante el mundo sin arrasarlo. Esta es, a mi juicio, una de las intuiciones más fecundas del libro. No toda acción nace de una mirada justa; más aún, hay acciones que se presentan como moralmente generosas y, sin embargo, proceden de una mala mirada: una mirada apropiadora, invasiva, impaciente, incapaz de aceptar límite. Hemos glorificado tanto la intervención que apenas sabemos pensar la contención; hemos ensalzado tanto la expresión que sospechamos del silencio; hemos convertido la transparencia en un dogma hasta el punto de olvidar que también existe una ética de la reserva.

Importa detenerse aquí, porque el límite es, seguramente, uno de los nervios más fértiles del libro. El respeto exige límite, medida, pudor; exige saber que no todo lo posible debe hacerse y que no toda proximidad es buena por el hecho de presentarse como cercana. Hay una pedagogía contemporánea de la invasión que se disfraza de autenticidad, de compromiso o de franqueza. Se nos anima a entrar sin resto en la intimidad ajena, a traducir todo sufrimiento a relato compartible, a responder de inmediato, a hacer de toda experiencia una materia disponible para el comentario, pero la vida humana no se sostiene sólo con apertura. También necesita velos, distancias, contenciones, zonas de sombra en las que algo pueda madurar sin ser violentado por la mirada del otro.

Eso se advierte con especial claridad cuando la filosofía desciende al terreno del cuidado. Esquirol acierta al mostrar que cuidar no equivale siempre a actuar más, a decir más o a intervenir antes. A veces cuidar es sostener una presencia sin colonizarla; otras veces es poner un límite; otras, aceptar que acompañar no consiste en tomar posesión del sufrimiento ajeno. Hay escenas —la enfermedad, el duelo, la fragilidad de una despedida— en las que la dignidad del otro depende, precisamente, de que alguien sepa no ocuparlo todo. No toda palabra ampara; no todo gesto ayuda. Hay momentos en los que la forma más alta de la responsabilidad no consiste en precipitarse, sino en saber permanecer. Y permanecer, bien mirado, no es pasividad; es disciplina moral de la atención. Esta disciplina se articula en el libro mediante un trípode especialmente fértil: fragilidad, cosmicidad y secreto. Podría decirse que ahí late el corazón ontológico de su propuesta.

Respetamos, en primer lugar, aquello cuya fragilidad advertimos. Lo que puede quebrarse, herirse, perderse, merece una forma de trato distinta a la que dispensamos a lo indiferente. Lo valioso tiene casi siempre algo frágil: un niño, un anciano, una amistad, una promesa, una conversación, una casa, un paisaje, una memoria compartida. Y quizá una parte de la brutalidad contemporánea provenga justamente de haber olvidado esa evidencia. Hemos educado mucho en la afirmación; menos en la delicadeza. Mucho en el derecho a ocupar espacio; menos en el deber de no devastar lo que no nos pertenece.

La referencia a la cosmicidad añade un matiz decisivo. No se trata aquí de una retórica solemne del cosmos, sino de la intuición de que las cosas no son un mero agregado arbitrario de piezas manipulables. Hay un orden, una trabazón, una consistencia de lo real que no depende enteramente de nosotros y que, justamente por eso, merece respeto. En un tiempo tan acostumbrado al lenguaje de la construcción total, esta idea puede incomodar; pero conviene escucharla con más calma. Cuando desaparece toda experiencia de orden, también se debilitan el asombro, la gratitud y el deber de cuidado. Si el mundo no comparece nunca como algo que nos precede y nos excede, termina reduciéndose a cantera; y la lógica extractiva con la que tratamos la naturaleza acaba proyectándose también sobre los vínculos, las instituciones y los cuerpos.

El tercer término, el secreto, completa la arquitectura del respeto y, a la vez, la vuelve especialmente oportuna para nuestro presente. Hay en lo real una reserva que no debe transparentarse del todo. No porque debamos romantizar el misterio, sino porque la existencia humana no se agota en aquello que puede hacerse visible, verbalizable o calculable. Vivimos sometidos a la presión de una transparencia compulsiva que convierte todo en dato, en contenido, en información circulante, pero una vida enteramente transparente sería también una vida expropiada. Donde todo debe mostrarse, nada puede reposar; donde todo se ilumina a la fuerza, también se arrasa. Conviene recordar que la defensa del secreto no es enemiga de la verdad; puede ser una de sus condiciones.

Por eso el libro dialoga con algunas de las patologías centrales de nuestro tiempo: la exposición permanente, la aceleración interpretativa, la dificultad para el silencio, la incapacidad de aceptar zonas no disponibles. También dialoga con una de las grandes confusiones morales del presente: creer que la intensidad de nuestra reacción es proporcional a la profundidad de nuestra responsabilidad. No lo es. Hay mucho activismo sentimental y poca atención verdadera; mucha indignación instantánea y poco tacto moral; mucha retórica del cuidado y escasa disposición a la humildad que cuidar exige. Y aquí aparece, como remate del recorrido, la última gran palabra del libro: humildad. No una humildad decorativa, ni la caricatura de la autonegación. La humildad, en Esquirol, es la condición de posibilidad de la mirada atenta porque implica descentrarse. No ponerse en el centro de todo; no creer que se ve mejor por ocupar la altura; no convertir la propia conciencia en medida única de la realidad. Hay en ello una lección filosófica de primer orden y, también, una severa corrección de nuestro narcisismo cultural. Vemos mal porque nos vemos demasiado. Escuchamos mal porque ya estamos preparando la réplica. Cuidamos mal porque, a menudo, queremos sentirnos cuidadores antes que atender de verdad a quien tenemos delante.

No se mira bien porque se sabe mucho; se mira bien cuando uno estorba menos. La formulación puede parecer áspera, pero me parece justa. Buena parte de la ceguera contemporánea procede no tanto de falta de información como de exceso de protagonismo. El yo se ha vuelto tan expansivo que apenas deja comparecer nada fuera de sí sin reducirlo a material de autoafirmación. De ahí que la humildad no sea un apéndice moral bonito, sino una disciplina del descentramiento. Sólo quien acepta no estar en el centro puede empezar a ver algo del centro de las cosas. Esta es, quizá, la razón por la que El respeto o la mirada atenta resulta un libro tan poco complaciente. No ofrece una receta moral ni un repertorio de soluciones; obliga, más bien, a revisar la textura misma de nuestra atención. ¿Cómo miramos a los niños, a los ancianos, al enfermo, al adversario, al desconocido? ¿Con qué tono entramos en la vida de otros? ¿Qué parte de nuestra supuesta sensibilidad es, en realidad, pura avidez de acceso? Estas preguntas no son ornamentales. Son preguntas sobre el estado moral de una cultura. Y son, además, preguntas de civilización, porque una sociedad no se degrada sólo cuando se equivocan sus leyes o fracasan sus instituciones; también se degrada cuando pierde el tacto de la mirada, cuando deja de distinguir qué merece pudor, qué exige distancia, qué no puede traspasarse sin envilecimiento, qué reclama silencio antes que opinión o qué pide presencia antes que discurso. Esa degradación no siempre hace ruido. A veces se presenta bajo la apariencia del progreso moral, de la hipercomunicación o de la sensibilidad democrática. Pero importa desconfiar de una época que llama cercanía a la invasión y autenticidad a la supresión de toda mediación.

En ese sentido, el libro de Esquirol no es una reliquia para almas nostálgicas ni una apelación vaporosa a la bondad. Es una intervención filosófica plenamente actual. Nos recuerda que la ética empieza mucho antes de la consigna y del juicio: empieza en la forma en que una mirada toca o hiere, custodia o profana. Empieza en cómo entramos en una habitación, en cómo escuchamos una pena, en el tono con que nombramos a otro, en el límite que aceptamos no cruzar aunque podamos hacerlo. Empieza, en suma, en esa forma sobria de atención que hoy parece menor y que, sin embargo, puede ser una de las últimas reservas de civilización.

No sé si después de leer a Esquirol se sale con una doctrina más sólida. Sí creo que se sale con una sospecha más exigente: la de que gran parte de nuestra crisis moral no procede sólo de haber confundido el bien y el mal, sino de haber deteriorado las condiciones mismas para verlos. Hemos perdido tiempo, silencio y medida; hemos erosionado el pudor, la distancia justa y la paciencia de la contemplación. Sin esos bienes menores —menores sólo en apariencia— la vida común se vuelve más violenta, más torpe, más incapaz de amparo. Por eso importa leer libros así. No porque nos hagan mejores de inmediato, sino porque corrigen el gesto con el que nos acercamos al mundo. Tal vez ahí resida la verdadera potencia de este libro: en recordarnos que mirar no es un acto inocente. La mirada puede usar, degradar, reducir, profanar; pero también puede reconocer, custodiar y amparar. Entre una y otra no media sólo una técnica moral, sino una educación del alma. Y acaso hoy pocas tareas resulten más urgentes que esa: volver a aprender a mirar sin invadir.