Madrid busca su feria propia

Llevarse la caseta, el caballo y todo el monumento a un descampado a quinientos kilómetros de su origen no es un homenaje, sino una parodia

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Apenas hace algunas semanas salía en prensa la noticia: este año Madrid tendrá su propia Feria de Abril, a imagen y semejanza de la celebración andaluza. Se anunció, claro, como se anuncia todo en Madrid: con el triunfalismo propio de quien cree haber inventado la pólvora. O, ahora, según dicen, el rebujito. El esperpento, que estará disponible a partir del 20 de mayo en un polígono de la capital, se llamará Madrilucía (no debe sorprendernos: la fealdad siempre ha sido el atributo más evidente de la maldad).

En la web del Ayuntamiento de Madrid —Almeida ha hecho buena a Carmena— hay toda clase de detalles sobre esta feria. Será una experiencia «sostenible, inclusiva y abierta al mundo». Y con esta terna de adjetivos —que sirve lo mismo para inaugurar un carril bici como para certificar la defunción de una tradición— la corporación municipal anima a los madrileños a participar de esta reinterpretación de la tradicional feria andaluza. Reinterpretar, lo llaman. Ja. Reinterpretar lo que ya funciona suele ser el eufemismo favorito de quien no tiene nada propio que ofrecer. Madrid se ha convertido en una ciudad hueca.

Empecemos por el original. La Feria de Abril no necesita que Madrid la rescate ni que la dote de «una mirada actual». La feria ya es sostenible porque de hecho se ha sostenido durante siglos, vertebrando una conversación entre distintas generaciones —Chesterton decía que nada más democrático que la tradición, que es la voz recuperada de nuestros muertos—. La Feria andaluza ha sobrevivido al tiempo y a la historia, así que no puede ser más sostenible. Pero no sólo eso: esta tradición es genuinamente inclusiva porque el genio andaluz es, por definición, un abrazo. Las casetas se llaman casetas porque te hacen sentir como en casa.

El guiño moderno del Ayuntamiento de Madrid queda, además, en ese tercer adjetivo. Madrilucía, a diferencia de la Feria original, aspira a ser «abierta al mundo». Ahí anida una prepotencia escondida, como si Andalucía necesitase sucursales para ser universal. Como si la apertura al mundo fuese una cosa de destino y no de origen. Como si la Feria de Sevilla, por ejemplo, no hubiese sido recuperada por un vasco (Ybarra) y un catalán (Bonaplata). Llevarse la caseta, el caballo y todo el monumento a un descampado a quinientos kilómetros de su origen no es un homenaje, sino una apropiación que empequeñece el mundo. Es, ay, una catetada de proporciones monumentales.

El problema de fondo, claro está, es más grave que un simple error de comunicación. Ahora vamos a la Feria fake. Madrid sufre una enfermedad gravísima que parece tener mala curación. La amnesia severa ha logrado que en la capital nada sea propio. De tanto creernos ese mantra de que «aquí todo el mundo es de Madrid», hemos terminado por aceptar que ya nadie lo sea. Si todos caben, nada queda. Bajo esa hospitalidad mal entendida —unos ganan dinero y otros, votantes—, se ha ido arrinconando lo nuestro: los que aplauden Madrilucía tildan de casposa la Pradera de San Isidro, el agua del santo, el tradicionalísimo baile del chotis, o las rosquillas listas y tontas. Y la feria taurina más importante del mundo, la Verbena de la Paloma, la ofrenda floral a la Almudena, las gallinejas, los encierros populares y tanto más. Todo esto es anacrónico para quienes ahora aplauden este simulacro andaluz.

Hay filosofía detrás. Esta fascinación por lo ajeno mientras se descuida lo propio es el síntoma inequívoco de la decadencia. Madrid se ha convertido ya en un parque temático que prefiere la parodia a la memoria. La incapacidad de un pueblo para generar —o sencillamente para conservar— sus fiestas, hace inevitable este travestismo cultural. Queremos crear nuevas costumbres porque somos demasiado «sostenibles, inclusivos y abiertos al mundo» como para desempolvar las viejas, olvidando que la belleza se debe heredar con gratitud.

Al final, claro, nos debe quedar la tranquilidad de que Madrilucía no será más que otro decorado de cartón piedra en una ciudad que ha decidido vivir de alquiler emocional. Mientras algunos crean celebrar la riqueza de una ciudad moderna con un rebujito de polígono, en el fondo estarán protagonizando nuestro propio entierro cultural. Un pueblo que necesita importar la alegría ajena para disfrazar el vacío de su memoria no está siendo cosmopolita, sino sencillamente indigente. Madrid, de tanto querer ser el mundo entero, ha terminado por no ser ningún sitio. Le pasa por preferir ser una mala fotocopia de Sevilla antes que la mejor versión de sí misma.

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