Al otro lado del río

El Tevere fue dios caprichoso en la República, después se volvió cementerio y también vio purificarse sus aguas con la llegada del Evangelio

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Viniendo de Madrid, donde nos atraviesa nuestro humilde Manzanares, uno le da especial importancia a la vida en una ciudad con un río «como Dios manda». El Sena en París, el Danubio en Budapest, Bilbao y su ría, Londres bañándose en el Támesis, Lyon asediado por el Ródano. Todas con sus particularidades, sus miradores, sus luces y reflejos en el agua, que no son más que el eco de una historia muda que nos habla en el fluir de la corriente.

Aunque, si tengo que elegir, me quedo con el Tíber y Roma. El Tevere es un río que empieza en Troya y desemboca en la Jerusalén celestial. Fue dios caprichoso en la República; se volvió cementerio en los años convulsos de los emperadores; vio purificarse sus aguas con la llegada del Evangelio; y sirvió de defensa natural al bastión de los papas: San Angelo. Hoy, en una época más pacífica, aunque no necesariamente tranquila, es una arteria que nunca deja de latir, un remanso de paz en la urbe que no descansa.

Pero no hay paz verdadera sin justicia, y el Tíber, que ha visto pasar los siglos, es hoy testigo de una nueva sed que recorre el mundo. Una virtud de vivir en una ciudad tan ligada a un portento de la naturaleza es el recuerdo constante de lo efímero de nuestro paso, así como la importancia de la medida de las cosas y del respeto a lo intangible legado por quienes fueron mejores que nosotros.

Roma, ciudad de legionarios y juristas, de estrategas de la logística y campeones de la civilización, acabó sucumbiendo a los designios de un pescador y sus discípulos. Hoy, sobre las cenizas de Nerones, Atilas, Luteros y Napoleones, la Iglesia continúa erigiéndose como faro moral del mundo. Un hospicio para la razón cuando todos parecen haberla perdido.

El Vaticano ya no tiene ambiciones territoriales, pero cuenta con el valor de la Justicia, de una Doctrina a prueba de poderes arbitrarios. No es un nuevo conflicto de güelfos y gibelinos, tampoco es un USA vs la Santa Sede. León XIV, otro papa comunista según ciertos sectores neocons americanos, ha hecho todo lo que cualquier gobernante debería hacer: pide justicia.

En un momento en el que el derecho internacional es otro género de literatura fantástica, la Iglesia, como siempre, se pone en el lado de los desamparados, de los que el poder ha aplastado por acto, obra u omisión. El Papa sufre ante las injusticias cometidas en el Sur del Líbano o Irán, ante los bombardeos de civiles, las ambulancias que arden, los hospitales que se desmantelan, las escuelas que se convierten en cementerios.

Frente a ello, la apelación al diálogo no introduce nada nuevo, pero recuerda algo elemental: que incluso la violencia necesita ser pensada antes de ser justificada. Entre la guerra justa y la injusta, entre la defensa y el exceso, se abre un espacio antiguo que ya ocupaban los textos de San Agustín y que sigue reapareciendo, con otros nombres, en el presente.

Hoy asistimos a un pulso entre una élite marcada por los actos más infames contra la dignidad humana y una institución que vino al mundo para redimirlos. Es por ello que nuestro deber como católicos es estar del lado del Papa, de la Verdad y la Justicia. No callar en la esfera pública y privada y acompañar al Santo Padre con nuestras oraciones.

Es por eso que, a veces —y solo a veces—, conviene salirse del mundanal ruido y de los debates que no admiten réplica para asomarse a la ribera del Tíber, en un atardecer libre de nubes coronada por la cúpula que toda Roma observa, y contemplar cómo sus aguas parecen perderse en una promesa que va más allá de lo visible.