La tragedia de la mantequilla

El cristianismo, cuando se vive en serio, tiene algo de cine independiente: presupuestos pequeños, escenarios comunes, diálogos sencillos

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Hay tragedias que no caben en un teatro. No tienen coro ni catarsis. No hay espadas, ni traiciones, ni destinos irremediables. Sólo una tostada caliente, un cuchillo y un gesto que se detiene a medio camino. San Josemaría lo llamó con una ironía casi doméstica: la tragedia de la mantequilla.

La escena podría rodarla cualquiera. Plano fijo. Cocina en penumbra. Mañana cualquiera. La mano que va directa a la mantequilla y, de pronto, duda. No por dieta. No por estética. Por amor. Porque alguien —Dios, si se quiere decir con todas las letras— merece ese pequeño no. Porque lo decisivo casi nunca es espectacular. El cine lo sabe. Las grandes historias no se sostienen solo en la batalla final, sino en esas decisiones microscópicas que el espectador atento percibe como definitivas. El héroe no se forja en el clímax, sino en la repetición de renuncias que nadie aplaude.

La tragedia de la mantequilla es, en realidad, la tragedia de lo minúsculo. De lo que parece infantil. De lo que casi da risa explicar. No lamer la tapa del yogur —para quien disfrute de ese ritual casi sagrado—. Dejar el último sorbo de café cuando uno lo estaba saboreando como si fuera el mayor placer culpable. No escoger siempre la croqueta más grande. Ceder el asiento bueno del sofá sin teatralidad. No mirar el móvil en ese instante en que vibra con promesa de novedad. No rascarse esa réplica ingeniosa que habría arrancado risas. Son gestos diminutos, casi ridículos. Y, sin embargo, ahí se juega una batalla secreta.

Preferimos las penitencias épicas. Las que se pueden contar. Las que tienen un punto de heroicidad visible. Pero lo cotidiano desarma más. Porque no tiene narrativa. ¿Cómo explicar que hoy no has lamido la tapa del yogur por amor? ¿A quién le importa? Y, sin embargo, importa todo.

Willie Doyle, jesuita irlandés, entendió que la santidad se cuece en lo repetido. No en la hazaña aislada, sino en la fidelidad microscópica. En ofrecer lo que nadie ve. En convertir la vida corriente en un guion silencioso donde cada escena, por pequeña que sea, tiene sentido.

Hay algo profundamente humano en estas renuncias pequeñas. Casi infantil. Como cuando un niño guarda su mejor caramelo para regalárselo a su madre. No es el caramelo lo que cuenta, sino el gesto. En el fondo, la tragedia de la mantequilla es eso: aprender a querer con detalles que no cambian el mundo… salvo por dentro. Quizá por eso nos cuesta tanto. Porque no hay recompensa inmediata. Nadie escribe sobre ello. No hay música de fondo. Solo una conciencia que sabe que podría haberse dejado llevar —porque, seamos sinceros, no pasa nada por lamer la tapa del yogur— y que, sin embargo, elige ofrecerlo.

El cristianismo, cuando se vive en serio, tiene algo de cine independiente: presupuestos pequeños, escenarios comunes, diálogos sencillos. Pero una profundidad que no necesita efectos especiales. La santidad no suele estrenarse en salas grandes. Se rueda en cocinas, en oficinas, en vagones de metro.

La tragedia de la mantequilla no es dramática, sino constante. Y, precisamente por eso, transformadora. Porque enseña a amar sin épica. A decir que no sin ruido. A descubrir que, en lo aparentemente trivial, se esconde la posibilidad de una grandeza callada.

Y es que tal vez el cielo no se abra por las grandes gestas, sino por la suma de esas pequeñas tapas de yogur no lamidas. Y entonces entenderemos que aquella tragedia doméstica era, en realidad, una historia de amor.

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