Durante siglos, «libertad» fue una palabra peligrosa. Costaba cárcel o exilio y llegó a gozar de una reputación dudosa. Es mucho lo que bien hemos conquistado en este terreno, y es difícil exagerar lo que la palabra «libertad» promete; la vida, sin libertad, es un infierno. Con todo, el hecho de que aparezca todo un movimiento —con su legión de influencers— en torno al concepto de «libertad financiera» debe servirnos de recordatorio sobre lo lejos que hemos llevado la idea, y con cuánto desmaño. La libertad es tan esencial como compleja, es decir, fácil de prostituir desde el interés y el recurso a lo simple.
Esa libertad financiera a la que ahora tanto se apela no consiste, como cabría suponer, en no gozar de cierta estabilidad presupuestaria, sino en depender exclusivamente de ingresos pasivos, lo cual exige al principio una actividad frenética, obsesiva y permanente. La cosa es tan tonta y básica como incitar a construir un patrimonio sustancioso antes de los cuarenta; al final de esta sofisticación hay un poco del day trader que ya existía hace treinta años y el rentista de siempre. Es una libertad que empieza a las cinco de la mañana, con ducha fría, batido proteico y una voz en el móvil que te recuerda que mientras tú duermes alguien se está haciendo rico. Y lo de los principios, pues bueno, puede alargarse unos cuantos decenios a poco que todo no salga como el asesor plantea. El asesor, no hace falta decirlo, suele tardar bastante menos en ser financieramente independiente: es lo que tiene monetizar consejos.
Es esa una libertad cómoda, portátil, pensada para gente joven que no llega a fin de mes, pero sí a fin de vídeo motivacional. El movimiento ha captado a decenas de miles de jóvenes —sobre todo varones— con una promesa sencilla: no trabajar para otros, no obedecer horarios, no ser uno más. Es material formativo anti-pringaos, aunque los convierta a ellos en los más pringaos de todos. Para no ser uno más hay que comportarse exactamente igual que todos los demás: mismo vocabulario, mismas rutinas, mismos tres libros subrayados con fluorescente, mismo desprecio ritual por la cultura que no monetiza y por nada —el amor incluido— que no rente. El joven aspirante a liberado financiero no lee novelas porque «no aportan», no va al cine porque «no escala», no conversa frente a un café sin pretensiones porque «distrae del foco». Todo lo que no produce euros contantes y sonantes se convierte en sospechoso. El ocio no es solaz, sino debilidad; el descanso es para pobres de espíritu.
Curiosamente, esta obsesión por no ser esclavo del sistema produce sujetos tan disciplinados como los de cualquier fábrica del siglo XIX; el explotador sencillamente se ha interiorizado. Se levanta esta gente antes que nadie, trabaja más horas que nadie, se vigila a sí misma con una severidad que haría sonrojar a un capataz prusiano. Y encima, dan las gracias, aunque no a Dios, sino al dinero mismo, cumpliendo aquello que apuntaba Burke: que un día el dinero sería el sustituto técnico del Padre de los Cielos. La nueva esclavitud no necesita látigo; tiene podcast, tiene barrita energética, tiene té matcha. Con un día corriente de estos te hacen los Pantomima Full cuatro sketches; bueno, los han hecho.
Zoom para que entre en escena el primo hermano de la libertad financiera: el hombre de alto valor. Si la libertad financiera modela la vida como un producto, el hombre de alto valor lleva esa lógica al terreno personal y corporal. Es un concepto tan elástico, este de los hombres de alto valor, que cabe en él desde un rentista con suerte hasta un muchacho que ha decidido no llorar en público y levantar pesas tres veces por semana. El hombre de alto valor no duda, no se queja, no lee poesía y no pierde el tiempo con amigos que «no suman»: es un proyecto de emprendimiento en sí mismo y una especie de mutación monetario de la masculinidad tóxica. El hombre de alto valor se define por exclusión: no es débil, no es dependiente, no es emocional, no es pobre. Pero rara vez se dice qué es, más allá de un conjunto de hábitos visibles, los del cuerpo trabajado, la mente optimizada y la agenda abultada. No hay interioridad en un hombre así, tan sólo onanista rendimiento. No hay carácter, sólo marca personal. No hay persona, hay un meme y un memo.
Ambos movimientos, libertad financiera y hombres de alto valor, comparten una idea central: la vida es un mercado y cada uno de nosotros un producto defectuoso que debe mejorarse sin descanso. No se habla de sentido, de vocación, de bien, verdad o belleza; se hacen Excels y Powerpoints o apps chulísimas. Se habla de escalabilidad, de ingresos, de disciplina. En ese mundo, la ética ha sido sustituida por la productividad, y la belleza es un tristísimo sueño. El joven atrapado en esa lógica no es un cínico, sino un creyente, aunque se infle a leer a actualizadores —como si hiciera falta— de Marco Aurelio. Cree que si falla es porque no se ha esforzado lo suficiente y que la pobreza es, en el fondo, el torpe producto de un mindset averiado.
Esa gente conforma una irredenta cantera de cryptobro; la de veces que habré escuchado en los últimos años a un alumno explicarme cómo Bitcoin o Ethereum traerían la libertad al mundo. La gran ironía es que esa supuesta rebeldía contra el sistema —alimentada por lecturas atragantadas de Hayek o von Mises— es uno de sus productos más exitosos. Nunca se había conseguido que tanta gente se unciera un yugo con tanta alegría, convencida de que trabaja para liberarse. El sistema ya no necesita prometer bienestar: promete escape individual, la puntita idiota de la pirámide de Maslow. Mientras tanto, cosas como leer a Yourcenar, pasear por que sí o aprender cuántos amarillos se inventó Van Gogh se descartan, porque no dan ingresos pasivos —ni activos, ya que estamos—. Recitar el soneto 116 de Shakespeare no mejora tu embudo de ventas. Escuchar a Boccherini sin patalear la cinta no optimiza tu dopamina ni despierta un nuevo abdominal en tu barriguita. La vida interior es improductiva y superflua.
Como no hay tontería masculina que no tenga un público femenino que lo jalee detrás —nos necesitamos—, ahí está la moda, tan explotada de Tinder, de las mujeres que buscan un «hombre 666», acrónimo que no esconde la pulsión de siempre de los «hombres malos», sino esto: «six figures» (ingresos de seis cifras), «six feet» (1,83 de altura mínima) y «six pack» (figura que se refiere a un pack de seis cervezas y remite a los abdominales del mozo). Ya ve que la tontería masculina remozada no deja de tener su público.
Se nos dice que estas modas empoderan a jóvenes sin oportunidades. Pero basta detectar quiénes se benefician realmente: plataformas, coaches, gurús, vendedores de quincalla en forma de curso. Los mismos que explican que el sistema está amañado tienen casualmente un curso para enseñar al joven a doblegarlo. El resultado no es una generación más libre, sino una generación agotada antes de tiempo, incapaz de disfrutar sin culpa, de pensar sin que lo pensado forme parte de una estrategia, de amar sin calcular rentabilidades. Jóvenes que hablan de éxito, pero no del honor, de ingresos, pero no del sentido, de un ínfimo y determinado valor, pero no de la justicia.
Hay algo poderosamente enfermizo en querer no depender de nadie. La libertad financiera promete tiempo, pero te roba el alma. Incita a la independencia al tiempo que exige una obediencia infinita. Sostiene que es la puerta a la singularidad, pero produce ejércitos de clones con reloj inteligente y discurso calcado y triste. El verdadero acto subversivo hoy no es acumular un patrimonio que administrar con gestión avaro, sino leer despacio, pensar y sentir largo y vivir profundo. Quien no aspira a la vida buena lleva una existencia ridícula; frente a esa aspiración eterna y fundamental, ser un hombre de alto valor y un liberado financiero son sendas horteradas.


