Sin duda La ética protestante y el espíritu del capitalismo es la obra más famosa de Max Weber. Los escritores de libros de aeropuerto y sus lectores, hoy en día aficionados a la geopolítica y a disfrazar con datos sus simulacros de ideas, suelen atribuirle aviesas intenciones contra el mundo católico. Como en otros casos es lícito preguntarse si los que citan a Weber lo han leído o hablan de oídas para revestir sus trivialidades con la autoridad que les falta. El cliché es el siguiente: el capitalismo fue fundado en los países protestantes, superiores a los países católicos, en los que era imposible que apareciera este sistema de organización del trabajo. Esta tergiversación de las ideas de Weber ha prosperado por una lectura localista interesada, centrada en confirmar o desmentir el atraso de España o de cualquier otro país aquejado de complejo de inferioridad hacia las pretendidas naciones avanzadas. Para un lector mesurado la supuesta tesis weberiana sería ridícula, al existir inagotables contraejemplos de sociedades capitalistas que son, en mayor o menor medida, católicas.
Lo curioso es que La ética protestante denuncia de forma implícita, no un supuesto retraso secular del mundo católico, sino del mundo alemán frente al mundo anglosajón, en particular frente a los Estados Unidos. El lector contemporáneo puede quedarse perplejo por esta idea, pero cuando se escribió, en 1905, Gran Bretaña estaba en su apogeo y Weber ya reconoció el imparable ascenso de los Estados Unidos. Sorprende que entonces vislumbrara el inminente cambio de hegemonía, a pesar de la ausencia de señales claras que lo indicaran. En contraste, el pueblo alemán todavía entonces, como resabio beethoveniano del siglo XIX, se asociaba al apasionamiento, el desorden y, en ocasiones, la pereza, no a la aplastante sociedad militarista que definirían las guerras de las siguientes décadas.
El punto de partida del pensamiento weberiano es la distinción entre «iglesia» y «secta». La iglesia —sea católica, ortodoxa, luterana o anglicana— constituye una comunidad de salvación universal. La secta, por el contrario, es una comunidad de salvación exclusiva, por lo que para sus creyentes es natural que los que se encuentran fuera de su grupo estén condenados. Las sectas no son proselitistas per se y generan vínculos mucho más tenues hacia personas ajenas a la organización o díscolas. Para Weber es esta dinámica particular la que ha propiciado la aparición del capitalismo moderno, que sitúa en los Estados Unidos. Otras sociedades, cristianas constituidas en torno a iglesias o incluso ajenas, como Japón o China, pueden copiar el sistema capitalista, pero la condición necesaria que lo hizo posible en primer lugar era el modo de vida concreto de las comunidades puritanas de los Estados Unidos. Ésta es una tesis muy discutible, quizá superada, pero más seria que la idea que suele propagarse. Weber veía el monasticismo medieval católico como un precursor claro de las sectas protestantes y dedicó numerosas líneas a explicar por qué estas comunidades no generaron capitalismo en el sentido moderno. Su opinión resumida vendría a ser que estas actividades económicas estaban circunscritas al ámbito monástico. Aunque compartían algunos ideales organizativos y ascéticos con las sectas protestantes, los puritanos fueron los primeros en expandir al mundo entero sus actividades para la búsqueda del beneficio económico. Eran globalistas desde el principio.
Además de conceder al mundo calvinista la creación del capitalismo, Weber reconoce al mundo católico primacía en la mayor parte de descubrimientos científicos de la Edad Moderna. A los luteranos los deja sin nada y, elegante, evita de manera persistente —y en ocasiones forzada— referirse a ellos de manera explícita, probablemente para evitar suspicacias por parte de los que iban a ser sus principales lectores, que también son el objeto de su crítica. La confusión, incluso en el título del libro, entre lo «protestante» y lo «calvinista», era un truco propagandístico para que su cultura, luterana, se acabase asociando con facilidad al mundo anglosajón. Es irónico que, mientras defiende que no es necesario transformar una sociedad para adoptar el capitalismo, el objetivo subyacente de su obra sea redefinir a Alemania para que se asemeje a otras potencias más desarrolladas. La estrategia tuvo un éxito rotundo, como demuestran las lecturas deformadas de su tesis. Weber demostró inteligencia al seducir al público de su tiempo mediante un uso interesado de los conceptos que cambió el futuro de su sociedad.
Se puede encontrar La ética protestante y el espíritu del capitalismo en numerosísimas ediciones. Es recomendable evitar aquellas con un número abrumador de notas al pie, no aptas para el diletante. Además del interés intrínseco de las ideas de Weber La ética protestante es una lectura recomendable por situar al lector en el ambiente universitario alemán durante el Segundo Reich.


