En una carta donde daba una serie de consejos para escribir teatro, Chéjov expresó que, si en el primer acto se muestra una pistola, en los siguientes actos debe dispararse. De lo contrario, no tendría ningún sentido que estuviese allí. Este concepto, la pistola de Chéjov, es un principio narrativo fundamental que defiende que cada elemento de una historia debe ser necesario o irremplazable.
Bajo este precepto, cuando se analiza una película, si uno quiere ser meticuloso, hay que detenerse en cada uno de los detalles, sin importar lo pequeños que sean. Ya sea para descifrar su significado, si tienen una función simbólica, o su impacto en el desarrollo de la trama. Pongamos, por ejemplo, que uno quiere analizar una película larga, unas tres horas de duración. Lo mejor sería que se sentase a verla con algo para escribir, para poder ir anotando cada detalle y observar cómo, más tarde, cada uno de ellos, por trivial o minúsculo que pareciera en un primer momento, va desempeñando su papel en la historia.
Han sido más de tres horas, bastantes más, pero podría ser un buen ejercicio de fin de año hacer este mismo análisis sobre los últimos doce meses de mi vida. Es un poco más difícil, porque durante este año se han prolongado situaciones para las que aún no veo un final ni tengo una explicación que justifique su existencia. También han aparecido personas que aún no sé qué importancia tendrán y he tomado decisiones de las ahora estoy menos seguro aún que en su momento.
Sin embargo, y siguiendo con el principio propuesto por Chéjov, el ejercicio debe limitarse a encontrar las respuestas que ya he obtenido y a esperar aquellas que están por llegar. En ningún caso, como ven, contemplo la posibilidad de que nada de lo que me ha sucedido sea casualidad. Yo, al igual que el comisario Gordon y el resto de los inspectores de la policía de Gotham, no me permito creer en las casualidades.
Por fuerza, la vida ha de ser vivida hacia delante. Ya lo dijo Kierkegaard. Pero solo se puede entender hacia atrás, como las películas. Y, aunque no se puede rebobinar ni vivir una situación dos veces, tampoco los personajes de una película comprenden al instante muchas de las cosas que les suceden. Yo sí, porque llego hasta el final y entiendo todo. Y, si fuese posible, les diría que estuvieran tranquilos, que, aunque ellos no entiendan lo que están viviendo, todo es necesario y responde a un motivo. Todo se aclarará al final.
He aquí el centro de la cuestión: nuestra gestión de la incertidumbre. Las grandes historias están compuestas por pequeños momentos que se dan la mano y conectan pasado y futuro. Se sirven de un gesto rutinario para darle sentido a toda una vida. En la novela Un caballero en Moscú, uno de mis libros de este año, Amor Towles explica al final la importancia de confiar cuando menos razones hay para hacerlo:
«Nuestra vida la dirigen las incertidumbres (…) pero si perseveramos y conservamos un corazón generoso, es posible que se nos conceda un momento de lucidez suprema, un momento en el que todo lo que nos ha sucedido se define, de pronto, como el desarrollo necesario de los acontecimientos, y nos hallamos ante el umbral de una vida completamente nueva, esa vida a la que siempre habíamos estado destinados».
Es posible que al final de nuestra vida, cuando podamos verla entera hacia atrás, entendamos muchas cosas. Que comprendamos, al fin, el papel que jugó aquel despido inesperado, aquella ruptura tan dolorosa, aquella enfermedad tan larga, aquella muerte. Y también cómo fueron necesarios para que se diesen todos los momentos felices que vivimos.
Si en la ficción todo pasa por una razón, ¿no será así también en la realidad? ¿De dónde nace, entonces, la necesidad de que las historias tengan un sentido completo? Éstas no son más que formas de explicar las cosas, un instrumento para hablar de los temas más importantes sobre el hombre.
Comienza otro año. Un tiempo nuevo. Otro capítulo en nuestra biografía. Quizá se resuelvan acertijos y aparezcan otros nuevos. Quizá no se resuelva nada. Todo es posible. Mientras tanto, lo mejor que se puede hacer es perseverar y confiar. Confiar en que, al final, lo entenderemos. Si no, ¿cuál es el punto de todo esto?


