Ya han pasado. Después de haber regresado a su tierra por otro camino —gracias a un sueño que les advertía de no regresar a Herodes— los Reyes Magos se alejan hasta el año que viene. Dejan tras de sí la alegría de los niños y la felicidad de los padres. Ya se han oído los gritos de sorpresa, las carreras hacia los zapatos y las risas que revelan el tránsito maravilloso de los sabios de Oriente.
Ese júbilo llega después de la noche, que para los pequeños es el sueño y la ilusión, y que se irá llenando de cuidados, tristezas y amarguras a medida que se vayan haciendo mayores. Habrá noches en vela preparando exámenes y turnos de noche en ciertos trabajos. No faltarán las noches toledanas de las enfermedades ni las noches en blanco de las angustias. Habrá días en que todo se oscurezca —la pérdida de quienes se ama, la desesperación del desempleo, la postración de la estrechez o la pobreza— y habrá un tiempo en que la Navidad entera se contemple desde el Calvario, desde ese Gólgota al que todos vamos subiendo cargando con una cruz, la nuestra, que sólo podemos llevar con Cristo.
Quién sabe qué andaban haciendo esos magos —astrónomos, astrólogos, geógrafos— cuando divisaron la estrella. Sólo en la tiniebla manifiesta la luz toda su fuerza. También ellos estarían en vela —como los pastores, por cierto— y quizás se preguntasen cuándo empezaría a clarear y volvería a verse algo en el mundo. Tal vez ellos también aguardaban como el centinela la aurora. De entre todas las estrella que brillan en los desiertos que atravesarían, encontraron una que era diferente. Desconocemos si tenían lentes, catalejos o telescopios —a fin de cuentas, el Oriente es la tierra del conocimiento— pero si Ulises pudo guiarse con la sola contemplación del firmamento, es lícito pensar que los Magos de Oriente pudieron hacer lo propio. Bastaba alzar la vista y prestar atención para descifrar el mapa que guardaban las noches de Arabia, de África y de Asia.
Ahora han vuelto por otra ruta porque, además de mirar al cielo, también hacen caso de los sueños. La Adoración nunca nos deja impasibles: nos transforma, nos impulsa, nos desplaza a otro lugar mejor, más lejos, más hondo. «Ἐπανάγαγε εἰς τὸ βάθος».«Duc in altum». «Rema mar adentro» . Al trajín y el barullo del día, los Reyes oponen el silencio y la profundidad de la noche. Ya lo escribió Luis Rosales: «De noche, iremos, de noche / que para encontrar la Fuente / sólo la sed nos alumbra». Estos Reyes Magos, que debieron de conocer el hambre, la sed y los temores de ese viaje a un lugar desconocido, regresaban saciados por el agua de una fuente que no se agota. No sabemos qué ruta tomaron porque con ese Niño todos los caminos conducen al Paraíso pasando por la Cruz.
Así que ya han marchado. Quizás los madrugadores que miren al cielo puedan ver, a lo lejos, el rastro de los camellos, los dromedarios y los caballos. Las constelaciones muestran algunas rutas que jalonan las estrellas. No en vano nuestra galaxia se llama la Vía Lactea aunque cuentan que los peregrinos medievales la llamaron también el Camino de Santiago. Tendría gracia que los Reyes Magos pasaran por el sepulcro del Apostol y llegaran hasta Finisterre de regreso a casa. En realidad, no me sorprendería que así fuese. A fin de cuentas, también fue una estrella la que indicó a Teodomiro, obispo de Iria Flavia, donde estaba la tumba de Jacobo.
Por si acaso, no dejen de mirar al cielo.
Feliz Solemnidad de la Epifanía del Señor.


