No sabría decir de qué película se trata exactamente, porque uno ya confunde diálogos, escenas y gags. Pero en una película de Woody Allen, al que tanto admiramos en esta casa, el protagonista —pongamos un joven hipocondríaco cualquiera— y su esposa —pongamos una bella e inocente mujer cualquiera— hablan sobre los regalos de Navidad. Ella le dice a Allen, que siempre termina por interpretarse a sí mismo, que está esperando un hijo. Y que su regalo navideño es un bebé. A lo que Woody le contesta algo así como «yo sólo necesitaba una corbata». La escena sigue como todo lo bueno de Woody Allen: una voz en off y algunos planos de Nueva York. Si les interesa, Iñako Rozas podrá contarles con más detalle sobre la escena, sobre Toma el dinero y corre y sobre la belleza de Janet Margolin.

Pero yo quería hablar hoy sobre la corbata de Woody Allen. El año pasado, allá por estas fechas, mi madre me instó a redactar una carta para los Reyes Magos. Y, si bien fue escueta la lista de deseos «mundanos», más pequeña fue aún la de querencias divinas. Porque, acostumbrado a dejarlo todo en manos de Dios, tan sólo se me ocurrió pedirle al Padre un par de corbatas, algo sencillo, poca complicación. Más de lo mismo. Pienso que no sería yo el único que tras varios años pandémicos rogara a los cielos algo de normalidad, estabilidad vital —poder contestar un perenne «bien, tirando»—, que es, en definitiva, la corbata de Allen. Sin embargo, Dios, trapecista de almas, jugador de billar con los corazones, ha venido a sorprenderme a lo largo del año, como aquella joven encinta, con numerosos embarazos.

No he sido yo padre, es evidente, pero sí lo ha sido, ay, mi amigo G, al que imagino pidiendo salud y prosperidad como Allen pedía corbatas. Y lo que en enero era una ficción, en marzo se hizo intuición para convertirse en bendición hace ya un mes. Tampoco mi amigo D pidió embarazos, esto es, grandes cosas, sino corbatas lisas, en tonos azulados, que tampoco estábamos para sedas ni paramecios. Y el Padre, cuyo sentido del humor ya nos contará Enrique García-Máiquez, ha preferido regalarle varios problemas, digamos, embarazosos. Y a sonreír, claro. Porque Dios actúa así, en el resquicio de nuestra sonrisa. P no quería llorar aquella muerte como M nunca quiso pronunciar esas palabras. Pero, una vez más, hubimos de estar a su lado, consolando lágrimas, abrazando sinsabores, haciendo nudos a las corbatas de Dios. Y L, aunque aún no lo sepa y se empeñe en pedir aquella corbata estampada de sonidos insoportables y sudores pegajosos, terminará por celebrar el embarazo portugués que Dios le está preparando, tan gratificante.

Veo de nuevo la escena y me reflejo en la cara de Woody, algo decepcionado con su regalo de Reyes. Yo sólo necesitaba una corbata, Señor, y me has dado un embarazo. ¡Eso no lo pedí!, parecen exclamar las lentes perdidas de Allen. Y Dios, tan bello e inentendible como Margolin, nos mira con misericordia, que es la mirada de quien pudiendo dar carbón regala bendiciones. Es por eso, amigos de La Iberia, por lo que debemos hacer nuestros propósitos, repasar con detalle nuestras listas de predicciones, ojear corbatas y pedir nuestras favoritas. Que Dios, últimamente empeñado en no hacerse entender, terminará por darnos sus embarazos favoritos. Regalos que nos excederán en todo momento, claro que sí, pero que terminarán por dar fruto, y lo harán en abundancia.