La mañana del 2 de enero de 1492, en un paraje a orillas del Genil, donde hoy se alza la ermita de San Sebastián, el último soberano nazarí de Granada, Muhammad XI, conocido como Boabdil, entregó las llaves de la ciudad a Fernando el Católico. Con ese gesto simbólico se cerraba una guerra iniciada una década antes y, de manera más profunda, se culminaba un proceso histórico que había comenzado en el año 722, en los inicios de la resistencia cristiana frente al islam peninsular. La Reconquista, entendida como proyecto político y espiritual, tocaba a su fin.
El desenlace de Granada no puede comprenderse sin atender al largo camino previo de construcción del poder de los Reyes Católicos. Tras el acuerdo de los Toros de Guisando en 1468, que reconocía a Isabel como heredera de Castilla, se fraguó el matrimonio con Fernando de Aragón, celebrado en Valladolid en 1469. No fue, sin embargo, una entronización inmediata. Isabel la Católica fue proclamada reina en 1474, mientras que Fernando no lo sería hasta 1479, a la muerte de su padre.
Ese intervalo estuvo marcado por decisiones clave. La victoria de Isabel frente a Juana la Beltraneja en la batalla de Toro consolidó su legitimidad, y el posterior Tratado de Alcaçovas con Portugal cerró la guerra sucesoria y fijó un reparto atlántico que tendría consecuencias decisivas. Desde entonces, la nueva Monarquía emprendió una profunda reorganización del Estado: control de la violencia nobiliaria, fortalecimiento del papel de las ciudades, reformas jurídicas y una relación más autónoma con Roma mediante el Patronato Regio. Territorialmente, solo quedaban dos piezas pendientes: Navarra y Granada.
El detonante: Zahara y el final de las treguas
La guerra civil castellana había paralizado durante años cualquier avance decisivo en el sur. Mientras tanto, el reino nazarí, bajo el emir Muley Hacén, intensificó las incursiones sobre territorio cristiano. Ataques sin declaración formal, como los sufridos por La Higuera de Martos o Villacarrillo, rompían de facto una paz frágil. Las treguas firmadas entre 1475 y 1481 no evitaron el choque final.
La chispa definitiva fue la toma de Zahara, el 27 de diciembre de 1481. El ataque nocturno, rápido y sangriento, acabó con la guarnición cristiana y dejó claro que la guerra era inevitable. Para los Reyes Católicos, ya firmemente asentados en el poder, el conflicto ofrecía la oportunidad de cerrar la unidad territorial y presentarse como defensores armados de la Cristiandad. La respuesta fue inmediata: la toma de Alhama en febrero de 1482, dirigida por Rodrigo Ponce de León, inauguró la ofensiva final.
El cerco y la caída del reino nazarí
Durante los años siguientes, el empuje castellano fue constante. La caída de plazas estratégicas como Ronda, Málaga o Baza fue asfixiando a Granada, debilitada además por luchas internas. El propio Boabdil fracasó en su intento de revertir la situación con la ofensiva sobre Salobreña en 1490. Para entonces, la suerte estaba echada.
En abril de 1491 comenzó el cerco definitivo de la capital nazarí. Fue una guerra de transición entre dos épocas: artillería moderna y diplomacia convivían con los códigos del honor caballeresco medieval. Las negociaciones para la rendición involucraron a figuras como Gonzalo Fernández de Córdoba y al visir granadino Abú il-Qasim al-Mulih. Los acuerdos garantizaban inicialmente a los vencidos la conservación de bienes, religión y leyes, así como la posibilidad de emigrar al norte de África.
Finalmente, al amanecer del 2 de enero de 1492, Boabdil entregó las llaves de la ciudad. El rey Fernando rechazó el gesto de sumisión personal y delegó la recepción en el conde de Tendilla y en Gutierre de Cárdenas. Acto seguido, el pendón de Santiago fue izado en la Alhambra mientras resonaba el Te Deum. Tras casi ocho siglos, desaparecía cualquier poder político musulmán de la Península.
Un final que abre una nueva era
La salida de Boabdil, primero hacia las Alpujarras y luego hacia el norte de África, quedó envuelta en la leyenda. El episodio del Suspiro del Moro, recogido por Hernando del Pulgar y recreado siglos después por Francisco Pradilla, alimentó un relato romántico que aún pervive. Pero más allá del mito, la toma de Granada tuvo consecuencias de enorme alcance: liberó recursos, cerró el ciclo de la Reconquista y permitió a la Monarquía Hispánica proyectarse hacia nuevas empresas.
No es casual que, apenas unos meses después, se emprendiera el viaje colombino que cambiaría la historia del mundo. En términos casi simbólicos, una vez culminada la unidad cristiana de la Península, España se abría al Nuevo Continente.
El 2 de enero y la «identidad andaluza»
A la luz de su significado histórico, el 2 de enero posee además una dimensión identitaria que trasciende Granada. Si es que llamamos Andalucía hubiera de fijar un día propio que remitiese a su lugar en la historia de España, es decir en la historia universal, difícilmente podría encontrarse una fecha más cargada de sentido. Podrían ser aceptables, qué duda cabe, acontecimientos como la partida de las tres carabelas de Palos de la Frontera o el regreso de Elcano de la primera vuelta al mundo a Sanlúcar de Barrameda. Cualquiera, y muchos otros, antes de aquella manifestación teledirigida.
La conmemoración de la toma de Granada es el recuerdo del momento en que se completó plenamente en el proyecto histórico de la Monarquía Hispánica, dejando atrás siglos de invasión musulmana. Más que una efeméride local, que de local no tiene nada, es una fecha fundacional de un imperio.


