Gracias a aquel debate de María Pombo y su estantería vacía —«leer no nos hace mejores», se justificaba la influencer—, España estuvo algunos días conversando sobre la lectura. Las columnas de opinión dejaron de hablar de tal o cual barrabasada del Gobierno, o de tal o cual barrabasada de la oposición, para esgrimir argumentos a favor y en contra de la lectura. Pose para algunos, hábito operativo bueno —virtud— para otros, la literatura salió bien parada en todas las conclusiones: si bien es cierto que no hace necesariamente de nosotros personas más bondadosas, sí es evidente que humaniza nuestra mirada. Leer —leímos entonces— nos hace receptores agradecidos de una herencia milenaria. Si, tal y como repetía Chesterton, la tradición es la democracia de los muertos, la literatura es la más alta expresión de esta democrática forma de gobierno: con nuestra lectura damos voz a aquellos que ya carecen de ella. Para eso hace falta leer a los clásicos y prescindir de David Uclés, claro.
El binomio, casi paradójico, queda así: cuando leemos, la vida nos es más profunda, porque hemos incorporado a nuestra mirada la de aquellos que nos preceden —o la estrábica vista de aquellos que nos cohabitan—. Y lo mismo al contrario: cuando vivimos, la lectura nos es más gozosa, porque las penurias y alegrías, los desencuentros y comuniones, las miserias y algazaras de cada personaje ya han cobrado antes sentido en nuestra propia carne. De ahí que el debate tuviese a todos contentos: da igual por dónde empezar —la lectura o la vida— siempre que lo primero te lleve a lo segundo. Es una suerte de propiedad conmutativa de la propia humanidad.
Dicho esto, a Roma llegué hace apenas unas semanas con unas cuantas lecturas bajo mis brazos. En mi mesilla de noche quedan apilados libros de viaje, ensayos, memorias y hasta algún que otro poemario que canta a esta Ciudad Eterna. Unos cuantos kilos de mi facturación fueron estos tomos que ahora deambulan por casa, y todos están empezados pero ninguno tiene vocación de finitud: ya sospecho que todo quedará a medias. Al abrir cada uno de estos libros, compañía silenciosa, me viene a la cabeza aquella estantería vacía de la Pombo. ¿Debo acaso leer un capítulo antes de salir de casa? ¿Me estaré perdiendo la profundidad de sus calles por no haber paseado antes por las huellas de papel que dejó Stendhal? ¿Seré capaz de vislumbrar la oculta simetría del Coliseo sin haber antes memorizado el Canto IV de Las peregrinaciones de Childe Harold de Lord Byron?
La universalidad de Roma —es la urbi de la que nace el orbe— hace que miles de millones de páginas hayan sido escritas en su favor, acaso en su contra. Entre estas ruinas se comprende aquel delirio de tantos autores: «Lo importante es que hablen de ti, aunque sea bien». No hay clásico de la literatura que no tenga un ojo puesto en Roma, ni tampoco una guía de viajes que no incluya entre sus capítulos alguno pormenorizado de esta ciudad. No hay turista que vuelva a casa sin una serie de sugerencias, museos que le han encandilado o pequeñas tiendas de bisutería romana. Y tampoco hay quien llegue con la mente virgen: a Roma se llega con listados de recomendaciones, ilusiones y expectativas, inventarios de cosas por hacer, marcadores de Google Maps sobre las mejores trattorias y hasta reels como los de María Pombo sobre trucos secretos para ver la Fontana di Trevi sin apenas gente —secretos, ay, con millones de reproducciones—.
Pero Roma pide más, reclama una atención poderosa. En esta ciudad se rompe toda la propiedad conmutativa del ser humano y aquí la vida precede siempre a la lectura, acaso a los reels. Apenas unas semanas me han bastado para comprender que uno debe llegar a Roma tanquam tabula rasa: completamente en blanco, sin recomendaciones ni listas ajenas ni lugares por visitar. Uno de los vicios del turista moderno, que eso somos todos, consiste en seguir a pies juntillas las guías de viajes, reservar en tal salumeria —maravillosos locales de embutido— porque una prima lo hizo antes, visitar ese corner que tan famoso se hizo en redes sociales y comprar el típico arancini junto al Borgo Pío por muy siciliano que sea y nada tenga que ver con el suppli romano. La tentación constante es la de corretear de lado a lado tratando de tachar en una tablilla innumerables compromisos adquiridos Dios sabe con quién. Parece que con la asignación aleatoria de asiento, Ryanair nos regala también obligaciones sociales que lo certifican a uno como turista romano.
Vivir así es agotador. Aunque a la vida hay que llegar leído, a la lectura sobre Roma hay que llegar paseado, sin mayores pretensiones que las de deambular por una urbe que todo lo contiene. Salir de casa sin un rumbo fijo es la forma más sublime de fijar el rumbo hacia la lectura. Roma pide al visitante que se libere de los convenios y deberes modernos que lo afligen, y que se rinda a la majestuosidad de una ciudad que sigue coronada. De ahí que todas las listas de recomendaciones carezcan de sentido, y que todas las guías contemporáneas para agotar la ciudad en 48 horas sean inevitablemente estériles. Esta Ciudad Eterna, protagonista de una belleza impagable, pide a quien la habita, aunque sea por unos meses, tan sólo un estipendio: huir de quienes ya la recorrieron para hacerlo por primera vez, forjando sin pretensiones una lista propia. Por eso sospecho que todos los libros de mi mesilla quedarán a medias.


